Nunca había pensado que un niño de siete años pudiera cambiar tanto un día completo… y mucho menos una panadería entera. Pero Noah Carter tenía esa extraña habilidad de hacer que todo lo complicado pareciera sencillo… aunque al mismo tiempo, más caótico.
Era temprano en la mañana, y la panadería todavía estaba cubierta de restos del desastre de la jornada anterior: harina en los rincones, moldes desordenados y un aroma a pan a medio hornear que flotaba en el aire. Harper ya estaba en su ritual habitual de “baile con la escoba”, haciendo que cada movimiento pareciera un acto de equilibrio digno de circo. Yo estaba intentando reorganizar los estantes, cuando Noah apareció con un papel arrugado en la mano, su expresión era solemne, como si estuviera a punto de revelarme un gran secreto.
—Emily —dijo en voz baja, acercándose cuidadosamente—. ¿Quieres ver algo que solo mi tía abuela sabía?
—¿Algo secreto? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Qué es? ¿Un mapa del tesoro de galletas?
Noah sonrió, pero negó con la cabeza.
—No, mejor. Es una receta. Una receta que hacía feliz a todo el pueblo. Mi mamá dice que es mágica, pero yo creo que es porque la hacía mi tía abuela.
Mi corazón dio un pequeño vuelco. Recordaba a mi tía abuela solo por historias, fotos amarillentas y cartas antiguas que había encontrado en la panadería. Ella era la que había dejado todo esto, y ahora Noah me estaba mostrando un pedazo de su legado.
—¿Mágica? —pregunté, arrodillándome para estar a su altura—. ¿De verdad crees que puede hacer feliz a todo el pueblo?
—Sí —dijo Noah, con una seriedad que me hizo sonreír—. Pero necesitas prometerme que no lo contarás a nadie. Es nuestro secreto.
—Prometido —dije, tomando su pequeña mano entre mis dedos—. Tu secreto está seguro conmigo.
Se apartó un poco y extendió el papel arrugado. La receta estaba escrita a mano, con tinta que se había desvanecido un poco con los años, y con notas en los márgenes: “Usa más canela si quieres abrazos extra” y “Recuerda: hornea con amor”.
—Vaya —dije, leyendo la receta en voz alta—. Esto es… increíble. ¿En serio crees que podemos hacerlo?
—Sí —dijo Noah—. Pero necesitamos tu ayuda. Y la de Harper, aunque ella es… un poco… caótica.
No pude evitar reírme, imaginando a Harper mezclando ingredientes como si fueran fuegos artificiales.
—Claro que sí —dije—. Hagámoslo. Por la magia de tu tía abuela y por Navidad.
Comenzamos a reunir los ingredientes. Harper, por supuesto, apareció con un delantal que parecía un uniforme de batalla y una sonrisa que prometía desastre.
—¿Receta mágica? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¡Me encanta! Esto va a ser legendario.
—Sí, legendario —dije, con una sonrisa—. Siempre y cuando no incendies la cocina otra vez.
—Eso depende de ti —dijo Harper, guiñándome un ojo mientras sacudía harina en el aire—. Todo depende de ti.
Nos pusimos manos a la obra. Noah era sorprendentemente competente para su edad; seguía la receta con cuidado, midiendo la harina, rompiendo los huevos con precisión y agregando las especias en el orden correcto. Harper y yo estábamos a cargo de mezclar y amasar, lo que significaba que el caos estaba garantizado.
—Emily —dijo Harper, mientras trataba de colocar masa en un molde—. Si este pan sale perfecto, prometo no burlarme de ti… mucho.
—Promesa dudosa —respondí, mientras reía y trataba de mantener la masa bajo control—. Pero acepto el riesgo.
Noah observaba todo con ojos brillantes, y cada vez que un poco de harina se escapaba o un molde se caía, su risa era contagiosa. Era imposible sentirse frustrada con él cerca; su entusiasmo era como un imán, atrayendo la alegría incluso en medio del desastre culinario.
—Emily —susurró Noah, acercándose con un cuenco—. ¿Puedo agregar un poco más de canela? Mi tía abuela decía que la canela hace que todo sea más feliz.
—Claro —dije, sonriendo mientras espolvoreaba la canela en la mezcla—. Hagámoslo tal como ella lo hacía.
Mientras trabajábamos, me di cuenta de algo: Noah no solo estaba compartiendo una receta; me estaba enseñando la forma correcta de conectar con el pueblo, con sus tradiciones y con la historia de la panadería. Cada gesto, cada instrucción, estaba lleno de cariño y orgullo por su familia, y me hacía sentir que yo también podía ser parte de eso.
Harper, por supuesto, no podía quedarse callada:
—¡Atención! —dijo, levantando un huevo como si fuera un trofeo—. ¡Este huevo es peligroso! Podría explotar en cualquier momento y cubrirnos de gloria.
—Gloria de harina y huevo —dije, suspirando mientras rodaba los ojos—. Perfecto.
Noah se rió, y luego me miró con una expresión seria.
—Emily, ¿crees que podemos hacer que esto funcione?
—No lo sé —respondí, mientras amasaba con cuidado—. Pero lo intentaremos. Juntos.
El tiempo pasó volando entre risas, harina volando y masa pegajosa en todas partes. Cada error se convertía en un momento divertido, y cada éxito, por pequeño que fuera, se sentía como un milagro navideño.
Finalmente, llegó el momento de hornear la receta mágica. Colocamos los moldes en el horno y nos sentamos, esperando con ansiedad. Noah estaba tan emocionado que no dejaba de mirar el reloj y el horno, mientras Harper tarareaba villancicos y yo intentaba mantener la calma.
—Emily —dijo Noah, abrazándome por la cintura—. Gracias por hacer esto conmigo.
Sentí un calor extraño en el pecho.
—No, gracias a ti —dije—. Realmente estoy feliz de hacerlo contigo.
Mientras el horno trabajaba, nos sentamos a limpiar un poco la cocina. Harper hacía comentarios sarcásticos y me lanzaba pequeñas bolas de harina, pero todo era parte de la diversión. Cada gesto, cada risa, me hacía sentir que Pineberry Falls no era solo un pueblo donde cumplir un castigo, sino un lugar donde podía sentirme viva de nuevo.