Pasaron tres días.
Toqué la puerta.
—Hola, Luis, te traigo tu café.
—Oh, gracias, Larissa. Esto tal vez me calme —dijo, bebiéndolo de un solo sorbo.
Noté que movía una pierna rápidamente y desvió la mirada hacia ella.
—Lo siento, a veces lo hago inconscientemente.
—No te preocupes. ¿Algo te preocupa? —lo tuteo solo cuando estamos solos; en compañía, lo trato como mi jefe.
—No... bueno, sí. En cinco minutos es la reunión con los accionistas.
—Ah, sí, está en mi libreta.
—Pero no son cualquier accionistas. Con su ayuda, puedo traer productos del extranjero a buen precio y de mejor calidad.
—Oh, pero eso es muy bueno. No te preocupes. Eres talentoso y lo lograrás —lo animé.
Por primera vez vi su sonrisa, y qué bella era.
—Gracias, Larissa. Me tranquilizas.
Me imaginé que estaba enrojeciendo, así que tosí y miré mi reloj.
—Ya es la hora.
—Oh, sí, vamos.
La reunión era en otra oficina, mucho más grande, donde un grupo de hombres ya estaba sentado. Aproveché para acomodarme y sacar mi iPad para tomar notas.
Mientras Luis hablaba sobre los beneficios de invertir en su empresa, los accionistas asentían. Parecía que iba por buen camino. Al terminar, cada uno expuso sus condiciones. Luis las aceptó hasta que el mayor accionista habló.
—Luis, estoy de acuerdo con tus ideas, pero tengo una condición.
—¿Y cuál sería esa condición? —respondió con tranquilidad.
—Dejaré a alguien de mi confianza en tu empresa. Ella será mi representante y me mantendrá informado desde Alemania. —Sonó su celular—. Disculpen.
—¿Ya estás aquí? Perfecto, entra.
Tocaron la puerta y todos giramos el rostro.
—Tu ayudante será Nerea Lombardi.
Hoy conocí la envidia. Qué mujer tan bella: rubia, alta, elegante y tal parecia natural, nada plástica.
—Buenas tardes a todos.... Hola, Luis —se presentó.
Se escuchó un gruñido. Luis me dio una orden rápida:
—Larissa, encárgate de cerrar la reunión.
Se retiró sin dejarme responderle.
—Eh... Bueno, disculpen. La reunión se retomará en otro momento.
—Entendemos, querida —respondió Nerea con una sonrisa.
—Dígale a su jefe que tiene 24 horas para darnos una respuesta. Dejaré pasar lo que acaba de suceder, pero no habrá una próxima vez —dijo el accionista mayor antes de marcharse, visiblemente molesto.
Toqué la puerta del jefe.
—Luis, digo, jefe, el Ingeniero Leduar dijo que tiene 24 horas para darles una respuesta y que su "atrevimiento" se lo dejará pasar por esta vez. Pero no habrá una proxima.
Luis no quitaba las manos de su cara.
—Larissa, ¿puedes no decir más, por favor?
—Sí, pero... ¿puedo hacer una sola pregunta? —supliqué.
—Solo una y te vas.
—Bueno... ¿quién es ella y por qué reaccionaste así?
—Son dos preguntas. —Giré los ojos, y él suspiró—. Es mi ex.
¿Esa Barbie era su ex? Claro, Larissa, ¿por qué no lo relacionaste antes? Si Luis parece un Ken.
—Vaya, ahora entiendo en qué posición estás. Lo dejo solo, con permiso.
Salí de su oficina y fui al baño. Allí estaba Nerea, retocándose los labios.
—¿Tú eres la asistente de Luis? —preguntó mientras me miraba de pies a cabeza.
—Sí. ¿Y usted, su ex?
—Vaya, no sabía que Luis andaba contando su vida a cualquiera.
Levanté una ceja, lista para responderle.
—Parece que ha cambiado mucho desde que lo dejé.
—¿Disculpe?
—Mira que contratar a semejante espantapájaros... —rió y salió del baño.
—Ush, insufrible. —No le respondí, pero ya verá. Lo que tiene de bonita, lo tiene de mala.
Me empecé a secar las manos.
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—Hace años que no te veía Brenda.
—Señorita Nerea, está más bella, a pesar de ser viuda.
—Gracias, Brenda. Y lo de viuda quítalo: me divorcié de ese anciano antes de que muriera. Por cierto, quiero tu lealtad.
—Claro que sí, señorita. Usted cuenta con ella.
—Infórmame de todo. —Le dejó su tarjeta.
—Así será.
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Fui al departamento de abajo por unos documentos. No había rastro de Nerea. "Qué visita más desagradable", pensé.
—Toma, Geanella, esto es tuyo.
—Gracias. Y tú, toma; esto es para el jefe.
—Oye, ¿conoces a la ex del jefe? ¿Sabes por qué volvió?
—¿Esa insufrible volvió? Seguro solo a molestarle la vida a Luis.
—Sí, a eso vino.
—No sé nada, pero te recomiendo que te mantengas alejada de ella.
Al subir a mi cubículo, recibí una llamada de Luis. Parecía que se le había pasado el enojo.
—Dime.
—Larissa, necesito que ahora mismo recojas tus cosas. Nos vamos de viaje por tres días.
—¿Eh? Pero, Luis, no tengo ropa aparte.
—La ropa no es problema. Por eso te di la tarjeta. Ve, recoge tus cosas. Yo termino con esto y nos vamos en mi avión privado.
—Sí, permiso.
Recogí mi iPad, laptop y celular. Llamé a mi mamá.
—¡Contesta, contesta!
—Hija, ¿qué ocurre?
—Mamá, no estaré en casa por tres días. Es por trabajo.
—¿Cómo? ¿Y tus cosas?
—No te preocupes. Parece que el jefe tiene asuntos importantes y tengo que acompañarlo.
—Bueno, Larissa, cuídate mucho. Llámame cuando llegues. Te quiero.
—Sí, mamá. Te llamaré. Yo también te quiero. Adiós.
Vi a Luis terminando de arreglar sus cosas. Me puse a la par y el chofer nos llevó.
En el avión estaban Nerea y... ¿Lúcio?
—Hola, Larissa. Pero qué look más estrambótico —dijo Lúcio.
—Son tus reflejos querido.
Luis ignoró a todos y se dispuso a trabajar en su laptop. Mientras, Nerea hojeaba una revista y Lúcio dormía. Honestamente, aún no entendía la razón de este viaje. Me puse mis audífonos, escuché mi música favorita y terminé otras tareas.
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Editado: 27.06.2026