Rodeados de azúcar y nieve

Capitulo 12

Capítulo 12 – La magia del pan

Nunca subestimé el poder del pan hasta hoy. Jamás imaginé que algo tan simple pudiera despertar tantos recuerdos, emociones y, por qué no, esperanzas. Estaba de pie en The Sugar Bread Bakery, con las manos todavía cubiertas de harina, mientras la primera tanda de pan recién horneado se enfriaba en los estantes. Y entonces sucedió: los aromas comenzaron a esparcirse más allá de las paredes de la panadería, atravesando ventanas y puertas cerradas, invadiendo las calles cubiertas de nieve de Pineberry Falls.

Harper estaba a mi lado, jugando con un rodillo como si fuera un cetro real.
—¿Escuchaste eso? —susurró, inclinándose hacia mí—. Creo que el pueblo está despertando. O al menos su olfato está mucho más despierto que ellos.

—Sí… —dije, respirando profundamente—. Huele… increíble. No solo a pan, sino a recuerdos.

Noah apareció de repente, con los ojos brillantes de emoción.
—¡Emily! —exclamó, señalando la calle—. ¡Mira! ¡Están llegando!

Me asomé y vi a los primeros vecinos caminando lentamente hacia la panadería. Al principio fueron unos pocos: la señora Whitaker, que siempre llevaba un gorro de lana rojo y un abrigo que olía a menta; el señor Thompson, con su bastón y esa sonrisa que escondía todas sus arrugas; incluso los niños que usualmente jugaban en la plaza, deteniéndose en la calle con narices rosadas por el frío, olfateando el aire como si fueran pequeños sabuesos.

—Esto es… surrealista —dije, mientras sentía un cosquilleo en el estómago—. Es como si la panadería estuviera llamando a todos de vuelta.

—No solo llamando —dijo Harper—. Está hechizando. Y si seguimos así, vamos a necesitar un cartel que diga “Cuidado: Magia en proceso”.

Me reí, pero en el fondo sentí un calor enorme en el pecho. Después de días de caos, harina por todas partes, pan quemado y galletas desastrosas, finalmente había algo que funcionaba. Algo que hacía que la panadería, el pueblo y la Navidad tuvieran sentido otra vez.

Los vecinos entraron con cautela al principio, como si temieran que el aroma fuera un truco. Pero al probar un pequeño panecillo, las expresiones cambiaron por completo. Sus ojos se iluminaron, las arrugas se suavizaron y se escucharon risas y murmullos de sorpresa.

—¡Esto es maravilloso! —exclamó la señora Whitaker, sosteniendo un pan caliente con ambas manos—. ¡Es como recordar mi infancia!

—Mi mamá solía hornear algo parecido —dijo el señor Thompson, cerrando los ojos mientras masticaba lentamente—. Esto trae recuerdos… buenos recuerdos.

Mi corazón se encogió un poco. Era exactamente lo que mi tía abuela habría querido: que el pan uniera a las personas, que despertara sonrisas y calor en medio del frío invernal.

—Lo lograste, Emily —dijo Harper, abrazándome—. ¡No podía haber salido mejor!

—Sí, gracias a Noah también —respondí, mirando al pequeño que estaba de pie junto a la puerta, orgulloso y feliz—. Él tiene mucho crédito por esto.

Noah sonrió tímidamente, inclinando la cabeza.
—Solo quería compartir la receta de mi tía abuela —dijo, encogiéndose de hombros—. No pensé que… esto fuera a pasar.

—Noah, lo hiciste posible —dije, dándole un pequeño empujón en el hombro—. Sin ti, no habríamos logrado revivir la panadería ni el espíritu de Navidad del pueblo.

Mientras hablábamos, más vecinos comenzaron a llegar. Algunos se detenían en la plaza, mirando la panadería con curiosidad antes de entrar, mientras otros se apresuraban como si el aroma los estuviera guiando. Cada nuevo rostro traía consigo un murmullo de reconocimiento, una sonrisa nostálgica o un recuerdo compartido con otros. La panadería estaba cobrando vida nuevamente, y yo podía sentirlo en cada rincón.

Ethan apareció en la puerta, observando la escena con los brazos cruzados y esa mirada seria que siempre tenía. Sin embargo, esta vez había algo diferente en sus ojos: una mezcla de orgullo y… algo que no podía identificar del todo.

—Parece que el pueblo ha decidido regresar —dijo finalmente, con su tono habitual, aunque esta vez con una ligera suavidad—. Buena elección, Emily.

—Gracias —respondí, intentando no sonrojarme—. Pero no es solo mi elección. Fue de todos. Noah, Harper… y todos los que están aquí.

—Sí, sí —dijo Harper, empujándome—. Todos hemos puesto un poco de caos mágico. Pero tú… tú pusiste el corazón. Eso se nota.

Me acerqué al horno para sacar un lote recién horneado. El calor me envolvía, mezclándose con el aroma dulce y especiado que llenaba la panadería. Los vecinos se acercaban uno por uno, tomando un panecillo y sonriendo con satisfacción. Algunos recordaban a sus padres, otros a sus abuelos, y muchos simplemente se dejaban llevar por la calidez que el lugar irradiaba.

—Esto es… esto es como un regalo de Navidad —dijo la señora Whitaker, con lágrimas en los ojos—. Gracias, Emily. Gracias por traer de vuelta algo tan hermoso.

Sentí un nudo en la garganta. Era exactamente lo que necesitaba escuchar, no solo por la panadería, sino por mí misma. Había llegado al pueblo como un castigo, obligada a abrir una panadería que estaba en ruinas, y ahora, gracias a todos, el lugar estaba lleno de vida y alegría.

Noah se me acercó, mirando con orgullo cada pan en los estantes.
—Emily… ¿crees que podríamos hacer esto todos los días hasta Navidad? —preguntó, con los ojos brillando de emoción—. Quiero que todo el pueblo sea feliz otra vez.

—Sí, Noah —dije, inclinándome para tocar su hombro—. Podemos hacerlo. Juntos.

Mientras tanto, Harper se encargaba de entretener a los vecinos, contando historias, haciendo bromas y asegurándose de que nadie se sintiera fuera de lugar. Su energía era contagiosa, y pronto todos estaban riendo y conversando mientras degustaban los panes recién horneados.

Ethan, por su parte, seguía observando, aunque ahora se movía entre los vecinos ofreciendo ayuda, colocando mesas y sirviendo café caliente. Cada vez que nuestras manos se rozaban, sentía un cosquilleo familiar, una mezcla de nerviosismo y algo más… algo que no estaba lista para nombrar.




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