La gira de Alejandro había entrado en su fase más agotadora, y con ella, una distancia física que comenzaba a sentirse más pesada que cualquier otra carga emocional previa. Valeria se encontraba en un estudio que, de repente, parecía demasiado grande y silencioso. A pesar de sus promesas, la comunicación se volvía esporádica, interrumpida por zonas horarias inoportunas y agendas que se colisionaban como trenes en la oscuridad.
Valeria estaba sentada frente a su escritorio, intentando concentrarse en un nuevo capítulo de su novela en solitario, cuando su teléfono vibró sobre la madera, un sonido que le produjo una descarga de adrenalina. Al verlo, su rostro se tensó. No era Alejandro, era un número desconocido, pero que reconoció instantáneamente: el despacho legal que representaba a Martín en asuntos de propiedad intelectual.
Un sudor frío comenzó a recorrer su espalda. ¿Por qué llamarían ahora? Contestó, con la voz apenas un hilo.
—¿Señorita Valeria Asensio? —la voz al otro lado era gélida y profesional—. Hablo del despacho Miller & Associates. Representamos al señor Martín Sterling. Hemos detectado similitudes inquietantes entre algunos pasajes de su actual manuscrito en desarrollo y obras anteriores del señor Sterling. Le sugerimos encarecidamente una revisión antes de cualquier intento de publicación.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El chantaje era una palabra demasiado fuerte, pero el mensaje implícito era claro: estaban amenazando su credibilidad, su carrera y, por extensión, el proyecto que compartía con Alejandro. "Eso es absurdo", logró decir, tratando de mantener la compostura. "Es mi trabajo original". La llamada terminó con una advertencia gélida sobre "acciones legales pendientes".
El terror la paralizó. Si la noticia llegaba a los oídos de Alejandro mientras estaba en pleno centro de atención en su gira, ¿cómo reaccionaría? ¿Dudaría de ella? ¿Cedería ante la presión de su propia editorial para distanciarse? La fragilidad de su relación, tan trabajada, se sintió de repente como un castillo de naipes.
Valeria no esperó. Marcó el número de Alejandro inmediatamente, ignorando por completo la diferencia horaria o la agenda del evento.
—Alejandro, por favor, dime que puedes hablar —dijo, sin saludar, dejando que el pánico se filtrara en cada sílaba.
—Valeria, estoy a cinco minutos de subir al escenario principal —la voz de Alejandro sonaba agotada, pero también tensa por la prisa—. ¿Qué pasa? ¿Está todo bien?
—Martín… han llamado de un despacho legal. Dicen que mi manuscrito plagia partes de su trabajo —las palabras salieron disparadas como metralla—. Alejandro, no es verdad, lo sabes, ¡tú has visto cómo trabajo!
Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea, un silencio que a Valeria le pareció una eternidad. Podía escuchar el eco de una multitud en el fondo del lado de él.
—Valeria, ahora mismo tengo a mi editor y a la prensa esperando. Esto… esto es un golpe bajo de su parte. No sé qué decirte ahora mismo. ¿Podemos hablar después? Necesito concentrarme —la voz de Alejandro sonaba vacilante, casi distante.
—¿Después? Alejandro, estoy sola en esto y me están amenazando con destruir mi carrera —Valeria sintió un sollozo ahogado en su garganta—. Solo necesitaba saber que me crees.
—Te creo, Valeria, claro que te creo. Pero ahora mismo no tengo cabeza para esto. Te llamo en cuanto termine —y colgó.
Ese "te creo" había sonado demasiado clínico para los oídos de Valeria. Se quedó mirando el teléfono negro, sintiendo que la soledad de la habitación se volvía opresiva. La duda, ese veneno que ella misma había temido durante meses, se filtró en su mente. ¿Y si él también empezaba a creer que ella era una fraude? ¿Y si Martín lograba, finalmente, lo que quería: separarles no solo por distancia, sino por desconfianza?
Decidida a no quedarse de brazos cruzados, Valeria hizo algo que nunca pensó hacer: llamó a Ana. Necesitaba aliarse con alguien que no estuviera cegado por el mundo literario. Ana, con su pragmatismo habitual, escuchó la historia y su respuesta fue inmediata y contundente: "Valeria, esto no es un problema literario, es un ataque personal. No busques excusas. Busca pruebas de tu proceso de escritura y contrata a un abogado tú misma. No esperes a que ellos den el siguiente paso".
Valeria pasó la noche en vela, recopilando correos electrónicos, versiones anteriores de su manuscrito, fechas de creación en documentos, todo lo que pudiera servir como un rastro de autenticidad. Cada archivo que abría era una ventana a los meses que había compartido con Alejandro, y la ausencia de él se sentía como un vacío físico en la habitación.
A las tres de la mañana, su teléfono volvió a vibrar. Era Alejandro.
—Valeria, he estado pensando… esto es una trampa. Martín sabe que estamos en un punto álgido de nuestras carreras. No caigas en el pánico —su voz sonaba más calmada, pero seguía sin estar ahí—. Mañana hablaré con mi propio equipo legal. Mantente firme. No le des el gusto de verte afectada.
—Alejandro, me siento muy sola —murmuró ella, con la honestidad bruta de alguien que ha tocado fondo.
—Lo sé. Y lo siento. Pero tenemos que ser inteligentes. Esto es una guerra, Valeria. Y no podemos perder la cabeza.
Esa palabra, "guerra", la heló. La relación de amor, la escritura compartida, los sueños literarios… todo se estaba transformando en una trinchera. ¿Era ese el precio que debían pagar por el éxito?
A la mañana siguiente, mientras Valeria tomaba café en silencio, un sonido en la puerta la sobresaltó. No era el cartero, no era un vecino. Era un mensajero entregando una carta notificada. Al abrirla, sus ojos recorrieron el documento: una demanda formal de cese y desista sobre su manuscrito actual.
El mundo de Valeria, por un momento, se quedó en blanco. Se dio cuenta de que no solo estaba luchando contra Martín, sino contra una maquinaria que estaba dispuesta a aplastar su voz. Se sentó ante su computadora, abrió el archivo de su novela y, con dedos temblorosos, comenzó a escribir. No escribía para ser publicada, no escribía para la antología. Escribía para defender su alma.
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Editado: 19.03.2026