El primer fuego
Sofía Ruiz tenía los dedos marcados por las quemaduras de los fogones y la mirada clavada en lo que amaba: la cocina tradicional que había aprendido de su abuela en la casita de Segovia. Era alta, con el pelo castaño recogido siempre en una coleta ajustada, y movía sus manos con la precisión de alguien que había deshuesado cordero desde los catorce años. Su carácter era tan directo como el aceite de oliva virgen extra que usaba en todos sus platos: no había rodeos en su forma de ser, ni en sus recetas. Orgullosa de sus raíces, defendía con uñas y dientes que la verdadera esencia de la gastronomía española residía en los sabores que habían cruzado generaciones, no en presentaciones complicadas que nadie entendía.
Diego Montesinos, en cambio, era la encarnación de la elegancia moderna. Alto y delgado, con el pelo oscuro y lacio que le caía sobre la frente en una melena cuidadosamente despeinada, y rasgos afilados que le daban un aire tanto seductor como distante. Llevaba siempre trajes bien cortados —hoy uno de color gris azulado— y sus ojos oscuros parecían ver más allá de lo obvio, aunque en realidad a menudo se centraba solo en lo que importaba para él: la innovación culinaria. Era arrogante sin hacer mucho esfuerzo, como si fuera natural que el mundo girara en torno a sus ideas, y hablaba de texturas, temperaturas y técnicas moleculares como si fuera el único lenguaje que valiera la pena aprender. Su orgullo era tan pronunciado como su presencia: había trabajado en los mejores restaurantes del mundo y creía firmemente que la cocina debía evolucionar para sobrevivir, incluso si eso significaba dejar atrás lo que otros consideraban sagrado.
El encuentro tuvo lugar en el vestíbulo del centro de convenciones de Madrid, donde se realizaba la presentación oficial de Sabores de España. Sofía acababa de llegar, cargada con una bolsa de tela en la que llevaba un tarro gigante de mermelada de manzana casera que le había hecho su abuela para regalarla a los organizadores. Caminaba despacio, mirando a su alrededor con curiosidad, cuando de repente alguien chocó contra ella a toda velocidad.
—¡Oye, más cuidado! —gritó Sofía, intentando agarrar el tarro antes de que se estrellara contra el suelo.
Pero el impacto había sido demasiado fuerte: el tapón saltó y la mermelada espesa comenzó a derramarse por el traje gris azulado de la persona que había chocado con ella.
—¡Mi traje de seda! —exclamó Diego, mirando con horror la mancha marrón que se extendía por la solapa y el pecho—. Esta prenda fue hecha a medida en Milán.
Sofía se puso roja de ira.
—¿Cómo te atreves? ¡Fuiste tú el que venía como un toro sin mirar por dónde iba! —replicó, limpiándose las manos con un pañuelo mientras la mermelada seguía resbalando por la tela de su propia blusa de algodón.
Diego se quitó el chaleco con gesto desesperado, mirándola como si ella fuera la causa de todos sus problemas.
—Claro, una persona que lleva por ahí tarros de comida casera no puede entender la importancia de la elegancia y la presentación. —Hizo una pausa, sus ojos oscuros recorriendo la bolsa que todavía sostenía Sofía—. No seas ridícula, ¿quién regala mermelada en un concurso de cocina de nivel internacional?
—Esta mermelada es mejor que cualquier cosa que tú hayas creado con tus químicos y tus máquinas raras —respondió Sofía, con la mandíbula apretada—. Es hecha con manzanas de mi pueblo, con el sol de Castilla y con cariño. Cosas que tú no conoces.
Justo en ese momento, el organizador del concurso apareció por la puerta.
—¡Sofía Ruiz! ¡Diego Montesinos! ¡Qué gusto verlos! Los estaba buscando para confirmar sus inscripciones en Sabores de España.
Los dos se quedaron mirándose con los ojos abiertos. Sofía sintió cómo el calor de la ira se mezclaba con una sensación de incredulidad. Él era ese chef vanguardista que había leído en los periódicos, el que hablaba mal de la cocina tradicional. Él era su rival.
Diego también conectó los puntos y frunció el ceño, sus cejas arqueándose en un gesto de desprecio mientras la luz del vestíbulo iluminaba sus rasgos afilados.
—¿Tú eres la candidata que presenta platos "de abuela"? —preguntó con un tono que dejaba claro su baja opinión—. No me digas que vas a competir con eso.
—Más vale eso que tus experimentos sin alma —contestó Sofía, agarrando su bolsa con fuerza—. Y te advierto: voy a ganar este concurso, aunque tenga que hacerlo contigo en el camino.
Diego rio, un chasquido seco y calculado que resonó en el vestíbulo.
—Eso va a ser muy divertido. Buena suerte con tus manzanas y tu cariño. Yo confío en la perfección del diseño.
Mientras el organizador los llevaba hacia la sala de presentación, Sofía se prometió a sí misma que haría todo lo posible para dejarlo en ridículo. Ese hombre arrogante con su aspecto impecable no sabía nada de verdadera cocina, y ella se encargaría de demostrarlo. El odio había nacido tan rápido como la mermelada se había derramado sobre sus prendas —y parecía que sería tan difícil de quitar como esa mancha persistente en la seda de Diego.
Editado: 30.01.2026