Rivalidad en la cocina

4

El camino de vuelta
El sol se estaba poniendo sobre Madrid, teñiendo el cielo de tonos naranjas y rojizos que se reflejaban en los cristales del centro de convenciones. Los últimos concursantes habían recogido sus pertenencias y se habían marchado hacía sus casas o hoteles, ansiosos por descansar después de una jornada intensa de presentaciones y nervios. Solo quedaban algunos trabajadores del recinto que preparaban el lugar para el día siguiente, cuando comenzarían las primeras rondas oficiales de Sabores de España.
Sofía seguía en la cocina, acomodando cada utensilio en su sitio con una meticulosidad que venía de años de trabajar en espacios pequeños y ordenados. Había limpiado hasta el último rincón de su sector: los fogones brillaban como nuevos, los cuchillos estaban afilados y dispuestos en su bloc de madera, el mortero de piedra estaba limpio y seco, y hasta las latas de especias estaban ordenadas por orden alfabético sobre la repisa.
—Ya está… por fin todo en su lugar —murmuró, mirando el espacio con satisfacción. Había tardado casi una hora en dejar todo como a ella le gustaba, pero no podía irse sin asegurarse de que nada quedara fuera de sitio. Esa era su forma de mantener el control en un día que había estado lleno de desastres y sorpresas.
Cogió su bolsa de tela —la misma que había llevado el día de su primer encuentro con Diego— y se dirigió hacia la salida. Al cruzar el vestíbulo vacío, recordó la mancha de mermelada de membrillo en el suelo, y sonrió un poco al pensar en cómo todo había comenzado con un choque y un desastre. Luego, su mente volvió a Diego y a su pulpo a la gallega reimaginado, y la sonrisa desapareció de su rostro.
—No puedo creer que haya disfrutado su presentación —se dijo a sí misma, abriendo la puerta principal y saliendo al aparcamiento—. El hombre es un genio de la cocina, pero también es el más arrogante que he conocido en mi vida.
El aparcamiento estaba casi vacío, salvo por algunos coches grandes y modernos que presumiblemente pertenecían a los organizadores o a los concursantes más reconocidos. Al final de una fila, bajo una farola que parpadeaba de vez en cuando, estaba su auto: un Seat 600 rojo que había heredado de su padre, y que aunque era viejo, era todo suyo y se lo cuidaba como a un tesoro.
—Vamos, viejo amigo —dijo, acercándose y sacando las llaves del bolsillo—. Espero que hoy no nos hagas falta de nada. Tengo muchas ganas de llegar a casa, tomarme una ducha y olvidarme de este día loco.
Metió la llave en el contacto y giró. El motor hizo un ruido gutural, trató de arrancar, pero finalmente se calló. Sofía suspiró y volvió a intentarlo. Otra vez el mismo ruido, otra vez nada. Intentó una tercera, cuarta, quinta vez, hasta que el motor dejó de hacer incluso el intento de arrancar.
—¡No, por favor! —exclamó, golpeando ligeramente el volante con la palma de la mano—. No puede ser que te rompas justo hoy. ¿No ves que ya he tenido suficientes problemas?
Mientras hablaba con el coche como si fuera una persona, escuchó un sonido de motor detrás de ella. Se giró y vio cómo se aproximaba un coche deportivo negro brillante —un Porsche que parecía nuevo— que se aparcó a pocos metros de su Seat 600. La puerta del conductor se abrió y bajó Diego, con su traje negro aún impecable y su melena oscura moviéndose con el viento de la tarde.
—Vaya, vaya… ¿Qué pasa aquí, Sofía? —dijo él, acercándose con paso ligero y una sonrisa pícara en los labios—. ¿Tu pequeño cochecito rojo se ha cansado después de un día tan intenso?
—¡No es un cochecito! —exclamó Sofía, poniéndose a la defensiva de inmediato—. Es un Seat 600, y es mucho más fiable que cualquier coche moderno de esos que cuestan un ojo de la cara. Solo que hoy está un poco cansado, eso es todo.
Diego rio suavemente y se paró junto a ella, mirando el coche con curiosidad.
—Seguro que está cansado —dijo, con ironía—. Después de llevar a una chef tan famosa como tú, con toda su carga de tradición y papas voladoras, no es de extrañar que necesite un descanso. ¿Has intentado darle un golpe en el capó? A veces los coches viejos responden bien a ese tipo de tratamientos.
—¡Claro que no! —replicó Sofía, poniéndose las manos en las caderas—. No voy a golpear a mi coche como si fuera un niño maleducado. Tiene sus años, pero se merece respeto. A diferencia de algunos conductores de coches modernos que parecen pensar que el aparcamiento es su propiedad privada.
—Ah, ¿estás hablando de mí? —preguntó Diego, poniéndose una mano sobre el pecho con una expresión de falsa ofensa—. Yo solo aparqué donde había sitio, cariño. Además, creo que mi coche no está haciendo ruido raro ni negándose a arrancar. Eso tiene que ver con la fiabilidad de la tecnología moderna, ¿no crees?
