Mi primer día de trabajo había culminado, y me sentía agotada. Después de horas frente a la computadora, estaba lista para desconectarme y tomar un respiro. Apagué la laptop y me estiré un poco, notando cómo mi cuerpo agradecía ese pequeño descanso. El reloj frente a mí marcaba las 6 p.m., la hora exacta en la que debía irme. Me levanté de mi escritorio, mirando a mi alrededor, y noté que la asistente Brenda ya estaba recogiendo sus cosas para marcharse. No le di mucha importancia; ella no me prestó atención, igual que yo a ella. Caminé hacia el despacho del CEO para despedirme de él.
—Jefe, vengo a decirle que es mi hora de retirarme.
Estaba tecleando en su laptop, pero alzó la mirada y, con voz relajada, comentó:
—¿Ya son las 6 p.m.? —miró su reloj—. Vaya, las horas se me pasan volando cuando estoy trabajando.
En ese momento, pensé que para mí esas horas habían sido una verdadera eternidad, pero no dije nada. A fin de cuentas, no era el momento adecuado.
—Sí, bueno —respondí, cambiando rápidamente de tema—, le recomiendo que se relaje un poco. El trabajo puede ser agotador y, a la larga, podría traerle consecuencias.
El CEO asintió, apagó su laptop y, para mi sorpresa, se levantó de su silla.
—Concuerdo contigo —dijo, mientras se estiraba—. Necesito relajarme. ¿A dónde vives? Te llevaré.
Mi cara cambió al instante. La sorpresa se reflejó en mis ojos, y probablemente también en mi rostro. De seguro me veía roja como un tomate, y eso no ayudaba nada a mi feo aspecto.
—Ehm... bueno, queda muy lejos de aquí —respondí nerviosa, sin saber cómo reaccionar—. No se preocupe, pediré un taxi. Jamás he visto a un jefe llevar a su secretaria... ¿qué está pasando aquí?
Él sonrió, como si no fuera nada raro.
—No te preocupes, está en el contrato, en el apartado #5. Dice que me encargaré de tu seguridad.
Me quedé en silencio, sorprendida por su conocimiento exacto del contrato. Mi jefe era un hombre con una memoria impresionante, y eso me dejaba algo inquieta.
—Está bien —dije finalmente, dándome por vencida—. No me negaré más.
Él tomó su saco y, con una mano señalándome, me invitó a salir. Brenda ya se había ido, y nosotros nos dirigimos al ascensor. Cuando entramos, noté que esta vez no me dejó afuera, algo que me hizo reír internamente.
Dentro del ascensor, el silencio se rompió primero por su voz.
—Aparte de tu currículum, no sé nada sobre tu familia, solo que vives con tu madre y tus hermanos gemelos.
—Ehm, sí, eso es todo lo que sabe —dije, ajustando mis lentes y pasando mis manos nerviosas por mi falda.
Él me miró con curiosidad, como si quisiera saber más.
—No me parece suficiente —respondió—. ¿Tuviste novio alguna vez?
En ese instante me quedé paralizada. ¿Hablaba en serio? ¿Quería saber esos detalles tan personales? Sin embargo, le respondí con una sonrisa nerviosa.
—Bueno, sí —dije, sin mucha convicción.
—¿Cuántos? —insistió, con una mirada inquisitiva.
Lo miré con algo de duda. Su pregunta me parecía completamente innecesaria, y el tono con el que lo dijo me sorprendió aún más.
—¿No te parece que deberías haber hecho esas preguntas antes de firmar un contrato matrimonial conmigo? Uno —respondí con un tono algo sarcástico.
Él sonrió levemente, como si no le importara la ironía en mis palabras.
—¿Tuviste uno solo? —preguntó.
—Sí, uno —respondí, más segura ahora—. ¿Contento?
—¿Y por qué terminaron? —me preguntó, sin perder el interés.
Antes de que pudiera contestar, el ascensor llegó a nuestro destino y la conversación se interrumpió por un instante. Salimos del edificio, y lo primero que noté fue la gran camioneta de lujo que esperaba en el estacionamiento. No pude evitar pensar en cuán diferente era mi vida de la suya.
—Sube —me dijo, abriendo la puerta del vehículo. —Te llevaré.
Al menos tuvo la cortesía de abrirme la puerta, lo cual era algo inusual por su actitud hostil de la mañana.
Me senté y, mientras me acomodaba, él encendió el motor. No tardó en preguntarme nuevamente.
—¿Te parece bien si te hago algunas preguntas de vez en cuando? Es para conocerte un poco más, y de paso, para que la historia funcione cuando tengamos que explicarla.
Lo miré con cautela.
—Claro, pero yo también le haré algunas preguntas —respondí, con un tono algo desafiante.
—Está bien, te contestaré las que pueda —dijo, con una sonrisa confiada.
—¿Qué historia inventaremos? -dije
—Solo diré que eres mi secretaria y, como te pegaste tanto a mí, tu personalidad me deslumbró y me enamoré de ti. Ese loco amor me orilló a querer casarme contigo.
Solté una risa nerviosa.
—¡Vaya, qué historia tan de novela! —respondí, sin poder evitarlo. —Pero en serio, Luis, esto es la vida real.
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Editado: 27.06.2026