Capítulo 17
La amenaza del empresario
Hay días en los que el pueblo respira tranquilo.
Y hay días en los que el aire parece contener algo que nadie quiere nombrar.
Esa mañana, Pineberry Falls se sentía… vigilado.
No sé explicarlo mejor. Era como si alguien hubiera abierto una ventana invisible y hubiera dejado entrar una corriente fría que no tenía nada que ver con la nieve.
Harper lo notó antes que yo.
—No me gusta —murmuró mientras revisaba el horno por tercera vez, aunque claramente no había nada malo con el horno.
—¿El qué?
—La forma en que la gente está hablando en susurros.
Miré alrededor.
Tenía razón.
Las mesas estaban ocupadas, sí. Las luces navideñas seguían colgadas. El aroma del pan recién horneado seguía haciendo que todo pareciera acogedor.
Pero las conversaciones se cortaban cuando alguien mencionaba una palabra específica.
“Venta.”
“Proyecto.”
“Inversión.”
La puerta se abrió y el silencio se hizo más evidente.
Entró un hombre que no pertenecía aquí.
Se notaba en los zapatos demasiado brillantes. En el abrigo largo perfectamente planchado. En la forma en que observaba el lugar como si estuviera evaluando cuánto costaba cada pared.
No sonreía.
Analizaba.
—Buenos días —dijo con voz pulida.
Yo dejé la bandeja sobre el mostrador.
—Buenos días.
Sus ojos se posaron en mí.
No con curiosidad.
Con cálculo.
—¿Emily Dawson?
No preguntó. Afirmó.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—Sí.
Extendió la mano.
—Richard Wallace.
La estreché.
Fría. Firme. Ensayada.
—He oído que ha reabierto la antigua panadería.
—Así es.
Caminó despacio por el local, pasando los dedos por la madera del mostrador. Observando las vigas del techo.
—Tiene encanto —dijo—. Mucho potencial desaprovechado.
Harper dejó caer una cuchara con un ruido seco detrás de mí.
Yo mantuve la sonrisa.
—Nos gusta como está.
Él inclinó la cabeza apenas.
—El encanto no paga facturas, señorita Dawson. La modernización sí.
Ah.
Ya entendía.
—¿Está interesado en comprar pan o en comprar el pueblo? —pregunté sin suavizar la frase.
Una leve sonrisa apareció en su boca.
—Ambas cosas pueden ser compatibles.
Antes de que pudiera responder, la campanita volvió a sonar.
Ethan entró.
Y el aire cambió por completo.
Lo reconocí en su postura.
No era casualidad que estuviera aquí.
No era una visita espontánea.
Se detuvo al vernos.
Sus ojos azules se oscurecieron apenas.
—Señor Wallace.
—Alcalde.
Se estrecharon la mano.
Pero no fue un saludo cordial.
Fue una medición de fuerzas.
—Veo que ya está conociendo negocios locales —dijo Ethan.
—Siempre me gusta estudiar el terreno antes de invertir.
Invertir.
La palabra cayó pesada.
—Pineberry Falls no está en venta —respondió Ethan con voz firme.
Wallace no perdió la sonrisa.
—Todo está en venta si el precio es correcto.
Sentí algo encenderse dentro de mí.
—No todo el mundo tiene precio —intervine.
Wallace me miró con algo que parecía diversión.
—Eso es lo que todos dicen al principio.
Ethan dio un paso apenas perceptible hacia adelante.
Protección silenciosa.
—¿Qué quiere exactamente? —preguntó.
Wallace cruzó las manos detrás de la espalda.
—Desarrollo. Crecimiento. Turismo de alto nivel. Hoteles boutique, restaurantes de autor, experiencias exclusivas. Este pueblo podría convertirse en un destino invernal codiciado.
Miré alrededor.
Las mesas desiguales.
Las tazas distintas entre sí.
Las risas auténticas.
—Y desplazar a la gente que vive aquí —dije.
—Ofrecería compensaciones justas.
Compensaciones.
Como si las raíces pudieran medirse en cifras.
Ethan lo miró sin parpadear.
—No estamos interesados.
Wallace se acercó un poco más.
—Creo que sí lo están. Solo que todavía no lo saben.
Silencio.
Tenso.
Medido.
—Hay una reunión esta noche —continuó Wallace—. Con algunos propietarios clave. Me gustaría que asistiera, alcalde.
No era invitación.
Era presión.
—Estaré allí —respondió Ethan.
Wallace asintió.
Luego me miró otra vez.
—Piénselo, señorita Dawson. La nostalgia es encantadora… pero no rentable.
Y se fue.
La puerta se cerró.
Y sentí que algo se había instalado en el pueblo como una grieta invisible.
—¿Puede hacer algo? —pregunté mirando a Ethan.
Él pasó una mano por su barba.
Ese gesto que siempre hace cuando el peso es demasiado.
—Puede comprar tierras alrededor. Puede ofrecer sumas imposibles de rechazar. Si suficientes aceptan, el resto queda atrapado.
—¿Y tú?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Yo me opongo.
Quise creerlo sin dudas.
Pero entonces…
La puerta volvió a abrirse.
Vanessa entró envuelta en un abrigo blanco impecable. Elegante. Perfecta. Como si la nieve hubiera decidido vestirse de persona.
—Ethan, cariño —dijo con dulzura calculada.
Lo besó en la mejilla.
Luego me dedicó una sonrisa brillante.
—Emily.
—Vanessa.
—Me encontré con Richard hace unos días en una cena en la ciudad —comentó con ligereza—. Tiene ideas fascinantes para el pueblo.
Sentí un pequeño golpe interno.
—¿Ah, sí?
—Modernización. Progreso. Nuevas oportunidades.
Miré a Ethan.
Él no la estaba mirando a ella.
La estaba evaluando.
—No todos quieren que Pineberry Falls cambie —dijo él.
Vanessa ladeó la cabeza.
—El cambio es inevitable, Ethan. La pregunta es si lo lideras… o lo sufres.
La frase quedó flotando.
Demasiado afilada para ser casual.