El desastre de las papas
Unos días después del primer encuentro, Sofía llegaba temprano al recinto del concurso para familiarizarse con los equipos de cocina. Había decidido preparar una prueba de su plato estrella: papas arrugadas con mojo rojo, tal como se hacían en Gran Canaria, donde había pasado parte de su infancia.
Con los fogones encendidos y la olla de agua hirviendo, se disponía a añadir las papas cuando tropezó con el cable de una batidora profesional que alguien había dejado tirado por el suelo. Se desequilibró, dando un portazo con el codo a la bandeja donde tenía las papas listas —y toda la bolsa voló por los aires, estrellándose contra la campana extractora de la cocina de al lado.
—¡Ay, madre mía! —exclamó Sofía, intentando agarrar las papas que rodaban por la encimera, pero solo consiguió hacer que se cayera una botella de aceite de oliva sobre su delantal.
—Vaya, vaya… ¿Otra vez con los desastres caseros, Sofía? —sonó una voz familiar detrás de ella.
Diego se acercaba con paso ligero, llevando una caja con lo que parecían ser instrumentos de laboratorio más que de cocina. Sus ojos oscuros brillaban con una chispa de diversión al verla cubierta de aceite y con papas esparcidas por todo el suelo.
—No tienes nada que hacer aquí, Montesinos —contestó Sofía, agachándose para recoger las papas intactas—. Ya verás cuando prueben mi mojo rojo. Es un manjar del cielo.
Diego se apoyó en la encimera, cruzándose de brazos.
—El cielo debe tener gustos muy sencillos entonces —dijo con una sonrisa pícara—. O acaso crees que unas papas con sal y un poco de salsa picante van a batallar contra mis creaciones de espuma de marisco con base de algas.
—Tu espuma no se puede ni agarrar con un tenedor, ¡cómo vas a llamar eso comida! —replicó Sofía, levantándose con la cara roja de esfuerzo y de ira—. La gente come para llenarse el estómago y el alma, no para hacer fotos y subirlas a las redes sociales.
—Ah, ¿eso es lo que crees? —Diego se inclinó un poco hacia delante, mirándola directamente a los ojos—. Pues a mí me parece que tu "alma culinaria" se ha roto en pedazos por el suelo, junto con tus preciosas papas. ¿Quieres que te ayude a recogerlas? Podría hacer una espuma de papa como consuelo.
—¡No me atrevas a tocar ni una sola de mis papas! —gritó Sofía, poniéndose delante suyo como si defendiera un tesoro—. Y ya te digo una cosa: tu espuma no sabe a nada, salvo a química y a vanidad.
Diego rio, una carcajada clara y divertida que hizo que Sofía se pusiera aún más colorada.
—Vanidad es tener el pelo castaño recogido como si fueras una monja de escuela, Sofía —comentó, señalando su coleta con el dedo índice—. ¿No te has fijado que en un concurso de este nivel la presentación empieza por uno mismo? Yo por lo menos me preocupo de cómo luzco cuando trabajo.
—¡Mi pelo está así para no molestar mientras cocino, ¡no seas insoportable! —respondió ella, sujetándose la coleta con fuerza—. A diferencia tuyo, que te pasas el tiempo mirándote al espejo en lugar de pensar en los sabores.
—Los sabores están en la ciencia, cariño —dijo Diego, usando la palabra con un tono juguetón que aumentaba la rabia de Sofía—. Y la ciencia es ordenada, precisa… nada que ver con tu forma de cocinar, que parece un tornado en una pastelería.
En ese momento, una de las ayudantes del concurso pasó cerca y vio el desastre.
—¡Señora Ruiz! ¿Necesita ayuda? ¿Qué ha pasado aquí?
—Nada, nada —dijo Sofía rápidamente—. Solo un pequeño contratiempo. Ya lo tengo controlado.
—En serio, Sofía, si necesitas que te enseñe a organizar tu espacio de trabajo, solo tienes que preguntar —añadió Diego, haciendo un gesto de cortesía exagerado—. Aunque creo que para ti es más natural el caos. Es como tu firma personal, ¿no?
—¡Mi firma personal es el sabor, imbécil! —exclamó Sofía, perdiendo la paciencia—. Y cuando los jurados prueben lo que sé hacer, te vas a comer tus palabras… ¡y tu espuma de algas!
Diego se rió de nuevo, esta vez con más ganas.
—Me encantaría probarlo, aunque tenga que llevarme una papa en el zapato por el camino. Ojo con los cables, cariño —añadió, señalando el suelo con una sonrisa maliciosa—. No quiero que te vuelvas a estrellar contra mi equipo de laboratorio. Mis sustancias químicas son mucho más caras que tus manzanas y tus papas juntas.
Con eso, cogió su caja y se alejó hacia su propia cocina, dejando a Sofía con las manos en las caderas y la respiración entrecortada.
—¡Ese hombre es el demonio hecho carne! —murmuró para sus adentros, mientras recogía la última papa del suelo—. Pero ya verá… esta vez no me dejaré molestar por sus tonterías.
Pero en el fondo, aunque no lo quería admitir, sabía que Diego no se iba a quedar quieto. Y peor aún: parecía estar disfrutando demasiado de molestarla.
Buenas!!... aquí vuelvo con una novela un poco divertida. Espero que sea de su agrado y podamos compartir un buen momento de lectura.
Recién estoy en el capítulo dos y este Diego me pone de los pelos. Yo le daría con una papa en su hocico jaja uds que harían si se cruzan con alguien así?
Editado: 30.01.2026