La cortesía de Terralva
El transporte de pasajeros se detuvo en la plaza poco después del mediodía, envuelto en una nube de polvo seco y olor a metal caliente. Era una máquina vieja, de ventanas angostas y bancos duros, que cubría la ruta entre pueblos menores antes de volver hacia los caminos principales. No tenía el brillo disciplinado de los vehículos de Arlen ni el zumbido parejo de las máquinas oficiales. Levitaba, como todas las de su clase, aunque con torpeza; perdía altura en las curvas, rozaba el empedrado con el vientre metálico y dejaba a sus pasajeros con el cuerpo molido. Pero hacía una cosa invaluable: no hacía preguntas.
La mujer bajó del transporte con cuidado, sujetándose el vientre con una mano y la otra cerrada alrededor de la correa del bolso. Del antebrazo le colgaba una sombrilla rosa, desteñida en las orillas, demasiado delicada para el polvo del camino.
No tendría más de veinte años. Era delgada, de piel clara. Tenía el cabello oscuro, corto y lacio por arriba del hombro, y unos ojos castaños claros que miraban sin quedarse demasiado tiempo en ninguna parte. Había en ella una belleza armónica, discreta, de facciones suaves y cansancio mal escondido; la clase de belleza que no pedía atención, pero la recibía de todos modos.
El vestido, de un color que quizá alguna vez fue amarillo, traía el polvo de cinco pueblos prendido al dobladillo y entre los pliegues de la falda. Los zapatos de tacón bajo, marrones y percudidos por el camino, parecían demasiado finos para la tierra de Terralva. Caminaba con la espalda recta, no por orgullo, sino por costumbre: la postura de quien había aprendido que parecer tranquila podía ser más útil que estarlo.
Y una barriga imposible de ocultar. Cuatro meses.
No necesitaba mentir sobre eso. Su cuerpo ya decía suficiente: el cansancio al bajar los escalones, la palidez del viaje, la forma en que una punzada leve la obligaba a respirar antes de seguir andando. Cuatro meses eran todavía una frontera ambigua; bastante para que la miraran con lástima, no tanto para que empezaran a contar hacia atrás con demasiada precisión.
—El siguiente sale hasta la tarde —anunció el conductor, mientras descargaba dos costales y una jaula cubierta con una manta—. Si van a seguir el camino, no se alejen mucho.
La joven asintió. No preguntó cuánto faltaba. No preguntó hacia dónde seguía la ruta. Hacer preguntas era dejar hilos sueltos, y ella llevaba semanas intentando volverse una mujer imposible de recordar, deslizándose de un nombre a otro, de un asiento a otro, de una mirada a otra, con la esperanza de volverse lo bastante común para que nadie recordara su cara.
Terralva era más pequeño de lo que esperaba.
Casas bajas, muros de adobe, ventanas abiertas a la luz del día. Una plaza de piedra clara con bancas gastadas. Un pozo cubierto. Puertas pintadas con colores vencidos por el sol. Más allá, los caminos se abrían hacia terrenos de cultivo, corrales pequeños y cercas torcidas donde algunas gallinas picoteaban la tierra sin prisa.
El aire olía a polvo, a pan recién salido del horno, a leña apagándose bajo las ollas del mediodía. Olía a hierbas machacadas, a animales de granja, a tortillas calientes, a guisos espesos con el sabor concentrado de una cocción que había empezado mucho antes del amanecer.. Era un olor vivo, doméstico, lleno de manos trabajando detrás de las ventanas.
Respiró con cuidado.
Después de tantos días en transportes de paso, estaciones sucias y caminos donde todo olía a metal, sudor y combustible viejo, aquel pueblo le pareció peligrosamente humano. No seguro. Todavía no. Pero humano.
Miró primero las calles. Luego las salidas. Después los rostros. Nadie llevaba uniforme. Nadie parecía tener prisa. Nadie la observó más de lo que se observa a una mujer embarazada que baja sola de un transporte de paso. Eso, por alguna razón, le dio más miedo que alivio. Entonces el niño se movió.
Fue apenas una presión suave bajo sus costillas, pero ella se quedó inmóvil un segundo, respirando con cuidado, temerosa de que un gesto brusco rompiera el hechizo de su anonimato y lo entregara a la luz.
—Ya sé —susurró, sin mirar su vientre—. Yo también tengo hambre.
El restaurante estaba a un costado de la plaza, bajo un toldo de lona verde que hacía más sombra de la que prometía. En la entrada, un letrero pintado a mano ofrecía comida corrida, tortillas, café de olla y helado casero. No recordaba la última vez que había comido sentada.
Entró. La campanilla de la puerta sonó demasiado fuerte.
Detrás del mostrador, una mujer de brazos redondos y cabello recogido levantó la vista de una olla humeante. Tenía esa edad indefinida de las mujeres que han visto pasar generaciones por una misma plaza. No era vieja, pero ya pertenecía al pueblo como pertenecen las fuentes, los árboles y los rumores.
—Siéntese donde guste, mija —dijo—. Se ve que el camino la trajo arrastrando.
Eligió una mesa desde donde pudiera ver la puerta.
—Solo algo sencillo —pidió.
—Aquí todo es sencillo, pero llena —respondió la mujer, y le sirvió agua antes de que pudiera pedirla—. ¿Va de paso?
Tomó el vaso con ambas manos.
—Sí.
—¿Para dónde?
La pregunta cayó con una naturalidad peligrosa. Bebió un sorbo y luego respondió.
—Al sur.
—¿Con familia?
—Algo así.
La mujer la miró el tiempo exacto para notar el vientre, el bolso apretado contra sus piernas, la ausencia de anillo y el cansancio mal escondido bajo el vestido.
No dijo nada al principio. Eso fue peor.
Luego se giró hacia la olla y empezó a servirle un plato generoso, como si el silencio ya le hubiera contado más que cualquier respuesta.
—¿Cómo dijo que se llamaba?
No lo había dicho. Apretó el vaso. Durante todo el viaje había usado otros nombres.
Los había escrito en boletos de transporte, los había dicho en mostradores de paso, los había dejado caer ante conductores cansados y vendedores que olvidaban los rostros antes de terminar el día. Nombres breves, comunes, fáciles de perder entre listas y recibos. Nombres que no la defendían, pero tampoco la delataban.
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Editado: 14.05.2026