Rivalidad en la cocina

3

Sabores en pugna
Ese mismo día en que Sofía había hecho volar las papas por toda la cocina, el tiempo parecía haberse comprimido hasta el límite. Mientras recogía las últimas patatas rodantes del suelo y limpiaba el aceite de oliva que había derramado sobre su delantal, escuchó el timbre que anunciaba que faltaban solo dos horas para la presentación oficial de platos del concurso Sabores de España.
—¡Dios mío! —murmuró, mirando el reloj con los ojos como platos—. No tengo tiempo para volver a comprar papas nuevas. Tendré que arreglarme con las que quedaron intactas.
Justo en ese momento, Diego se acercaba con paso ligero, llevando su equipo de laboratorio como si fuera un médico que se dirigiera a una cirugía. Al verla aún arrodillada en el suelo, recogiendo papas una por una, sus ojos oscuros brillaron con esa chispa de diversión que a Sofía le sacaba de quicio.
—Vaya, vaya… ¿Sigues con tu espectáculo de las papas voladoras, Sofía? —dijo él, apoyándose en la encimera—. Creí que después del desastre de la mañana ya habías aprendido a mantener el orden en tu cocina.
—¡Cállate, Montesinos! —exclamó ella, levantándose con la cara roja de esfuerzo y de ira—. Si no hubieras dejado tirado el cable de tu batidora ridícula, esto no habría pasado. Y ahora no tengo tiempo para nada, ¡gracias a ti!
Diego rio suavemente, pero esta vez no sonó tan malicioso como de costumbre. Se inclinó un poco y empezó a recoger las papas que quedaban en el suelo.
—Vamos, no te pongas así. Quizás las papas que cayeron por el suelo son las más valientes del lote —dijo, pasándole un puñado de patatas intactas—. Además, si las limpias bien y las cueces con suficiente sal, nadie se dará cuenta de su pequeña aventura por el suelo.
—¡No voy a servir papas que han estado en el suelo a los jurados del concurso más importante de mi vida! —replicó Sofía, pero cogió las papas de todos modos—. Tendré que ajustar mi preparación. Haré menos porciones, pero las que haga serán perfectas.
Diego se puso en pie, cruzándose de brazos.
—A ver… papas arrugadas con mojo rojo, ¿no? —dijo, mirando los ingredientes que tenía dispuestos en la encimera—. Creo recordar que es un plato canario. ¿Segura que no necesitas que te ayude a triturar los ingredientes con mi batidora? Sería mucho más rápido que ese mortero de piedra que parece sacado de una película de época.
—¡Mi mortero es perfecto! —exclamó Sofía, colocando el utensilio de piedra sobre la encimera con cuidado—. El mojo tiene que triturarse a mano para que los sabores se mezclen de forma natural. No es lo mismo que batirlo a alta velocidad como si fuera una mezcla de cóctel.
—Claro, claro… la tradición antes que nada —dijo Diego, con un tono juguetón—. Pero ojo con el tiempo, cariño. En menos de dos horas tendrás que estar en el escenario, enseñando a todos tus "ritos ancestrales" de la cocina.
—Ya me ocupo yo de mi tiempo —respondió Sofía, empezando a lavar las papas con urgencia—. Y tú ve a preparar tus experimentos químicos. No quiero que llegues tarde a tu propia presentación y te quejes de que los jurados están aburridos.
Diego rio, esta vez con más ganas.
—Mis experimentos nunca aburren, Sofía. Te lo aseguro. Aunque debo admitir que me gustaría ver cómo trabajas cuando estás con el tiempo en contra. Seguro que te pones aún más nerviosa y haces más desastres. ¿Quieres que te preste mi cronómetro de precisión? Te ayudará a controlar cada segundo.
—¡No necesito nada tuyo! —gritó ella, poniendo las papas en una olla con agua fría—. Ya verás cuando los jurados prueben mi plato. Les demostraré que la cocina tradicional no necesita de máquinas ni de químicos para ser deliciosa.
—Pues yo les demostraré que la innovación puede llevar la cocina española a lugares que nunca imaginaron —respondió Diego, acercándose un poco más a ella—. A propósito, ¿sabes qué voy a presentar? Una reinterpretación del pulpo a la gallega con base de gelatina de patata y espuma de pimentón ahumado.
Sofía dejó de revolver las papas en la olla para mirarlo con incredulidad.
—¡El pulpo a la gallega con gelatina! —exclamó—. Eso es una aberración, Diego. El pulpo se sirve sobre papas cocidas al fuego, con aceite de oliva y pimentón de la Vera. Nada más.
