Andrés.
20 años.
La sangre hierve en mis venas cada día que pasa, quiero hacer pagar a Felipe por lo que hizo y no hay mejor manera de hacerlo que exponiendo todos los archivos que Sebastián ha encontrado a lo largo de estos días. El funeral de Daniel fue tan duro como su partida, Clara está devastada con lo que ocurrió y Elena es la que trata de darles fuerzas pero ella también perdió a su esposo.
No se puede esperar mucho de alguien que está igual de rota que tú.
Mis ojeras se notan cada día más, no he parado de buscar a Felipe con Sebastián y no entiendo por qué se hace tan difícil.
—No es tan fácil cuando tienes a una familia tan poderosa respaldandote. —responde Sebastián ante mi demanda.
—Busca por cielo, mar y tierra. Al final de un volcán o a lo más alto del universo, pero quiero a Felipe frente a mi. —demando con voz severa.
—¿Crees que no lo hago? La rata no sale de su madriguera. —con su comentario se me ocurre una idea.
—Entonces utilicemos un queso como carnada.
—¿Qué quieres decir?
—Que para sacar a la rata, hay que darle lo que más quiere en estos momentos.
—Las pruebas… —responde acertando— No lo sé Andrés, puede ser arriesgado.
—No tiene por qué serlo si estás tú monitoreando todo. —propongo pero no se ve muy convencido.
—Es arriesgado, —vuelve a repetir— Si no pierdes las pruebas, perderás tu vida.
—No hay por qué perder algo, tenemos que hacerle creer que estoy solo, la información se la daré pero le haremos una emboscada.
—No estoy convencido.
—No tienes de otra más que ayudarme, recibirás buen pago. —sus ojos brillan ante la mención del dinero.
Los meses siguientes pasan de la misma manera, si no estoy con Clara, estoy con papá en la oficina preparando todo para la universidad, en esos días aprovecho para reunirme con Sebastián e idear el plan más detalladamente. Pero como siempre el destino tiene su propio sentido del humor al cambiar mis planes.
Navidad pasó como un mes de luto guardado para Daniel, Enero fue como un silencio del cual no sabríamos cuándo se acabaría, Clara sigue en el mismo estado desde hace tres meses. Me preocupa pero no me permite ayudarla.
Mi cabeza está llena de pensamientos y no me percato de lo que estaba por ocurrir. Una sombra se cierne sobre mí desde los asientos de atrás del auto tomándome desprevenido cuando colocan un pañuelo sobre mi nariz, no lucho al contrario, presiono el botón del reloj que me dio Sebastián en caso de emergencia mientras voy perdiendo el conocimiento y mi cabeza se sume en una oscuridad total.
Me despierto de golpe por el agua helada que lanzan sobre mí, me encuentro en el suelo, aún vivo por suerte.
—El niño rico se cree experto en jugar al gato y al ratón… —habla un hombre de complexión grande con barba— Oye muñequito, ¿Tus padres no te enseñaron a alejarte del peligro?
—Winnie Pooh, ¿No pueden tratar mejor a sus invitados? —respondo con sarcasmo pero mis palabras se cortan por el golpe que recibo del imbécil que tengo enfrente.
—Te enseñaré a respetar como tú madre no lo hizo. —amenaza pero no me quedo callado.
—Así nos das una lección a ambos ya que la tuya tampoco te supo educar. —recibo dos golpes más por mi respuesta.
—Nunca supe si lo que tenías de boca era una bendición o una maldición para ti, Andrés. —hablan desde las sombras pero reconozco el dueño de esa voz.
—No creí que fueras tan estúpido para secuestrarme. —respondo escupiendo la sangre que brota de mi boca. Me siento a cómo puedo, debido a que mis pies y manos están atados.
Su risa me provoca asco y más cuando lo veo acercarse de la manera en la que lo hace, al que alguna vez respeté y admiré, ahora es un homicida que trata de huir.
—¿Qué te puedo decir? —se encoge de hombros— El dinero lo hace susceptible a uno.
—Más cuando lo rata es de nacimiento.
—No te equivoques Andrés, al igual que tú padre yo también tuve. Pero las circunstancias me hicieron perderlo todo.
—No llames circunstancias a algo que tú mismo provocaste. Sé de tus trabajos Felipe y de tus obsesiones, no vengas a darme un discurso. —exclamo con risa falsa.
—Niño, dame todo lo que tengas si no quieres que nos maten a ambos… —me señala con poca paciencia y sonrió al verlo desesperado.
—¿No quieres manchar a tu familia corrupta?
—Los Ferro no son con algo que puedes jugar Andrés. —su voz se vuelve gélida y su cara se transforma en una sombría.
—Si jugaste tú con ellos, yo también puedo. —me encojo de hombros— Si para salvarlos a ellos decidiste matar a Daniel y por poco a Clara, yo también puedo hacerlo para salvar a los míos.
—No hables como alguien que está dispuesto a tirar de un gatillo, cuando no has agarrado un arma en tu vida.
—Tu doble vida la tenías bien oculto. —sonrío de lado sin dejar de desafiarlo con la mirada— Ejecutivo de día y narcotraficante de noche, muy bien Felipe Galeano.
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Editado: 14.08.2026