Capítulo 13 – Harper mete la pata (y también Cupido)
Hay dos cosas que he aprendido desde que llegué a Pineberry Falls:
Llevaba apenas dos días desde que la panadería había renacido y ya el pueblo completo estaba hablando del “regreso de The Sugar Bread Bakery”. En la mañana, Harper llegó a la panadería con una energía sospechosa… ese tipo de energía que anuncia caos envuelto en purpurina navideña.
—Emily, cariño, despierta —dijo, sacudiéndome el hombro como si yo fuera un saco de harina—. Se me ocurrió algo increíble. Maravilloso. Espectacular.
—Lo que tú llamas espectacular, el universo lo llama tragedia —murmuré, sirviendo café mientras intentaba enfocar mis ojos hinchados.
—Confía en mí.
Cada vez que Harper decía “confía en mí”, un ángel perdía un ala. Y yo estaba segura de que esa mañana, algún pobre ángel ya estaba volando en círculos.
Harper dio dos palmadas contundentes.
—Vamos a organizar un evento para promocionar la panadería.
—¿Qué tipo de evento? —pregunté, desconfiando inmediatamente.
—Algo pequeño, sencillo… —sonrió—. Tal vez un concurso navideño de pan dulce. Con música. Y luces. Y carteles. Y una subasta benéfica. Y quizás un pequeño número musical.
Estuve a punto de escupir mi café.
—¿Pequeño?
—Bueno… —se encogió de hombros— “Pequeño” es relativo.
Antes de que pudiera protestar, Noah irrumpió por la puerta como un torbellino de emoción.
—¡Harper me contó todo! ¡Vamos a tener un evento navideño! ¿Puedo ayudar?
Y ahí estaba yo, atrapada entre una fuerza de la naturaleza llamada Harper y un niño que me miraba como si yo colgara las estrellas en el cielo. Cómo decirles que no.
Suspiro…
—Está bien. Hagámoslo. Pero sin exagerar.
Harper sonrió de una forma que me hizo arrepentirme instantáneamente.
Tres horas después, estaba frente a la panadería mirando un “evento pequeño” que incluía:
Era oficial: Harper estaba loca.
Y yo también, porque le seguí la corriente.
La gente del pueblo empezó a aparecer. Familias. Parejas. Señores mayores. Niños emocionados que corrían de un lado a otro. Todos atraídos por la mezcla de aromas, luces y música navideña.
Yo estaba pasándome un mechón detrás de la oreja cuando escuché una voz que ya podía reconocer entre mil.
—Harper me dijo que necesitabas ayuda —dijo Ethan, apareciendo detrás de mí con su chaqueta de cuero y su camisa de cuadros.
Carajo.
Intenté no mirarlo como una idiota enamorada, porque no, yo no estaba enamorada, solo estaba… observando. Solo… encontrando interesante ese cansancio en sus ojos, su barba descuidada que le quedaba demasiado bien y esa forma de mirarme como si pudiera verme por dentro.
—Yo… sí, bueno —dije, nerviosa—. Harper decidió hacer una pequeña promoción.
—¿Pequeña? —Ethan levantó una ceja, mirando el escenario gigante, el puesto de chocolate y el cartel enorme—. Emily, eso no es pequeño. Eso es… Pineberry-Palooza.
—No fue idea mía.
—Claro.
Entonces apareció Harper, con su risa musical y su personalidad expansiva.
—¡Ethan! Llegaste justo a tiempo —dijo, dándole una palmada en el brazo—. Ven conmigo, cariño. Necesito tu ayuda para… algo.
Jamás en mi vida había escuchado a Ethan decir “no” tan rápido.
—No.
—Vamos, alcalde —respondió Harper—. No seas un Grinch musculoso.
Ethan entrecerró los ojos.
—No soy musculoso.
Harper y yo lo miramos al mismo tiempo, y la mentira se cayó sola.
—En fin —dijo Harper, dándonos la espalda—. Ya vuelvo.
Y fue ahí cuando me di cuenta demasiado tarde de que Harper tenía ese brillo extraño en los ojos. El brillo de “acabo de hacer algo y no se darán cuenta hasta que sea irreversible”.
El evento comenzó tan rápido que apenas tuve tiempo de respirar.
La gente hacía fila para probar nuestros panes. Los niños reían. La música navideña sonaba. Ethan ayudaba a organizar mesas mientras Noah corría con un gorrito navideño ayudando a repartir galletas.
Y yo… estaba feliz. Realmente feliz.
Hasta que Harper subió al escenario.
Agarró el micrófono.
Y yo supe que mi muerte estaba a punto de ser transmitida en vivo.
—¡Buenas noches, Pineberry Falls! —gritó—. Hoy celebramos el regreso de nuestra querida panadería. Pero también… —miró hacia mí con una sonrisa diabólica— celebramos el amor navideño.
“¿Qué?”
“NO.”
“DIOS MÍO, NO.”
—Por eso —continuó Harper— quiero invitar al escenario a la persona gracias a la cual la panadería revivió… Emily Dawson.
Mis rodillas se derritieron.
—Y también al hombre que la ha apoyado desde el primer día: nuestro querido alcalde Ethan Cole.
Los aplausos comenzaron antes de que yo pudiera huir.
Ethan me miró como si Harper acabara de declarar una guerra.
—¿Qué demonios está haciendo?
—No lo sé —mentí descaradamente—. No me mates.
—Esto es idea tuya —susurró.
—¡Lo juro que no!
Subimos los dos al escenario como dos prisioneros siendo llevados a la ejecución.
Harper sonrió con la satisfacción de una villana de telenovela.
—Miren qué linda pareja hacen.
El pueblo entero:
“AWWWWWW”
Yo:
Me desintegro en 3, 2, 1…
Ethan cerró los ojos como si estuviera pidiendo paciencia a todos los santos del calendario católico.
—Harper… —dijo con voz baja y amenazante—. Te voy a suspender de todo comité del pueblo.