—Polina, ¿quién es ella? —pregunta el moreno con sorpresa, sin ningún reparo en examinarme con sus profundos ojos castaños. Parece que, si uno los mira el tiempo suficiente, puede caer en su oscuridad, igual que Alicia* en la madriguera del conejo. Pero no, ahora mismo no necesito aventuras.
—Kirilo, ella es Leo. ¡Mi amiga! Leo, y este es Kirilo, mi hermano —nos presenta Polina, intentando con su amabilidad aliviar la tensión que emana de su hermano.
—Conozco a todas tus amigas, ¡y a esta la veo por primera vez! —se indigna Kirilo.
Me resulta desagradable la forma tan impersonal en la que habla de mí, pero decido guardar silencio para no causarle más problemas a Polina. En cuanto su hermano salga de la habitación, me cambiaré a mi ropa y me iré tranquilamente a casa.
—Polina, dime la verdad, ¿eres lesbiana? —Kirilo hace otro intento por averiguar quién soy y qué hago en la habitación de su hermana—. Que sepas que no tengo nada en contra. Pero no hace falta ocultarme a tu pareja ni inventar historias raras, ¿de acuerdo?
Tiene un aspecto a la vez serio y preocupado. Se nota que se preocupa sinceramente por su hermana. Y por eso se gana de mi parte un pequeño punto a favor.
—Kirilo, Leo de verdad es mi amiga —responde Polina con suavidad. Parece que tranquilizar a su hermano es algo habitual para ella. Lo hace sin una pizca de irritación ni enfado.
Kirilo frunce sus espesas cejas negras, pareciendo una nube de tormenta sombría que se ha tragado todas las demás nubecitas bonitas a su alrededor y aun así no se ha saciado. Afuera, un trueno estalla de repente y el cielo se oscurece. El tiempo hoy tiene un humor tan cambiante como el hermano de Polina, y eso no me hace ninguna gracia. De algún modo tendré que volver a casa…
Kirilo baja lentamente la mirada de mi rostro a la camiseta que apenas cubre mi trasero. Mis mejillas se enrojecen al instante.
—¡Kirilo, no avergüences a Leo! —exclama Polina indignada al notar la confusión en mi rostro. Empuja a su hermano fuera de la habitación, dándome la oportunidad de tranquilizarme.
—Perdón, no pensé que hoy vendría a verme —suspira Polina—. Kirilo en realidad es bueno, aunque a primera vista pueda parecer un completo idiota.
—No pasa nada. Ahora me iré a casa. No quiero molestaros.
—¡Leo, ni siquiera has probado mi café de la casa! —se queja Polina con un aire infantil, como si no entendiera que su hermano me pone nerviosa y que no tengo ninguna gana de cruzarme con él.
—La próxima vez lo probaré, seguro —digo mientras me pongo mi camiseta y mis shorts. Me recojo rápidamente el pelo en un moño y salgo de la habitación. Cruzo el salón en dirección a la salida. Polina y Mozart nos siguen.
—Déjame al menos pedir un taxi. ¡Mira cómo está el tiempo ahí fuera! —propone Polina con desconcierto.
—No hace falta, llegaré en metro —me niego. No quiero aprovecharme de su amabilidad ni sentirme en deuda con ella.
—¡Taxi, o no te dejo ir a ningún lado! —insiste, bloqueándome el paso y sin dejarme salir al pasillo—. No puedo permitir que te mojes y te enfermes por mi culpa.
¿Qué clase de día tan horrible es este? —me quejo para mis adentros, y en la realidad solo asiento con resignación y le dicto mi dirección. Si tanto quiere, que pida ese taxi.
—Polina, sigo esperando explicaciones —la voz de Kirilo me hace estremecer tanto como el trueno detrás de la ventana.
—¿Qué es lo que no te queda claro de la frase “Leo es mi amiga”? —Polina lanza una mirada irritada a su hermano sin apartar la vista del teléfono.
—¿Y de dónde salió esta amiga? —su mirada rápida hace que mis mejillas vuelvan a arder. Me siento incómoda, como una ladrona, y bajo la cabeza.
—La amiga salió del parque —responde Polina con calma, sin dejar de buscar un taxi en la aplicación.
—¡No te burles de mí, Polina, porque mi paciencia ya está al límite!
—Hablo en serio. Leo y yo nos conocimos hoy en el parque.
—¿Y trajiste a casa a una chica del parque? Polina, ¿estás en tus cabales?
—¡Ya basta! —interrumpo sus groserías con decisión—. Escucha, puede que yo no sea la reina del Reino Unido, pero tampoco soy un fantasma como para que hables de mí como si no estuviera aquí.
Me obligo a levantar la cabeza y a mirarlo directamente a los ojos. Con seguridad. Con toda la seguridad que soy capaz de exprimir de mí misma.
—Kirilo, ¿y bien, estás satisfecho? ¿Eso era lo que querías? —Polina sale en mi defensa—. Leo, por cierto, hoy me salvó.
“Salvó” es, por supuesto, una exageración, pero, a juzgar por cómo cambia al instante la expresión del rostro de Kirilo, dejémoslo en “salvó”.
—¿Qué pasó? —En Kirilo viven claramente dos personalidades: un idiota arrogante y un hermano preocupado. La segunda parece bastante normal. Lástima que se manifieste mucho menos que la primera.
Polina le cuenta brevemente la historia del parque, y su mirada parece suavizarse. Bueno, quizá dos o tres grados centígrados. Aunque no estoy segura: puede que el calor que siento no sea por su agradecimiento, sino porque me está mirando demasiado tiempo. Sus ojos son un agujero negro que te atrae, te quema por dentro y te confunde los pensamientos. Me irrita sentirme así.
—Perdón, no entendí bien la situación —se dirige a mí Kirilo.
Con la expresión tan fría que tiene ahora, cuesta creer en la sinceridad de sus disculpas. Eso me irrita muchísimo, pero, para no empeorar las cosas, aun así asiento con la cabeza en señal de aceptación.
—Te llevaré a casa —se levanta del sofá y agarra las llaves del coche de la mesilla.
—Me iré en taxi —rechazo su oferta.
No me atrae en absoluto la idea de ir con él en coche y quedarnos atrapados, por ejemplo, a mitad de camino en un atasco. La tensión entre nosotros no se ha disipado, así que hay muchas probabilidades de que, en cuanto nos quedemos a solas, acabemos matándonos el uno al otro.
—Polina, ¿qué pasa? —me vuelvo hacia la chica, ignorando la expresión irritada en el rostro de Kirilo.