Resiliencia

Capítulo 3. Dolor

Sandra

—Dios, se que tú y yo no somos muy cercanos, pero necesito de ti  —susurro con el rostro bañado en lágrimas.

La soledad de mi apartamento me abruma y a pesar de que mi prioridad por muchos años fue  escapar de la pobreza de mi niñez dejando de lado los planes de casarme y tener hijos,  jamás renuncie a ellos, simplemente los pospuse y aunque se que no es cierto, el no poder tener hijos me hace sentir incompleta y defectuosa.

Tocan la puerta y opto por ignorar los golpes. No quiero ver a nadie.

—Sandra, se que estás ahí. Vi cuando llegaste. Ábreme, no puedes seguir evitándome —pronuncia Julián.

—Vete, estoy cansada. Te llamo después.

—No voy a marcharme. Te conozco desde que éramos unos críos,  algo te ocurre.

Dejo que toque unos minutos más rogando que se canse y se marche cuando empieza a cantar “O Sole mio”.

Conozco a Julián y se que no se detendrá, para el no existe un No que no pueda cambiarse por un SI, por lo que me doy por vencida y abro la puerta, inmediatamente siento un par de ojos escanear mi rostro.

—¿Qué quieres?

—Llevo tres días tratando de hablar contigo. No respondes a mis llamadas y cuando marco a tu oficina tu secretaria me dice que estás por fuera.

Tiene razón, lo he estado evadiendo. Nunca he podido ocultarle nada, lo dejo pasar y veo como se dirige a la cocina y enciende la estufa para preparar un chocolate caliente. Es nuestro ritual. Otras personas se reúnen a tomar una copa de vino o cerveza pero para el pastor Julián  el alcohol no es una opción.

Lleva dos tazas de chocolate a la sala y se sienta en el sofá, lo sigo sin más alternativa que hablar.

—¿Me vas a decir que sucede?

—Bernardo y yo terminamos —callo tratando de contener las lágrimas pero es inútil, Julián me toma entre sus brazos y me estrecha fuertemente. No dice nada, guarda silencio esperando que continúe—. No puedo tener hijos, Julián, soy estéril, es un dictamen confirmado.

Julián no dice nada solo se limita a abrazarme y acariciar mis cabellos hasta que mis ojos se cierran.

Me despierta el aroma a café, al principio me siento un poco aturdida pero luego recuerdo la visita de Julián y me levanto sin prisa, se perfectamente con que voy a encontrarme.

—Buenos días —me saluda Julián tendiéndome una taza de café.

—Buenos días, ¿qué haces aquí?

—Después de dormirte espere a ver si despertabas pero al ver que no reaccionabas te lleve a tu cuarto y  luego me marché a casa.  Regresé porque no voy a dejar que te hundas en la conmiseración o que aparentes que no sucede nada.

—Esto no tiene reversa, Julián, una actitud positiva no va a cambiar mi esterilidad.

—Sandra, Bernardo no es el único hombre con el que puedes formar una familia y más adelante si lo deseas puedes adoptar.

—Que hombre estaría interesado en casarse con una mujer que no le puede dar hijos.

—El correcto.

—¿Y Bernardo no lo era?

—No y no me malinterpretes, sigo pensando que es un buen hombre, pero el hombre correcto se hubiera quedado junto a ti. Desayuna, necesitamos salir en una hora.

—¿Salir?, Julián, no voy a ir a ningún lado.

—Sandra, se que no es fácil pero prometo estar junto a ti en cada paso que des, déjame ayudarte.

Asiento cabizbaja y empiezo a desayunar, Julián no cederá, ser leal es algo intrínseco en él.

Después de conducir media hora, nos detenemos frente a un edificio de dos pisos. Bajamos del auto y Julián me guía hasta el interior.

Apenas abre la puerta nos vemos asaltados por un coro de voces infantiles. Una mujer menuda de alrededor de 50 años sale a recibirnos.

—Pastor,  que gusto verlo.

—Igualmente, Teresa. Le presento a Sandra, una amiga.

—Es un gusto conocerla, Sandra. Soy la directora del Centro de Acogida

—El gusto es mío, Teresa.

—Teresa, traje varias donaciones con comida, ropa y artículos de aseo —pronunció Julián—. Las tengo en el carro, ¿podrías decirle a alguno de los voluntarios que me ayude a traer las cajas?

—Claro que si —respondió Teresa—. Sandra, ¿quisiera conocer las instalaciones?

—Me encantaría —Julian sonreía travieso, sabía que no tenía otra opción que corresponder a la amabilidad de Teresa.

Las horas en el centro de acogida transcurrieron entre juegos con los niños, ayudar en el comedor y organizar las donaciones. Al finalizar la tarde me sentía exhausta pero con el corazón satisfecho por ayudar a otros. Entendí porque Julián me había traído a este lugar.

Cuando nos centramos en nuestro dolor perdemos la proporción de nuestros problemas, servir a los demás nos obliga a dejar de hundirnos en el dolor para empezar a pensar en el otro.

—Te invito a comer, trabajaste muy bien —me dice risueño Julián.

—Gracias por no dejarme sola, por ser mi amigo todos estos años.




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