Regla Número 20

CAPITULO 8

La misma noche en el comedor del hotel

—¡No puedo creerlo! Yo no tengo competencia con esa fea —decía Nerea, comiendo su ensalada con furia.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Lúcio.

—Preguntas y ya te sentaste —giró los ojos.

—Pero bueno, ¡qué humor! Te invito al casino, vengo de allí; está fenomenal.

—No, gracias, y retírate, ¿sí?

—¿Se puede saber por qué, si estamos en una isla, se te ocurre comer solo monte y no mariscos?

—¡No es monte! Aparte, yo veo qué como. Vete, Lúcio, no estoy para soportarte.

—Me voy, pero antes necesito saber si tu enojo es producto de que mi hermano tiene una relación con su secretaria —soltó con una sonrisa burlona.

—¡Por supuesto que no! ¿La has visto? Es un espantapájaros. ¿Miraste sus lentes? ¿Sus granos? ¡Iu!

—Bueno, pero tan mal no está. Aparte, se ve que es una buena chica.

—Y todavía la defiendes. No puedo esperar menos de ti —Nerea bebió su limonada.

—¿Acaso te recuerda a ti de antes? —dijo Lúcio, recostándose en su asiento.

Nerea tuvo que escupir su bebida porque se había atorado. Mientras se limpiaba con la servilleta, gritó:

—¡¿Pero eres idiota?!

—Nerea, sé que fuiste una nerd en el colegio y que te molestaban. Soy amigo de tu hermano y un día me mostró una foto.

—Ese idiota va a saber lo que es bueno.

—Lo que no entiendo es por qué ahora tú haces lo mismo que te hicieron. No deberías hacer lo contrario.

—Mira, Lúcio, ahórrate tu sermón. Y yo era así por mi pubertad, ¿okey? Ya no. —Se levantó a punto de retirarse.

—¡Ey, espera! Discúlpame, no quise ofenderte. Eres linda, pero si tu forma de ser mejorara, creo que esa belleza sería suprema.

Nerea se enrojeció.

—Yo sé que soy linda —lo agarró del cuello y lo besó profundamente. Lúcio le correspondió. Ella le mordió el labio.

—¿Qué fue eso?

—Eso fue tu castigo —le respondió Nerea y se retiró.

Al día siguiente, en la habitación

—¡Me acosté con mi jefe! No, no —Larissa se levantó avergonzada, tratando de recoger sus cosas. En el movimiento, Luis se despertó.

—¿Larissa? ¿Qué haces desnuda? Y yo... ¡ay, mi cabeza!

—Yo, yo... me voy.

—Espera, no lo tomes mal. Esto solo es... el contrato. Perdóname, yo...

—Sí, el contrato —Larissa no se giró y salió con ganas de llorar.

Nerea estaba caminando con dirección a la playa cuando observó a Larissa irse con una sábana. Se percató de que se le cayó una tarjeta y ni cuenta se dio.

Nerea la recogió y abrió la puerta.

Luis estaba buscando su ropa para irse a bañar cuando sintió que lo agarraban de la cintura.

—Larissa, yo de verdad lo siento... —se giró y se llevó el susto de su vida—. ¡¡¡¿Tú?! ¡¿Qué haces aquí?! ¡Lárgate!

—Serás mío —dijo Nerea.

En el desayuno, los cuatro reunidos estaban incómodos. Luis veía de reojo a Larissa, mientras ella aparentaba una felicidad que no sentía y sentía la intensa mirada de Nerea.

—¿Desde cuándo están saliendo? —preguntó Nerea.

Luis respondió:

—No es de tu incumbencia.

—Bueno, hermano, ¿y a qué venimos acá? —preguntó Lucio, soltando la tensión.

—Bien, aquí están unos importantes inversionistas. En el almuerzo nos reuniremos. ¿Leyeron lo que les envié? Porque de eso trataremos hoy.

—Sí —respondieron.

La conversación siguió sobre negocios.

Llegó la noche y Larissa estaba despejando sus pensamientos en la playa.

—¡Cuñadita! ¿Te puedo llamar así? —dijo Lúcio feliz.

—Ehmm, sí. O Larissa solamente.

—Bueno, Larissa, te quiero invitar a una fiesta que van a hacer aquí.

—¿Usted no ha visto las noticias?

—¿Cuáles? —Luis se acercó molesto por la cercanía.

—¿De qué hablan? No te olvides del contrato —le susurró a Larissa.

Esta, molesta, se alejó. Detrás la seguía Luis.

—No te preocupes, nadie se fijaría en alguien tan fea como yo.

—Yo no dije eso. Yo...

Larissa aceptó al final ir a la fiesta. Mientras conversaban, Luis se acercó.

—Hermano, ¿pero tú qué haces aquí, si eres un amargado?

—Te recuerdo que estoy saliendo con ella —agarró a Larissa y la abrazó.




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