El sonido de las campanas del ayuntamiento retumbaba con suavidad en el aire frío de la tarde cuando Vanessa Cole bajó del auto reluciente que había aparcado justo frente a la plaza central. Su abrigo blanco, perfectamente ajustado, parecía repeler cualquier mota de polvo. Era como si un aura invisible la protegiera del desorden, de lo imperfecto, de todo aquello que no pudiera controlar.
Y últimamente, lo que no podía controlar tenía nombre y apellido: Emily Blake.
Había regresado al pueblo hacía solo unos días con un objetivo: supervisar los preparativos del compromiso con Ethan. O, mejor dicho, apresurar el proceso. Llevaban años posponiendo la boda por “responsabilidades del pueblo”, “tiempos difíciles”, “crisis del ayuntamiento”, excusas que ella toleraba… hasta ahora.
Pero al volver, notó algo distinto en Ethan. Un brillo en sus ojos. Una relajación en sus hombros. Una sonrisa que no le mostraba desde hacía años.
Y todas esas señales empezaron a alinearse el día en que escuchó el rumor de que la panadería antigua—ese edificio olvidado y sin importancia—volvía a abrir gracias a la nueva chica de la ciudad. Vanessa no era tonta. Sabía leer patrones. Sabía leer personas.
Y sabía, con absoluta claridad, que algo estaba pasando.
Respiró hondo y caminó hacia la panadería, dispuesta a verificar con sus propios ojos.
El interior estaba cálido, iluminado por luces suaves y decoraciones navideñas sencillas pero encantadoras. El aroma del pan recién horneado abrazaba cada rincón, y la gente hablaba animadamente entre sí. El ambiente era… hogareño. Algo que Vanessa jamás admitiría en voz alta, pero que en ese instante sintió como una punzada ligera en el estómago.
No de nostalgia. Sino de advertencia.
Y allí, en medio del local, estaban Emily y Ethan.
Él sostenía una bandeja con panecillos dorados mientras Emily reía por algo que Harper, la muchacha ruidosa del pueblo, acababa de decir. Ninguno de los dos se había dado cuenta de su presencia.
Vanessa frunció el ceño. Ethan casi no reía así con ella. Casi.
—Qué coincidencia encontrarte aquí —dijo Vanessa, su voz dulce, afinada para sonar amable ante testigos.
Todos voltearon. Emily tragó saliva. Ethan se tensó, apenas perceptible, pero para Vanessa fue suficiente.
—Vanessa —saludó él, algo sorprendido—. No esperaba verte por aquí.
—Noté que el pueblo estaba hablando de esta reapertura —respondió ella, deslizando una mirada calculadora por el lugar—. Pensé que debía ver por mí misma cuál es el… alboroto.
Emily sintió cómo se le congelaba la palma de las manos.
—Bienvenida —dijo con una sonrisa algo nerviosa—. Estoy intentando que todo vuelva a funcionar como antes.
—¿Ella no es encantadora, papá? —intervino Noah, que apareció desde atrás del mostrador con la boca llena de pan todavía tibio.
A Vanessa se le crispó la expresión por un instante, apenas un pequeño tic que solo alguien muy observador notaría. Se inclinó hacia el niño.
—Claro que sí, cariño —respondió—. Aunque deberías evitar comer entre horas. Recuerda que tenemos normas.
Noah bajó la mirada. Ethan frunció el ceño, pero no dijo nada.
Emily sintió un nudo en el pecho. Algo en el tono de Vanessa con Noah… no le gustó. Algo frío, algo demasiado exigente para un niño tan dulce.
Harper, desde un rincón, susurró:
—Uy, ya empezó la viborita.
Emily casi se atraganta mientras disimulaba una risa nerviosa.
Vanessa paseó por el local, observando cada detalle con una precisión quirúrgica. Sus tacones resonaban sobre la madera como un metrónomo que marcaba tensión.
A cada paso que daba, Emily se sentía más pequeña. No por inseguridad, sino porque Vanessa irradiaba esa energía que te hacía sentir que debías justificar tu presencia en el mundo.
Finalmente, Vanessa volvió hacia ellos.
—Ethan, ¿vienes un momento afuera? Quiero hablar contigo.
Emily miró a Ethan, esperando que él la defendiera de alguna manera, aunque fuera mínima. Pero él asintió, presionado entre la cordialidad y la costumbre.
Noah, que observaba todo, frunció los labios.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Harper se quedó mirando a Emily.
—Bueno… —dijo Harper con teatralidad—. Eso fue incómodo.
Emily no respondió. Sus pensamientos estaban en espiral.
¿Qué estaba pasando afuera?
Afuera, el viento era frío, pero no tanto como la mirada que Vanessa le clavó a Ethan.
—Dímelo ahora —empezó, sin rodeos—. ¿Qué está pasando entre tú y esa chica?
Ethan retrocedió un paso, sorprendido.
—Vanessa, no está pasando nada. Solo estoy ayudando a que la panadería vuelva a funcionar. Es bueno para el pueblo.
—¿Y desde cuándo te importa tanto una panadería abandonada? —replicó ella—. ¿Desde que tiene ojos bonitos y una risa que te hace sonreír como si tuvieras veinte otra vez?
El golpe fue directo. Ethan inhaló hondo.
—No tiene nada que ver con eso.
—¿Ah, no? —Vanessa cruzó los brazos—. Te conozco, Ethan. Y también conozco ese brillo en tus ojos. Lo tenías cuando empezamos a salir… hace años. Antes de que todo se volviera monótono.
Ethan guardó silencio. No porque fuera culpable, sino porque no sabía qué decir.
Vanessa dio un paso más cerca.
—Noah está encariñándose demasiado con ella —dijo con voz afilada—. Y eso puede ser un problema.
Ethan reaccionó al instante.
—¿Por qué sería un problema?
—Porque es temporal —contestó ella—. Esa chica no va a quedarse aquí para siempre. Y cuando se vaya, ¿quién va a lidiar con las consecuencias emocionales? ¿Tú?
Ethan la miró directamente.
—Vanessa, Noah es inteligente. Sabe querer. Y no creo que sea malo que tenga más personas que lo apoyen.
Los labios de ella se curvaron en una sonrisa glacial.
—Claro. Hasta que esas personas se entrometen demasiado.