Regla Número 20

CAPITULO 5

—¿Será un número equivocado? No, no, eso no puede ser. Es para mí. Me toqué el cabello con desesperación. Ese mensaje tal vez era... Negué con la cabeza. Ese tipo no podía volver a mi vida. Me destruiría. Empecé a hiperventilar.

— Larissa necesito... Luis se detuvo al ver mi rostro —. ¡Qué te pasa! ¿Te estás ahogando? Respira... inhala y exhala.

Intenté calmarme siguiendo sus instrucciones. Tras unos minutos, me sentía un poco más tranquila. Luis regresó con un vaso de agua.

—Gracias dije antes de beber todo el contenido.

—¿Te pasa muy seguido? ¿Recibiste alguna mala noticia? empezó a llenarme de preguntas, pero al ver que volvía a alterarme, se detuvo —.Olvídalo, relájate o te llevaré al hospital.

Sacó un dulce de su bolsillo y me lo dio.

—Gracias... Algo de azúcar me vendrá bien. Y estoy bien, no es necesario que me lleves a ningún lugar.

Luis no pareció convencido. Su mirada se dirigió a mi celular, que vibró con un nuevo mensaje. Iba a abrirlo cuando noté que él no dejaba de observarme.

—¡Déjame ver! ¿Recibiste una mala noticia?

—¡No, no! Se equivocaron negué con insistencia. Poco convencido, intentó quitarme el celular.

Se aprovechó de mi estatura y me lo arrebató. Recordé que esa mañana le había quitado la contraseña, y el pánico me invadió.

Sin pensarlo para distraerlo, lo besé. ¡Y qué beso!

Al principio Luis pareció de hielo, pero pronto se derritió y me correspondió. Por un momento, él tenía el control, pero como todo lo bueno, acabó rápido. Detuvo el beso y se fue sin decir nada.

¿Por qué había sido tan lindo conmigo solo para dejarme así? Seguro por mi aspecto le parecía fea. Fui al baño a lavarme la cara, intentando calmarme.

Unas horas después, mientras sacaba unas copias para llevarle al jefe, escuché a unas chicas susurrando:

—¡Woah, qué bello!

Sentí una mano en mi espalda. Sin mirar atrás y ajustando los papeles, dije sofocada:

—Ya te dije, Brenda, espera tu turno.

Me giré para darle la cara y me quedé boquiabierta.

—Cierra la boca o entrarán moscas -me susurró al oído. En sus manos llevaba unas rosas rojas.

—¿Para mí?

—Sí, es una ofrenda de disculpa por lo de antes. Tómalas.

Sin más, las dejó en mis manos. No recordaba la última vez que alguien me había regalado flores. Alrededor, los murmullos y flashes de cámara no se hicieron esperar. Me acerqué y le susurré:

—¿Qué se supone que estás haciendo?

—Llevando el plan a cabo -me guiñó el ojo, lo que provocó más gritos entre las chicas.

Todo tenía sentido. Esto era solo una farsa por parte del jefe.

Terminado el día, al salir de la oficina, me encontré con un chofer que había enviado mi jefe. Le pedí que me dejara una cuadra antes de llegar a casa para evitar preguntas.

—¡Má! Hola, qué cansada estoy -dije mientras me estiraba y dejaba mi bolso en el mueble.

—Larissa, ¿por qué llegaste antes?

—Bueno, porque no había tanto tráfico -mentí con rapidez.

Mi mamá elevó una ceja.

—¿Ah, sí? Ya dime la verdad. Geanella me dijo que tu jefe te trajo el primer día de trabajo, y eso no es normal.

Era hora de seguir el plan.

—Está bien, mamá. Me trajo el chofer de mi jefe, y por eso llegué temprano. Lo seguirá haciendo porque... nos estamos conociendo.

—¿Pero te gusta, hija?

—¡Claro, má! Por eso lo estoy conociendo. Tranquila, ¿sí?

—Te agradezco que confíes en mí. Aunque ya seas una mujer adulta, siempre estaré al pendiente de ti. Si se llega a dar algo, ¿me lo dices?

—Sí, Te lo prometo -la abracé.

—¡Ay, qué lindo abrazo! -dijo Geanella entrando. La puerta estaba semiabierta.

—¿Qué ocurrió? -Mi mamá le contó la "maravillosa" noticia.

—¡Vaya! ¡Qué increíble noticia! -Geanella aprovechó que mi mamá fue a la cocina y me dijo:

—Issa, dime la verdad.

—¿Cuál verdad?

—¿Ya olvidaste a Ricardo?

—¿Por qué me preguntas por ese idiota?

—Pero...

—¡No lo nombres más!

—Hija, ¿qué pasa? ¿Por qué le gritas a Geanella?

—No pensé que te pondrías así por... Olvídalo. Me voy. Hasta mañana -dijo Geanella mientras se despedía.

Enojada, me fui a mi habitación. Abrí el nuevo mensaje, que confirmaba que era para mí.




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