Resiliencia

Capítulo 22. El alba

Victoria

Viajo en el tiempo y me traslado al pasado a través de los recuerdos, revivo cada una de las emociones y las doto de color, los tonos luminosos son aquellos que acompañan los gratos y dulces momentos al lado de Erick y Camila, los tonos oscuros corresponden al dolor profundo que sentí al descubrir su traición, la rabia, los celos y el tono más negro y que tomo mi alma fue el odio que se propagó  en mi como una llamarada que borró  toda la luz que  había  en mí,  hasta esa mañana que baje las escaleras de mi casa y vi a mi madre contemplar con los ojos llorosos la TV que sintonizaba el canal de noticias local y transmitía el accidente ocurrido  la noche anterior donde habían muerto dos jóvenes, Erick Sinclair y Camila Bennet.

La oscuridad dio paso al limbo, veía  las imágenes y mi cabeza se llenaba con cada súplica, con cada ruego, con cada pedido de perdón y allí  en medio de esa sala empecé a morir poco a poco al reconocer mi parte de responsabilidad en esa tragedia. Los medios hacían  un recuento de los factores que jugaron en contra de este par de jóvenes, la humedad de la carretera, la poca visibilidad, etc, pero desconocían un elemento que pudo haber alterado toda la ecuación y ese era un Sí, sólo hubiera bastado un Sí de mi parte para cambiarlo todo. Pero mi negativa, mi rencor, sello la tragedia  y hoy cargo en mi espalda la muerte de ambos.

Julián me escucha sin interrumpirme, su mirada al igual que la de aquel hombre con el que topé hace años frente a una pequeña iglesia no expresa ningún juicio, su mirada es de comprensión  y compasión, terminó mi relato con mi cuerpo doblado sobre sí mismo, como si roto por el dolor y la vergüenza tratara de crear un caparazón donde pudiera evadirse de la realidad, pero soy tomada por Julián quien  me abraza mientras susurra palabras de consuelo y me permite dar vía  libre a este dolor que creí contenido cuando en realidad sólo estaba a la espera de un detonante para tomarse nuevamente  mi sistema.

No se cuanto tiempo pasa, solo se que paso de los brazos de Julián a los de Alejandro, escucho a los lejos hablar a Julian por teléfono mientras me sumo en la inconsciencia. En algún momento  siento que me colocan sobre una superficie blanda y los brazos que me cobijaron a modo de nido me dejan sin su calor, sin su protección,  susurro llorosa y luego de unos segundos soy atraída a un fuerte pecho que me acuna cual si fuera una criatura que se aferra al calor de su madre porque en el se siente seguro.

El tiempo acelera su paso y noto a través de destellos como la habitación  se sume en la oscuridad  para finalmente iluminarse después de varias horas, abro los ojos y hallo al pie de mi cama a Alejandro, quien me tranquiliza y me transmite un mundo de promesas al que no sé  si asirme o cerrar mis ojos para ignorar la ternura que derrochan.Con cuidado me ayuda a levantar y aunque el dolor sigue allí  enterrado  en lo más  profundo siento como si una pequeña  grieta se abriera paso hasta la raíz.

Después de ducharme tomo algo de comida y Alejandro  llega con Julián  y una mujer de alrededor de 40 años de aspecto profesional y pulido.

—Buenos días, Victoria. ¿Cómo  te sientes?

—Mejor, Julián.  Gracias.

—Victoria, te presento a la Dra. Abigail Patterson. Es psiquiatra y se especializa en tratar pacientes con trastornos de estrés postraumático  y depresión, presta sus servicios en el centro comunitario. Hablamos con ella y está  dispuesta a tratarte si tu lo deseas. ¿Estas de acuerdo?

No estoy bien y es hora de aceptarlo, de reconocer que llevo mucho  tiempo caminando sobre una cuerda floja y necesito ayuda por lo que respondo afirmativamente.

—Sí, estoy de acuerdo.

—Julián,  Alejandro, ¿me podrían  dejar a solas con Victoria? —pregunta Abigail.

—Sí, claro —contesta Julián. 

—¿Te  sientes bien? — me interroga Alejandro  dudoso.

—Sí, podré  con ello. Estaré  bien —pronuncio como una promesa para mí  y para él.

 

 

Los pasillos de la iglesia están llenos de grupo de gentes que charlan después de haber culminado el servicio, busco aJulian y a Sandra con la mirada para despedirme pero los veo ocupado con varios feligreses así que decido marcharme al hotel sin hablar con ellos.

Llevo dos semanas por fuera de San Francisco y aunque al principio mis padres se opusieron, al ver mi mejoría y comprobar personalmente que  estaba asistiendo a terapia optaron por apoyarme. Alejandro se marchó  hace una semana y media y aunque  hablamos todos los días por teléfono  no puedo evitar sentirme nostálgica.  Es sorprendente lo rápido   que  ha calado este hombre en mí por lo que trato de mantener a raya mis emociones, lo que menos necesito en estos momentos es un corazón roto.

Gracias a Sandra, Julián,  e incluso Fiorella, me he sentido como en casa, al principio  fue extraño recibir tantas atenciones de la exprometida de Alejandro,  pero el paso de los días me dejó  claro,  la gran estima que siente Fiorella por él y la maravillosa mujer que es.

Marco al bar y contesta mi padre, me es difícil imaginarme al reconocido oncologo pediatra sirviendo tragos, realizando inventarios, pedidos de compra e incluso atendiendo mesas si el caso lo requiere.

—Hola papá.

— Hija, por fin llamaste. ¿Cual fue nuestro acuerdo, Victoria? —me pregunta exasperado.

—Llamar todos los días.  Pero  me fui de excursión con Fiorella y sus hijos a un pueblo cercano, necesitaba un poco de diversión. Ahora confiesa ¿como hiciste para contenerte y no llamarme? —mi padre guarda silencio— vamos, habla.

—Gracias, a ese chico tuyo.  Me aseguró que  había hablado contigo al mediodía por videollamada, además de que sus amigos estaban todo el tiempo al pendiente de ti.

—No es mi chico.

—Lo es, me recuerda a tu madre y a mí.

—Papá, mamá y tu llevan  divorciados varios años —refuto con sarcasmo.

— Lo sé, pero quieres que te cuente un secreto, no he dejado de amarla ni un solo día y si accedí a darle el divorcio fue porque quería darle la opción de tener un matrimonio normal al lado de un hombre que no estuviera dividido entre su trabajo y su familia. 




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