Después de un sueño reparador, abrí los ojos lentamente, como si me costara aceptar que todo lo que había pasado el día anterior no fuera solo un sueño. El sonido de mi peor enemigo, el despertador, interrumpió mis pensamientos. Al apagarlo, mi mente comenzó a procesar lo que había sucedido en el trabajo. Pasé mis manos por mi rostro, intentando despejarme. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, y podía escuchar los sonidos familiares de la casa: los gemelos jugando en su habitación y mi madre preparándose para el día.
Todo lo que había pasado el día anterior me resultaba tan extraño: el CEO, su generosidad, la manera en que me trataba, y esa tarjeta que me ofreció para cambiar mi estilo. A pesar de que me había despedido de Luis con una actitud cordial, no podía dejar de pensar en la razón por la que me eligió a mí sin conocerme.
Al llegar a la cocina, me encontré con mi madre, que estaba sirviendo el desayuno a los gemelos. Ella siempre tenía esa capacidad de hacer que cada mañana en casa fuera acogedora, incluso en los días más difíciles. Hoy no sería la excepción. Mi abuela, que ya estaba sentada, me miró con su expresión serena, como si leyera mis pensamientos sin decir una palabra.
Me senté en la mesa, mientras mis hermanos charlaban emocionados sobre sus anécdotas infantiles. Por un momento, intenté dejar de pensar en todo lo que había sucedido, pero sabía que en cuanto llegara la hora de contarles sobre mi nuevo empleo, tendría que enfrentarlo. No sabía cómo decírselo, o cómo reaccionarían. Mis hermanos siempre fueron curiosos, y no iba a ser fácil ocultarles algo tan grande. Mi madre, siempre atenta, notó el silencio en mi rostro.
—¿Qué pasa, hija? —preguntó, mirándome con preocupación.
Tomé aire y, con una ligera sonrisa, decidí que era momento de hablar.
—Bueno, mamá… tengo algo que contarles —dije, con un tono que intentaba sonar relajado.
Mis hermanos dejaron de hablar y se fijaron en mí con atención. Mi madre dejó los utensilios y se acercó a mí, esperando a escuchar lo que tenía que decir. Miré sus caras, y me sentí un poco nerviosa, pero de alguna forma también aliviada por poder compartirlo.
—Ayer conseguí un trabajo —dije, sintiendo cómo la noticia se deslizaba fuera de mi boca.
—¡Ya nos lo dijiste anoche! —exclamó Manu, el más extrovertido de los gemelos.
—Sí, pero a mamá y a la abuela no, y no saben..... cómo secretaria en Fast Tech L.A., una empresa de tecnología —respondí, con una mezcla de orgullo y nerviosismo.
Mi madre asintió con una sonrisa, aparentemente satisfecha con la noticia. La verdad es que no se sorprendió tanto. Sabía que había estado buscando trabajo durante un tiempo, y siempre me apoyó en todo lo que hacía.
—Qué bien, hija. Te lo mereces —dijo, con una sonrisa orgullosa. Mi madre tenía esa capacidad de hacerme sentir que todo estaba bien, aunque por dentro tuviera mil miedos.
Migue, siempre el más protector, frunció el ceño, como si quisiera saber más detalles.
—¿Y qué tipo de empresa es esa? —preguntó, con el ceño fruncido.
—Es una empresa de tecnología avanzada, de las más importantes en el área de software y hardware, en realidad. Está muy bien posicionada en el mercado —respondí, mientras notaba la curiosidad creciente en sus caras.
Mi abuela, levantó la vista de su taza de café y me miró fijamente.
—Felicidades, Issa te lo mereces, y trabaja muy duro para escalar. Me tomó de la mano, tu padre estuviera muy orgulloso de ti.
El ambiente se tornó un poco triste. Mi padre, un mecánico con mucho talento, falleció hace cinco años debido a una cardiopatía congénita heredada de nuestro abuelo. Esta condición, que no se detectó hasta su adultez, le causó insuficiencia cardíaca, que finalmente resultó en su fallecimiento.
—Gracias abuela —le sonreí, y miré a mi madre, que dejó escapar una lágrima que rápidamente apartó—. ¿Y cómo te va? —preguntó mi madre, haciendo una pequeña pausa en la conversación.
—Todo va bien, mamá. Solo que... es un poco diferente a lo que imaginaba —respondí, pensando en la extraña sensación que me había quedado después de la reunión con Luis y todo lo que me había ofrecido.
El desayuno transcurrió entre conversaciones triviales. Aunque mi familia estaba feliz por mí, yo no podía dejar de pensar en el trabajo y, especialmente, en Luis. ¿Por qué me había tratado de esa manera? ¿Qué significaba todo eso?
Después de terminar el desayuno, tomé la decisión de irme al trabajo. No tenía tiempo para seguir pensando. Mi mente necesitaba un descanso, así que decidí concentrarme en lo que tenía que hacer ese día. Me despedí de mi familia y salí hacia la oficina.
Al llegar al edificio, me dirigí directamente a la entrada, donde el recepcionista me saludó amablemente. Me dirigí al ascensor y subí al piso de mi oficina. No sabía qué esperar en este segundo día. ¿Sería tan extraño como el primero? ¿Sería tan incómodo estar cerca de Luis?
Nada más entrar, vi a un hombre alto y de cabello oscuro conversando con Brenda.
—¿Ella es la nueva secretaria? —le preguntó, viéndome de arriba abajo.
—Sí, la misma. Ahora vete, Lúcio
—¿Así que eres la nueva secretaria de Luis? —me preguntó, con una sonrisa amistosa pero algo misteriosa.
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Editado: 27.06.2026