—Ah, pero eso es lo bonito de la cocina: siempre se puede reinventar —dijo él, con su tono arrogante pero atractivo—. Y mis jurados van a amar cómo he mezclado lo tradicional con lo moderno. Al contrario que tú, que solo te quedas en lo que siempre se ha hecho.
Antes de que Sofía pudiera responder, la organizadora del concurso entró en la cocina.
—¡Señores! ¡Faltan solo una hora y media para la presentación! Por favor, terminen sus preparativos y vayan a vestirse adecuadamente. Los jurados ya están llegando.
Sofía se puso nerviosa, mirando la olla de papas que apenas empezaba a calentarse. Diego notó su tensión y sonrió con malicia.
—Vaya, parece que la señorita tradición se va a quedar sin tiempo —dijo él—. Quizás debería pedir ayuda a la ciencia, ¿no crees? Yo podría acelerar la cocción de tus papas con mi equipo de cocción a baja temperatura. Sería listo en minutos.
—¡No, gracias! —respondió Sofía, encendiendo los fogones al máximo—. Mis papas se cocinan al fuego lento, como Dios manda. Y aunque llegue tarde, lo haré bien.
Diego asintió con la cabeza, mirándola con un brillo de respeto en los ojos que Sofía no esperaba.
—Bueno, entonces te dejo con tus papas y tu fuego lento —dijo él, cogiendo su caja de instrumentos—. Pero te aviso: cuando suba al escenario después de ti, los jurados no sabrán qué les ha dado.
Con eso, se alejó hacia su propia zona de trabajo, dejando a Sofía con la olla hirviendo y el corazón latiendo a mil por hora.
—¡Ese hombre es un pesadilla! —murmuró para sus adentros, ajustando la llama de los fogones—. Pero ya verá… aunque tenga que hacer milagros, mi plato será perfecto.
A toda prisa, Sofía terminó de preparar las papas —que, gracias a un truco que le había enseñado su abuela, logró cocinar en la mitad del tiempo— y comenzó a hacer el mojo rojo en su mortero de piedra, moviendo el mano con una destreza que venía de años de práctica. El aroma de ajos, pimientos secos y comino llenó la cocina, y por un momento olvidó su rabia hacia Diego, concentrándose en lo que realmente amaba: cocinar.
Cuando llegó la hora de la presentación, el salón estaba lleno. Sofía fue la primera en subir al escenario, llevando sus ingredientes con cuidado. Se sintió un poco insegura al ver los ojos de todos puestos en ella, pero al tocar su mortero de piedra, recordó las palabras de su abuela: "La cocina es como la vida, hija. A veces tienes que improvisar, pero siempre tienes que ponerle tu corazón".
—Buenos días a todos —comenzó a hablar, con una voz más firme de lo que se sentía—. Hoy les voy a preparar papas arrugadas con mojo rojo, un plato que representa la esencia de la gastronomía canaria. Sé que hoy he tenido algunos contratiempos —dijo, echando un vistazo rápido a donde estaba sentado Diego, que la miraba con una sonrisa pícara—. Pero creo que los mejores platos nacen de la adversidad.
Mientras hablaba, comenzó a trabajar con una destreza que sorprendió a todos. Colocó las papas ya cocidas sobre una bandeja de madera, mostrando su piel arrugada y dorada. Luego preparó el mojo rojo en el mortero, triturando los ingredientes con movimientos ritmados y precisos.
—El secreto de este plato está en la calidad de los ingredientes y en el amor con el que se prepara —dijo Sofía, vertiendo el mojo rojo por encima de las papas—. No necesita adornos complicados ni técnicas modernas. Su belleza está en su simplicidad.
Los jurados se acercaron para probarlo, y sus expresiones de sorpresa y aprobación hicieron que Sofía sintiera un alivio enorme.
—¡Estupendo! —dijo la presidenta del jurado—. A pesar de los contratiempos, el sabor es perfecto. La textura de las papas es espectacular y el mojo rojo tiene un equilibrio de sabores increíble.
—Me recuerda a mis viajes por las Islas Canarias —añadió otro jurado—. Es exactamente el sabor que esperaba encontrar.
Sofía bajó del escenario con la cabeza alta, sintiéndose orgullosa de sí misma. Al pasar cerca de Diego, él le hizo una señal con la cabeza.
—No está mal para alguien que tuvo que recoger papas del suelo —le dijo en voz baja, con una sonrisa divertida—. Aunque todavía prefiero mi gelatina a tus papas arrugadas.
