Capítulo 9 – El inicio del desastre culinario
Nunca imaginé que abrir una panadería pudiera ser una tarea digna de una película de terror mezclada con comedia. Claro, en mi cabeza todo parecía sencillo: panadería vieja → limpiar → hornear → pueblo feliz → Navidad perfecta. Sin embargo, la realidad golpeó tan fuerte como un molde de galletas lanzado por accidente.
Harper ya estaba allí cuando llegué, haciendo piruetas con una escoba como si fuera un bastón de mando en un desfile navideño. Me miró con esos ojos verdes llenos de diversión y malicia controlada.
—¡Buenos días, Emily! —dijo, girando sobre sí misma y dejando un rastro de polvo que parecía nieve artificial—. Hoy es el gran día. La panadería abrirá… o al menos eso intentaremos sin morir en el intento.
—Sí… intentar abrirla suena fácil —dije con un hilo de sarcasmo—. Hasta que recuerdas que no sabemos ni por dónde empezar, ni que probablemente todo explote.
—No te preocupes —dijo Harper, guiñándome un ojo—. Las explosiones son opcionales, pero la diversión es obligatoria.
Suspiré, tratando de organizar mis pensamientos. El lugar aún olía a polvo y canela antigua, y los utensilios parecían susurrar advertencias. Abrí el horno, y un aire rancio salió golpeándome en la cara. Harper se echó a reír, como si eso fuera lo más divertido que había visto en su vida.
—Sí, huele… increíble —dije, tratando de mantener la compostura mientras me limpiaba la nariz con la manga—. Increíblemente terrible.
—Eso es lo que hace que sea auténtico —dijo Harper, sacando moldes cubiertos de polvo—. Todo necesita amor, Emily. Amor y un poco de locura.
Empecé a sacar los ingredientes de los estantes. Harina, azúcar, levadura… todo parecía una combinación explosiva lista para arruinar mi día. Harper insistió en que yo hiciera la mezcla mientras ella supervisaba. Por supuesto, “supervisar” para Harper significaba hacer todo un espectáculo mientras yo luchaba por no cubrirme de harina.
—¡Cuidado con la levadura! —gritó Harper, dramática—. ¡No queremos panes gigantes que invadan Pineberry Falls!
—¿Panes gigantes? —pregunté alarmada, intentando no derramar la mezcla por todas partes—. ¿De qué hablas?
—No lo sé —dijo Harper, encogiéndose de hombros—. Solo lo sentí en el aire. Es como si la panadería supiera que eres novata.
Empecé a mezclar, pero pronto la harina estaba por todos lados: en mi cabello, en mis ojos, incluso en mis orejas. Harper soltó una carcajada, tirando más harina al aire, haciendo que pareciera que estábamos dentro de un muñeco de nieve gigante.
—¡Emily! —grité, tratando de no estornudar—. ¡Esto no es magia de Navidad, esto es desastre puro!
—Exacto —dijo Harper, riendo—. La magia necesita un poco de caos.
Después de una hora de mezclar, amasar y reírnos sin parar, decidimos colocar las primeras bandejas de pan en el horno. Harper me señaló con solemnidad:
—Este es el momento crítico. Todo lo que pase ahora definirá nuestra reputación… o nuestros vecinos nos demandarán por inhalación de harina.
Asentí con gravedad mientras abría el horno, y entonces sucedió: el humo comenzó a salir de uno de los moldes. Olía a quemado, y una capa negra cubrió el pan que con tanto esfuerzo habíamos preparado.
—¡No! —grité—. ¡Se está quemando!
Harper se lanzó hacia el horno, agitó las manos dramáticamente y gritó:
—¡Es un incendio! ¡O casi! ¡Rápido, saca los panes antes de que la panadería se convierta en carbón de Navidad!
Corrí hacia el horno, intentando sacar los moldes, pero en mi apuro, uno de ellos resbaló y cayó al suelo, haciendo un estruendo. La harina que había quedado en la mesa voló por los aires y se asentó sobre mí como una nieve espesa. Harper gritó de la risa mientras yo tosía y parpadeaba, cubierta de polvo blanco.
—Emily… —dijo Harper, mientras trataba de no caer del suelo de tanto reír—. Esto es… épico. Todo está… ¡perfecto!
—Perfecto… —dije, entrecortada por la tos—. Perfecto desastre.
Noah apareció de repente en la puerta, con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó, claramente dividido entre asombro y diversión.
—Nada —dijo Harper, limpiándose la harina del rostro—. Solo… estamos reinventando el pan navideño.
Noah miró el horno, el pan quemado, el polvo flotando en el aire, y luego me miró a mí con una sonrisa traviesa.
—Yo creo que sí es magia —dijo con seriedad—. Magia muy divertida.
No pude evitar reírme. El niño tenía razón. A pesar del desastre, había algo especial en ese caos. La panadería, la harina volando, el olor a pan quemado y la risa incontrolable de Harper… todo formaba parte de una especie de ritual navideño que ni siquiera la perfección de Vanessa podía entender.
Decidimos intentar otro lote, esta vez con galletas de jengibre. Harper insistió en que yo leyera la receta en voz alta mientras ella medía los ingredientes. Todo parecía ir mejor hasta que, sin darme cuenta, vertí el doble de azúcar y media taza de sal. Harper miró el cuenco con horror.
—Emily… ¿dijiste sal? —preguntó, sus ojos verdes brillando con incredulidad—. Esto va a ser… interesante.
—Bueno… —dije, tratando de justificarme—. Puede que sea un nuevo estilo de galleta… edición limitada navideña.
Harper soltó una carcajada que retumbó en toda la panadería.
—¡Edición limitada! Sí, y probablemente nos gane un premio al peor intento culinario de la historia.
Mientras colocábamos las galletas en el horno, noté que Noah nos observaba desde la puerta, con una mezcla de curiosidad y miedo divertido.
—¿Se van a quemar otra vez? —preguntó tímidamente.
—No lo creo —dije, tratando de sonar confiada—. Esta vez… todo está bajo control.
Pero claro, “bajo control” en nuestro caso significaba que el horno comenzó a emitir un ruido extraño, como si protestara contra nuestro intento de hornear algo decente. Harper y yo nos miramos, y antes de que pudiéramos reaccionar, una pequeña llamarada salió del horno. El humo llenó la cocina, y yo estornudé violentamente, cayendo sobre una bandeja que, por suerte, estaba vacía.