Rodeados de azúcar y nieve

Capitulo 16

Capítulo 16

Una conversación a medianoche

La panadería suena distinta cuando todos se han ido.

Durante el día está llena de risas, cucharas chocando contra tazas, niños pidiendo más azúcar del que deberían consumir en una semana y Harper gritando que “eso definitivamente no estaba en la receta”. Pero de noche… de noche respira.

Y yo también.

Estoy sentada en el suelo detrás del mostrador, con la espalda apoyada contra la madera vieja. Todavía huele a canela y a pan recién horneado. Ese aroma se me ha metido bajo la piel. Antes me parecía pesado. Ahora me calma.

La nieve sigue cayendo afuera.

La veo por la ventana. Lenta. Suave. Como si el mundo tuviera cuidado de no hacer ruido.

No sé por qué no he subido al apartamento de arriba. Podría estar durmiendo. Podría estar fingiendo que mi corazón no dio un vuelco cuando Ethan me miró esta tarde como si estuviera intentando memorizarme.

Pero me quedé.

Y creo que sé por qué.

La campanita de la puerta suena.

Mi corazón responde antes que mi mente.

Levanto la vista.

Es él.

Ethan se queda unos segundos en la entrada, sacudiéndose la nieve de los hombros. Lleva su camisa de cuadros, la chaqueta de cuero y esas botas que siempre parecen demasiado firmes para un pueblo tan pequeño. Su barba negra perfectamente descuidada. Sus ojos azules brillando bajo la luz cálida… pero cansados.

Siempre cansados.

—Sabía que seguirías aquí —dice con voz baja.

Sonrío apenas.

—El alcalde debería estar descansando.

—El alcalde no puede dormir.

Cierra la puerta con suavidad y camina hacia mí. No con autoridad. No como alcalde. Solo como Ethan.

Se sienta frente a mí en el suelo, apoyando la espalda en el mostrador contrario. Nuestras rodillas casi se tocan.

El silencio no es incómodo.

Es expectante.

—Hoy fue un buen día —dice.

Asiento.

—Sí.

—La panadería estuvo llena.

—Y nadie salió intoxicado. Es un avance.

Una sonrisa pequeña curva sus labios.

Me gusta cuando sonríe sin esfuerzo.

Nos quedamos callados unos segundos más, escuchando el sonido lejano del viento contra las ventanas.

—¿Te arrepientes de haber vuelto? —me pregunta de pronto.

La pregunta me toma desprevenida.

Miro mis manos. Todavía tienen un poco de harina bajo las uñas.

—No lo sé.

—Eso no suena como arrepentimiento.

—Suena como miedo.

Levanto la mirada y lo encuentro observándome con demasiada atención.

—¿Miedo a qué?

Trago saliva.

—A que esto me importe.

La confesión cae entre nosotros.

—¿El pueblo? —pregunta.

Niego lentamente.

—Todo.

La panadería.
Noah.
La nieve.
Él.

Ethan baja la mirada un momento, como si estuviera organizando pensamientos que llevan años acumulándose.

—Cuando te fuiste —dice finalmente— pensé que Pineberry Falls se te había quedado pequeño.

La culpa me aprieta el pecho.

—No fue eso.

—Entonces, ¿qué fue?

La pregunta me obliga a mirarlo de verdad.

—Tenía dieciocho años. Sentía que si me quedaba… iba a desaparecer.

Sus cejas se fruncen.

—Desaparecer.

—Convertirme en alguien que vive la misma rutina todos los días. Que sueña con algo más grande pero nunca lo intenta. Tenía miedo de odiar mi propia vida.

—¿Y me incluías en esa vida que ibas a odiar?

Su voz no es acusadora. Es honesta.

Eso duele más.

—No. —Respiro profundo—. Me daba miedo culparte después. Me daba miedo quedarme por ti y que algún día te mirara con resentimiento por no haber intentado algo diferente.

Sus ojos se oscurecen apenas.

—Nunca te habría detenido.

—Lo sé.

Y esa es la parte más cruel.

Él siempre me habría apoyado.

El silencio se espesa.

—Yo también tenía miedo —dice de pronto.

Lo miro sorprendida.

—¿De qué?

—De no ser suficiente para que quisieras quedarte.

Mi corazón se rompe un poco.

—Ethan…

—Mi madre estaba enferma. Noah era un bebé. Yo apenas sabía cómo sostener mi propia vida, mucho menos la de alguien más. Y tú eras… fuego. Ambición. Movimiento. —Su mandíbula se tensa—. Pensé que tarde o temprano ibas a irte.

Las palabras me golpean con una verdad que no quiero aceptar.

Tal vez los dos sabíamos que me iría.

—Nueva York no fue lo que imaginaba —susurro.

—¿Ryan?

El nombre pesa.

Asiento.

—Creí que era amor.

—¿Y no lo era?

Pienso en esa noche. En la traición. En cómo algo dentro de mí se rompió y dejó de creer en finales perfectos.

—No. Era costumbre. Era miedo a estar sola. Era creer que si alguien me elegía, eso significaba que yo valía algo.

Ethan me observa como si quisiera decir algo y no se atreviera.

—Tú vales algo —dice finalmente.

Su voz es firme. Sin duda.

Eso me desarma más que cualquier declaración grandiosa.

—No siempre me siento así.

—Yo tampoco.

Lo miro, sorprendida otra vez.

—Tienes a todo el pueblo confiando en ti.

—Eso no quita que me sienta insuficiente algunas noches.

El aire se vuelve más íntimo.

Más real.

—Vanessa parece… segura de ti —murmuro.

Él se queda en silencio.

Demasiado tiempo.

—Vanessa cree en estabilidad —responde al final.

—¿Y tú?

—Creo en hacer lo correcto.

No es la misma respuesta.

Lo sabe. Yo también.

Nuestros ojos se encuentran y algo se enciende.

No es solo atracción.

Es reconocimiento.

Dos personas que se conocen desde antes de aprender a fingir.

Me doy cuenta de que estamos demasiado cerca.

Que si me inclino apenas un poco…

No.

No lo hago.

Porque esta noche no se trata de impulso.

—A veces siento que todo lo que toco se rompe —confieso en voz baja.

—No rompiste la panadería.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.