—La tecnología moderna no tiene alma —dijo Sofía, volviendo a intentar arrancar el coche, pero sin éxito—. A diferencia de este coche, que lleva toda la historia de mi familia. Mi padre lo conducía cuando era joven, y después me lo dio a mí. Es más que un medio de transporte, es parte de mi vida.
Diego miró el coche con una expresión que Sofía no pudo entender del todo: parecía mezcla de curiosidad y respeto. Luego volvió a mirarla, con esa sonrisa que le sacaba de quicio.
—Bueno, sea como sea, parece que tu tesoro de la familia no va a arrancar hoy —dijo él—. Y como ya es tarde, y el aparcamiento se va a cerrar en poco tiempo, te hago una oferta: te llevo a casa en mi coche con tecnología moderna y sin alma. ¿Qué te parece?
Sofía se rió con desdén, sacudiendo la cabeza.
—¡Ni se te ocurra, Montesinos! —respondió—. Ya he tenido suficiente de ti hoy. Primero me haces tirar mis papas por el suelo, luego presentas tu aberración de pulpo a la gallega y ahora quieres llevarme a casa para seguir molestándome. ¡No, gracias! Prefiero llamar a un grúa o a un amigo para que me ayude.
—Llamar a un grúa te va a llevar tiempo y dinero que seguro que puedes gastar en cosas más útiles —dijo Diego, sin moverse de su sitio—. Como comprar más papas, por ejemplo, por si acaso vuelves a hacerlas volar. O quizás un nuevo mortero de piedra, por si el tuyo se rompe de tanto triturar ajos.
—¡Mis papas no vuelan! —exclamó Sofía, con la cara roja de ira—. Ese día fue tu culpa, ¡ya te lo dije! Y mi mortero está perfectamente bien, gracias por preguntar.
—Claro, claro… todo es mi culpa —dijo Diego, riendo a carcajadas—. Eres la persona más culpable que he conocido en mi vida, Sofía. Nunca eres responsable de nada. Siempre es la culpa de los demás, o de los cables tirados por el suelo, o de los coches que no quieren arrancar.
—¡No soy culpable! —gritó ella, perdiendo la paciencia—. ¡Soy una persona responsable y trabajadora! Y tú solo te pasas el tiempo burlándote de mí y de mis cosas. ¡No quiero saber nada de ti ni de tu coche! ¡Vete a tu casa y déjame en paz!
Diego se quedó callado por un momento, mirándola con una expresión que no era ni de burla ni de arrogancia: era más bien de comprensión. Luego sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa era más suave.
—Vale, vale… perdóname si te he molestado —dijo él, con un tono más serio—. No es mi intención hacerte daño, Sofía. Solo me gusta molestarte porque eres la única persona en este concurso que no se deja intimidar por mí. Todos los demás me miran como si fuera un dios de la cocina, pero tú… tú me tratas como el idiota que soy.
Sofía se sorprendió por esas palabras. No esperaba que él admitiera algo así, y menos que reconociera que su forma de tratarlo era diferente a la de los demás.
—No eres un idiota —dijo, con voz más baja—. Eres un chef muy talentoso. Pero también eres arrogante y te gusta hacer daño a los demás con tus palabras.
—Sé que no soy perfecto —dijo Diego, acercándose un poco más a ella—. Pero creo que tú también tienes tus defectos, Sofía. Eres demasiado terca, demasiado apegada a las tradiciones, y no te dejas ver las cosas de otra manera. Pero eso es lo que me gusta de ti: eres fiel a ti misma y a lo que crees.
Sofía no sabía qué decir. Había estado lista para seguir discutiendo con él, pero sus palabras sinceras la habían dejado sin habla. Mientras tanto, el sol seguía poniéndose y el aparcamiento se estaba haciendo cada vez más oscuro. La farola que iluminaba su coche seguía parpadeando, y de repente se apagó completamente, dejándolos a oscuras salvo por la luz de los coches vecinos.
—Vaya… parece que incluso la farola se ha cansado de esperar —dijo Diego, riendo suavemente—. Sofía, por favor… déjame llevarte a casa. No quiero que te quedes aquí sola en la oscuridad con un coche que no arranca. Te prometo que no te molestaré más de lo necesario, y que incluso puedo dejar de hacer chistes sobre tus papas voladoras… por hoy.
Sofía miró su coche, luego miró a Diego, y finalmente suspiró con desgano. Había estado luchando contra la idea durante minutos, pero la verdad era que no tenía más opciones. No quería llamar a su padre para decirle que se había roto el coche que él le había regalado, y tampoco quería pasar la noche en el aparcamiento.
—De acuerdo —dijo, con mala gana—. Pero solo porque no tengo más remedio. Y te advierto: no quiero que hables de mi cocina, de tus experimentos ni de mis papas. Ni una palabra sobre el concurso. ¿Está claro?
Diego sonrió con satisfacción y dio un paso hacia atrás para dejarle pasar.
—Está claro, cariño —dijo—. No hablaré de nada de eso. Podemos hablar de cosas más interesantes… como por ejemplo, por qué un chef tan talentoso como tú sigue conduciendo un coche que tiene más años que tú.
—¡Diego! —exclamó Sofía, poniéndose roja de ira—. ¡Acabas de prometer que no me molestarías!
