Soy disciplinado, exigente conmigo mismo y con quienes están a mi lado. Estable en mis preferencias, firme en mis hábitos diarios. Para mí, el horario, el plan y la rutina no son solo palabras, sino acciones que determinan mi éxito. Eso se aplica a todo: a la vida cotidiana, a la comunicación, al ocio, pero sobre todo al trabajo.
En mi vida hay mucho trabajo. Ocupa casi todo mi tiempo. Y ya me he acostumbrado a ello. La ocupación constante, el flujo interminable de tareas, las decisiones, la responsabilidad: todo eso no es solo mi ritmo diario, sino también, en cierta medida, mi salvación.
Una salvación de las sombras del pasado, de las preguntas que a veces surgen en silencio en mi mente:
«¿Qué habría pasado si no hubiera asumido la dirección de D-KERAMIK tras la muerte de mis padres?»
o
«¿No pagué un precio demasiado alto cuando renuncié a mi carrera como pianista?»
Sinceramente, casi he olvidado lo que es soñar con el escenario. No recuerdo cuándo fue la última vez que me senté al piano y toqué algo por puro placer. La música se quedó atrás, perdida en recuerdos que nunca saco a la luz.
En su lugar, hay otra vida. Real, intensa, concreta. La inauguración de una nueva fábrica. Negociaciones con socios alemanes sobre la producción de clínker*. La preparación para la feria Cevisama**. Ese es mi presente. Es complejo, exigente, pero está vivo. No se construirá por sí solo: me necesita. Y, por paradójico que parezca, yo también lo necesito a él.
El domingo por la mañana me quedé dormido y perdí el partido de tenis que tenía previsto con Borís. Y todo por aquel maldito concierto de Viktoria, por el que ahora me veo obligado a buscar acompañante. Por ahora, sin éxito.
¿Qué demonios me picó para contestar la llamada de mi ex y aceptar ir a su concierto en solitario? No veo a Viktoria desde hace más de cuatro años, y habría sido mejor no verla durante otros cuatro más. O incluso — no verla nunca más.
Los recuerdos desagradables aún me queman por dentro y provocan un dolor sordo en el pecho. No he olvidado nada, aunque lo intenté con todas mis fuerzas.
Le escribo un mensaje a Borís para que me espere en el restaurante del club de tenis. Quizá pueda darme una idea de dónde encontrar a una chica que acepte acompañarme una sola vez al concierto, sin interpretarlo como una cita real y sin esperar una relación seria después.
Subo al coche y maniobro con rapidez entre los pocos vehículos en la carretera. Llego al club de tenis, aparco en la zona privada y entro en el restaurante. A esta hora tan temprana no hay nadie más que Borís.
—¿Otra vez escribiéndole a tu novia inglesa? —sorprendo a mi amigo pegado a la pantalla del móvil.
Llevan ya un año con su amor a distancia. Yo no creo en eso, pero a él parece funcionarle: él vuela a Londres, ella a Kiev. ¿Pero cuánto tiempo les alcanzará la paciencia?
—Y tú vuelves a decirlo con esa cara, como si yo estuviera loco.
—Sabes perfectamente lo que pienso de tu relación.
Pido un doble espresso sin azúcar.
Mi mirada se desliza involuntariamente hacia la ventana: al otro lado del cristal, en la pista, juegan dos chicas. Me llama la atención una rubia con una coleta larga. Tiene algo de Leo —la nueva amiga de Polina—. Juega de forma mediocre y, cada vez que la pelota se le escapa de la raqueta, golpea la hierba con gesto exagerado de frustración. Sus movimientos son bruscos, emocionales, con un exceso de teatralidad: más drama que tenis.
Hice bien en descartar la candidatura de esa Leo. Viktoria nunca creería que pudiera salir con alguien como ella. Los pensamientos en mi cabeza se entrelazan en paralelismos indeseados que no he convocado, pero que se empeñan en ordenarse como un solitario que nunca termina de encajar.
—¿La morena o la rubia te ha interesado? —Borís sigue la dirección de mi mirada.
—Ninguna, —me aparto de la ventana y por fin me concentro en él.
—Entonces, ¿por qué te quedaste mirándolas tanto tiempo?
—La rubia se parece a la nueva amiga de Polina.
—¿La amiga guapa? —pregunta Borís con una sonrisa sospechosa.
—Olvídalo, —corto, dejando claro que no quiero seguir con ese tema. Hay asuntos mucho más importantes.
—¿Entonces irás al concierto de Viktoria? —pregunta Borís y vuelve a distraerse con la pantalla del móvil para leer un mensaje de su novia.
Eso me irrita muchísimo.
—Iré, —respondo.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo?
—Le prometí que iría.
—Estás demasiado obsesionado con lo que Viktoria pueda pensar de ti, —observa Borís. Su teléfono anuncia otro mensaje y vuelve a distraerse.
—Recuérdame, ¿por qué tu Kate sigue negándose a mudarse a Kiev?
—Por las mismas razones por las que yo no me mudo a Londres, —responde Borís mientras escribe a su novia—. Amigos, familia, carrera.
—Entonces, ¿el amor es menos importante para vosotros que los amigos, la familia y la carrera?
—No. Eso significa que es difícil decidirse a cambiar cuando tienes algo que perder, —contesta Borís.
—Lo vuestro es demasiado complicado.
—¿Y con quién vas a ir al concierto? —Borís ignora mi comentario y cambia de tema con naturalidad.
—Aún no tengo acompañante, —me encojo de hombros.
—Con la cantidad de chicas dispuestas a salir contigo podrías formar una fila interminable, y me dices que no tienes acompañante. Amigo, ¿lo dices en serio?
—Busco a una chica que no quiera una relación seria conmigo, que no perjudique mi reputación y que esté, al menos aproximadamente, al mismo nivel que Viktoria.
Superar a Viktoria es imposible. Mentalmente tacho ese requisito.
—Oye, tienes a Polina, pídele que te ayude a encontrar pareja para el concierto, —propone Borís.
—Polina no tiene opciones, —respondo, y en mi cabeza vuelve a aparecer la imagen de esa Leo. Intento expulsarla con todas mis fuerzas, pero no desaparece.