Clara.
—Buenos días —dice Andrés sonriendo con voz ronca— Al parecer no querías admitir que estabas muy cansada ayer.
—No te equivocas, no me di cuenta cuando me dormí —digo abrazándolo.
—Yo si, —sonrie, y se que va a decir algo vergonzoso— Cuando me llamaste múltiples veces estando dormida y decías que me amabas mientras babeabas.
—¡Ay Dios! ¡Yo no babeo! —le pego con la mano en el hombro— Tu no me dejabas respirar.
—Como quisiera dejarte sin respiración —dice con picardía.
—¡Andrés! —exclamo sintiendo como mis mejillas se acaloran.
—¿Qué? —dice riendo.
Nos levantamos de la cama y lo primero que hago es dirigirme al balcón, me recibe una vista vista preciosa del campo que desde mi posición se ve todo de color verde.
Se siente bien la brisa mañanera que entra a través de las ventanas, permitiéndome sentir el aire un poco más puro y limpio, me encanta este tipo de paisajes, montañas alrededor, árboles por todas partes y zonas boscosas que me permiten explorar con más afinidad. Una de las razones por la que me gusta estar en el campo es la posibilidad de cabalgar con más libertad.
—Andrés. —llamo su atención mientras me voy acercando donde se encuentra— ¿Podemos ir a cabalgar?
—Claro, es algo que no me perdería.
—¡Bien! —respondo sonriendo, besa mi frente mientras lo abrazo con cariño.
—Vamos a desayunar, muero de hambre. —Sale de la habitación conmigo tomados de la mano.
La casa es hermosa en su interior, con una apariencia rústica y muy tradicional que guarda ese toque cultural de Italia y se integra armónicamente con el paisaje. Salimos a parte de afuera donde se encuentra una terraza con una mesa en el centro con platillos para desayunar.
Quería hacer el desayuno…
—No pensé que todo estaría listo. —digo cuando veo la variedad de alimentos sobre la mesa.
Andrés tira de mi asiento y me acomoda como si fuera una bebé, es curioso y encantador este tipo de comportamiento en él, claro, siempre ha sido detallista y caballeroso. Supongo que antes no tuvimos mucho tiempo para describir nuestras mejores cualidades como pareja.
—Tendré que reunirme con los viticultores antes de medio día, —comenta acercando una fresa a mi boca— Puedes esperarme aquí o si prefieres puedes acompañarme.
Pienso por unos segundos las dos opciones pero opto por la primera, siento cansancio y la verdad prefiero quedarme a leer, además no quiero distraerlo de sus labores. Se que lo hará si estoy a su lado.
—Ve tranquilo, me quedaré a descansar —llevo la taza de café a mi boca— No quiero distraerte con mi presencia.
Sonrio con picardía al ver cómo su mirada cambia, se acerca para besarme rápido sonriendo.
—Mi vida, aún estando lejos tu presencia siempre me distrae.
El desayuno transcurre con tranquilidad, tomando el sol de la mañana y entre pláticas y bromas se acerca el momento en que Andrés se tiene que marchar. Se despide de mí luego de diez minutos diciendo que se iría.
—Es que me cuesta dejarte. —besa mis manos— Haré todo eso rápido y volveré lo más pronto posible.
Se levanta y camina pero no lo hace por mucho ya que se devuelve corriendo de nuevo a donde me encuentro para besarme, haciendo que me ría por que es la tercera vez que lo hace.
—Estaré aquí, no huiré. Vete ya.
—No tienes a donde huir. —me guiña el ojo y se va sonriendo, esta vez no se devuelve.
Por lo que queda de la mañana trato de disfrutar el buen clima que hay, los pájaros cantan y hacen que me concentre en el gorjeo que hacen, cierro mis ojos y disfruto del momento de paz que este lugar me está brindando, es cálido, tranquilo y con ese sutil toque de serenidad que solo este tipo de lugar te puede dar.
Entro nuevamente al interior y esta vez me siento en un sofá frente a la chimenea, minutos más tardes algo llama mi atención y es el portarretratos que hay encima de la chimenea junto a varias decoraciones, es papá con Damian y Carlos. Papá conoció a Damián y Carlos desde que eran jóvenes, siempre compartieron los mismos gustos y los mismos sueños, Carlos al ser el heredero de la vinícola tenía un poco de más posibilidad, Damián y papá decidieron fundar la empresa agrícola junto con Carlos, quien se les unió años más tardes al mudarse acá.
Me causa gracia el parecido que tiene Aurora con Damián, cualquiera que no los conociera podrían reconocer que son padre e hija, por el gran parecido que ambos poseen, Andrés y Carlos no se quedan atrás, ambos tienen ese atractivo característico de los Santoro, que junto a Santiago, Carlos parecería más su hermano que su padre aún con la edad que tiene.
Papá siempre quedará joven en mis recuerdos en los recuerdos del resto que lo llegaron a conocer, tanto su imagen como personalidad. Lo caracterizaba su bondad, dulzura y la manera que te hacía ver las cosas con madurez y sensatez. Los 18 años que estuvo conmigo, predominan más sus consejos y muestras de cariño, es una parte de él que nunca se podrá borrar de mi vida. Cada recuerdo lo atesoro en mi corazón y mente con un sentimiento de amor y añoranza.
∆∆∆
Me duele el brazo…
Hay una persona aquí, lo sé por qué su presencia la puedo sentir cerca de mi, me duele el brazo pero no quiero moverme por lo cómoda que me siento en esta posición.
—Nunca había visto a alguien dormir tan cómodamente en un sillón así de pequeño. —susurra Andrés frente a mí, trato de fingir que sigo dormida solo para saber qué hará.— Ven acá mi bella durmiente.
Me toma en sus brazos y me carga caminando con cuidado de no despertarme, sigo fingiendo y no puedo evitar la sonrisa que sale de mí cuando entramos a la habitación.
—No finjas que duermes, te conozco mi cielo. —besa mi mejilla y abro mis ojos encontrándome con la mirada de Andrés sonriendo.
—No pude evitarlo, me encanta que me trates así. —bato mis pestañas. — Si sabías que no seguía dormida, ¿Por qué me cargaste?
#4762 en Novela romántica
#1253 en Novela contemporánea
amor drama humor, amistad aventuras romances y misterios, empresa ceo
Editado: 18.03.2026