—¡Perdón, perdón! —dijo él, levantando las manos en señal de rendición—. Solo fue un comentario inocente. Prometo que ahora sí me callo. Vamos, que el camino a tu casa puede ser largo, y no quiero que te aburras… aunque ya me temo que conmigo en silencio sí te aburrirás.
Sofía suspiró de nuevo, pero esta vez no pudo evitar sonreír un poco. Cerró la puerta de su Seat 600 con cuidado, asegurándose de que estuviera bien cerrado, y luego se dirigió hacia el Porsche de Diego. Al abrir la puerta del pasajero, se sorprendió por lo cómodo que era el interior: los asientos eran de cuero negro, el tablero estaba lleno de pantallas y botones, y olía a nuevo y a perfume caro.
—Vamos, no te quedes ahí mirando como si hubieras visto un extraterrestre —dijo Diego, sentándose en el conductor y encendiendo el motor—. El coche no va a morderte. Aunque tampoco tiene alma, como tú dijiste.
—No es que tenga miedo —dijo Sofía, sentándose y abrochándose el cinturón—. Solo es que estoy acostumbrada a mi coche, que es más pequeño y más sencillo.
—Sé que es sencillo —dijo Diego, poniendo el coche en marcha y saliendo del aparcamiento—. Pero también sé que tiene mucho valor sentimental para ti. Mi abuelo tenía un coche viejo igual que ese, un Fiat 600. Lo cuidaba como a un hijo, y nunca se separó de él hasta que no pudo conducir más.
Sofía se sorprendió de nuevo. No esperaba que él tuviera un recuerdo así, y menos que comparara su coche con el de su abuelo.
—¿En serio? —preguntó, mirándolo por el rabillo del ojo—. Tu abuelo tenía un coche viejo?
—Claro que sí —respondió Diego, girando en una esquina con suavidad—. Él era el que me enseñó a cocinar, ¿sabes? Me enseñó los fundamentos de la cocina tradicional española, antes de que yo me metiera en la vanguardia. Decía que para innovar, primero tienes que conocer la tradición de memoria.
Sofía se quedó callada, procesando esas palabras. Había creído que Diego despreciaba la cocina tradicional, pero parecía que no era así. Parecía que tenía sus propios motivos para hacer lo que hacía.
—Mi abuela me enseñó todo lo que sé —dijo ella, después de un rato de silencio—. Me enseñó a cocinar con amor, con paciencia y con respeto por los ingredientes. Decía que cada alimento tiene una historia, y que cuando lo cocinas, tienes que respetar esa historia.
—Tu abuela tenía razón —dijo Diego, sin quitar la vista de la carretera—. Yo también respeto los ingredientes, Sofía. Solo que creo que también se puede darles una nueva historia, una que hable del mundo en el que vivimos ahora. No es que quiera olvidar el pasado, es que quiero construir un futuro.
Sofía no supo qué decir. Por primera vez desde que lo conocía, entendía un poco más su forma de pensar. Y aunque seguía no estar de acuerdo con sus métodos, empezaba a ver que no era solo un chef arrogante, sino alguien con sus propias creencias y sus propios valores.
El resto del camino transcurrió en un silencio cómodo, interrumpido solo por la música suave que sonaba en el coche. Cuando llegaron a su casa —una pequeña casa de dos plantas en el barrio de Usera, con flores en el balcón—, Diego aparcó el coche en la acera y apagó el motor.
—Llegamos —dijo él, mirándola con una expresión que Sofía no pudo definir—. Espero que el camino no te haya parecido demasiado aburrido, a pesar de mi promesa de callarme.
—No, no fue aburrido —dijo Sofía, abriendo la puerta del coche—. Gracias por llevarme a casa, Diego. No esperaba que fueras tan… amable.
—Soy amable cuando quiero, cariño —dijo él, con una sonrisa pícara que volvía a aparecer en sus labios—. Aunque mañana volveré a ser el chef arrogante que te gusta tanto odiar. Después de todo, seguimos siendo rivales.
—Claro que sí —dijo Sofía, bajando del coche y mirándolo a los ojos—. Mañana volveré a tratarte como el arrogante que eres, y te ganaré en la próxima ronda del concurso.
—Eso espero, Sofía —dijo Diego, encendiendo el motor de nuevo—. Porque sin ti, esta competencia no tendría ningún sentido. Y además, me gustaría ver cómo haces para no dejar que tu coche se rompa de nuevo. Quizás deberías considerar comprar uno moderno… aunque sé que nunca lo harás.
—¡Claro que no! —exclamó Sofía, riéndose esta vez de verdad—. Mi Seat 600 es perfecto como está. Solo necesita un poco de arreglo, eso es todo.
—Bueno, entonces espero que lo arreglen pronto —dijo Diego, saludándola con la mano—. Y recuerda: mañana a las nueve en el recinto. No llegues tarde, porque ya sé que cuando te pones acomodando tu cocina, te olvidas del tiempo.
—¡No te preocupes por mí! —respondió Sofía, subiendo los escalones hacia su casa—. Mañana estaré allí a tiempo, y estaré lista para ganarte.




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