Relatos De Una Alma Silenciosa

CAPÍTULO 1 LOS PRIMEROS ECOS DE LA INFANCIA

El olor a tierra mojada siempre tuvo la

capacidad de llevarme de vuelta a la

cocina de mi infancia. Tenía ocho años

cuando comprendí por primera vez que

la calma no era un lugar, sino la

ausencia de ruido dentro de uno mismo.

Mientras los niños de mi barrio corrían

tras la pelota sobre el pavimento

mojado, gritando hasta quedarse sinaliento, yo prefería sentarme en el

marco de la ventana con las rodillas

pegadas al pecho. Observaba las gotas

de lluvia deslizarse por el vidrio,

haciendo apuestas silenciosas sobre

cuál llegaría primero al borde del

marco. No me sentía solo; para mí, el

silencio nunca fue abandono, sino una

conversación privada con mis propios

pensamientos.

—Mateo, te vas a enfriar ahí sentado

—dijo mi madre desde el fogón.El vapor de la sopa de verduras

flotaba en el aire, mezclándose con el

aroma de la manzanilla que siempre

hervía por las tardes. Mi madre no era

una mujer de discursos largos. Tenía

las manos ásperas por el trabajo diario

en la costura y los ojos cargados de una

ternura serena que no necesitaba

palabras para reconfortar. Dejó la

cuchara de madera sobre la mesa, se

secó las manos en el delantal de flores

desteñidas y se acercó a mí. Su mano,

cálida y amorosa, se posó suavemente

sobre mi cabeza.

—Eres un niño muy silencioso, mi

amor. A veces me da miedo que te

guardes tantas cosas adentro.

—No guardo nada malo, mamá. Es

solo que si hablo, la lluvia se escucha

menos.

Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña,

teñida de una leve nostalgia, como si en

mis palabras infantiles hubiera

reconocido una sombra que ellatambién llevaba dentro. Se sentó a mi

lado y durante varios minutos no

dijimos nada. El tictac del reloj de

pared y el repiqueteo del agua contra

las tejas eran los únicos sonidos en

aquella cocina pequeña y acogedora.

El colegio, sin embargo, era un

mundo completamente distinto. Las

aulas olían a tiza, cera de piso y sudor

acumulado. Para un niño hipersensible,

el recreo no era un descanso, sino un

asalto a los sentidos. Los timbresestridentes, las risas desmedidas y los

empujones en los pasillos me

provocaban una opresión en el

estómago que en ese entonces no sabía

nombrar. Buscaba refugio bajo la

sombra del gran eucalipto que estaba al

fondo del patio. Allí, con las espaldas

apoyadas contra la corteza rugosa,

abría mi cuaderno de hojas de raya y

dibujaba mapas imaginarios. Inventaba

ciudades donde nadie gritaba y donde

los caminos estaban hechos de senderosde piedra y árboles gigantes.

—¿Por qué no juegas con los demás,

Mateo? —me preguntó una tarde el

profesor de Lengua, acercándose con

las manos en los bolsillos.

—Me gusta estar aquí, profesor.

—Es bueno compartir con los

compañeros. Si te quedas siempre solo,

te vas a acostumbrar a la soledad, y la

soledad es una mala compañera cuando

creces.Sus palabras se me quedaron

grabadas como una advertencia

sombría. ¿Había algo malo en mí por

disfrutar del silencio? ¿Estaba roto

antes de haber comenzado a vivir?

Durante años, esa duda fue una

pequeña semilla de inseguridad que

floreció en mi pecho. Intenté, en más de

una ocasión, forzarme a ser como los

demás: reír más fuerte, hablar sin

pensar, correr sin rumbo. Pero cada vez

que intentaba usar esa máscara,regresaba a casa exhausto, con la

sensación de haberme traicionado a mí

mismo.

El único lugar donde me sentía

plenamente a salvo era el pequeño

taller de costura de mi madre. Mientras

el pedal de la máquina de coser sonaba

con un ritmo constante, yo me sentaba

en el suelo a clasificar botones por

colores y tamaños. Llenaba frascos de

vidrio con botones de nácar, de madera

y de plástico dorado. Para mí, cadabotón era un personaje, y cada frasco,

un universo ordenado.

—Mamá, ¿por qué algunas personas

hablan todo el tiempo? —le pregunté

una tarde mientras enrollaba un carrete

de hilo azul.

La máquina de coser se detuvo. Mi

madre levantó la vista, se quitó los

anteojos de lectura y dejó que colgaran

de la cadena en su cuello.

—Porque le tienen miedo al silencio,

Mateo. Cuando todo está callado, laspersonas tienen que escuchar lo que

hay dentro de ellas, y no todos están

contentos con lo que van a encontrar.

Tú tienes un regalo, pero también una




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