—¡Cállate y ve a presentar tu aberración culinaria! —replicó Sofía, aunque no pudo evitar sonreír un poco.
Diego subió al escenario con su equipo de laboratorio, luciendo un traje negro impecable que contrastaba con su melena oscura desordenada. Desde el primer momento, capturó la atención de todos con su presencia segura y su forma de hablar seductora.
—Buenos días, queridos amigos —comenzó él—. Mientras Sofía nos ha mostrado la belleza de la simplicidad tradicional, yo les voy a mostrar cómo la innovación puede llevar la cocina española a nuevos horizontes. Hoy les presento mi pulpo a la gallega reimaginado.
Mientras hablaba, trabajaba con una precisión técnica impresionante. Preparó la base de gelatina de patata con exactitud milimétrica, creó la espuma de pimentón ahumado con su espumizadora y colocó los tentáculos de pulpo cocidos a baja temperatura con la delicadeza de un artista. El resultado era un plato de aspecto futurista, con colores vibrantes y formas perfectas que parecían más una escultura que una comida.
El aroma que se desprendió era una mezcla de marisco, pimentón ahumado y hierbas frescas que sorprendió a todos. Cuando los jurados probaron el plato, sus rostros se iluminaron con admiración.
—¡Increíble! —exclamó la presidenta—. Has logrado mantener la esencia del pulpo a la gallega mientras lo transformas en algo completamente nuevo. La textura de la gelatina combina a la perfección con el pulpo tierno.
—Esto es el futuro de la cocina española —añadió otro jurado, empezando a aplaudir—. ¡Bravo!
Enseguida, todo el público se puso en pie, aplaudiendo con fuerza. Diego sonrió con orgullo, mirando directamente a Sofía, que se encontraba apoyada en la pared con las manos en las caderas, sintiéndose a la vez impresionada y molesta.
Cuando bajó del escenario, se acercó a ella rápidamente.
—¿Qué tal, cariño? —le dijo, con su tono pícara—. ¿Aún crees que es una aberración?
—El pulpo estaba bien cocido —admitió Sofía, con mala gana—. Pero eso no es pulpo a la gallega, Diego. Eso es algo tuyo.
—Pues parece que a los jurados les ha gustado lo mío —respondió él, riendo—. Aunque también reconozco que tus papas arrugadas eran deliciosas. Incluso las que cayeron al suelo, supongo.
Sofía se sorprendió por el elogio sincero en su voz. Había esperado más burlas, pero en cambio, veía en sus ojos un brillo de respeto que no sabía cómo interpretar.
—Gracias —dijo, con voz más baja—. Mi abuela diría que las papas que sufren dan mejor sabor.
—Tu abuela debe ser una mujer muy sabia —dijo Diego, poniéndose un poco más cerca de ella—. Me encantaría probar tu mojo rojo sin los ojos de todos encima. Quizás podamos hacer un trato: tú pruebas mi espuma de pimentón y yo pruebo tu mojo. Así nos conocemos mejor los platos del otro.
—¡No seas tonto! —exclamó Sofía, retrocediendo un poco—. Estamos compitiendo el uno contra el otro. No podemos estar compartiendo platos como si fuéramos amigos.
—¿Y quién dijo que rivales no pueden ser amigos? —preguntó él, con una sonrisa que hizo que Sofía se sintiera un poco mareada—. Además, creo que tenemos mucho que aprender el uno del otro. Tú me enseñarías sobre los sabores tradicionales y yo te enseñaría a no tirar papas por el aire cada vez que te pones nerviosa.
—¡Eso fue tu culpa! —replicó ella, aunque su voz ya no tenía tanto fuego como antes—. Y ya te digo una cosa, Montesinos: en la próxima ronda te ganaré.
—Eso espero, cariño —dijo Diego, dándole una palmadita en el hombro antes de alejarse—. Porque sin ti, esta competencia sería demasiado aburrida. Y además, ya me gustaría ver cómo haces para no tirar nada más por el aire.
Mientras se iba, Sofía se quedó mirándolo, sintiéndose confundida. Por un lado, lo odiaba por su arrogancia y por cómo se burlaba de ella. Pero por otro lado, no podía negar que era un chef talentoso, y que en ese momento, con la luz del salón iluminándole la cara, parecía menos molesto y más… atractivo.
—¡Qué pasa conmigo! —se dijo a sí misma, sacudiéndose la cabeza—. Solo es un rival arrogante. Nada más.
Pero en el fondo, sabía que las cosas estaban empezando a cambiar. Y que esa rivalidad que había comenzado como un odio puro estaba tomando formas que no entendía del todo.




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