Capítulo 19
Celos y confusión
Hay momentos en los que el corazón decide antes que tú.
No te pide permiso.
No consulta tu orgullo.
No revisa si la situación es conveniente.
Simplemente late… y lo sabes.
Yo lo supe esa noche.
La feria seguía viva. Las luces parpadeaban sobre la nieve recién caída y el aire olía a pan dulce, chocolate caliente y humo lejano de fogatas pequeñas. La plaza estaba llena de risas y música desafinada.
Yo estaba detrás del puesto, intentando organizar las últimas bandejas, cuando lo vi.
Ethan.
Estaba riéndose.
De verdad.
No esa sonrisa formal que usa en reuniones. No la versión alcalde-responsable. Era la risa abierta, con los ojos brillando y los hombros relajados, mientras Noah intentaba enseñarle a lanzar una bola de nieve “con técnica profesional”.
Y algo dentro de mí se acomodó.
No fue un pensamiento elaborado.
Fue una certeza simple y aterradora.
Quiero estar aquí.
Quiero esto.
Quiero a ellos.
Y apenas tuve tiempo de asimilarlo cuando todo cambió.
Vanessa apareció a su lado como una escena perfectamente coreografiada.
Abrigo blanco impecable. Cabello suelto, brillante bajo las luces. Sonrisa elegante.
Se acercó a Ethan, le dijo algo al oído —no pude escuchar qué— y él giró hacia ella.
Y entonces pasó.
Ella lo besó.
No fue un beso largo.
No fue apasionado.
Fue peor.
Fue público.
Fue deliberado.
Fue un beso que decía: esto es mío.
El sonido alrededor no desapareció.
Siguió la música.
Siguieron las risas.
Siguió la feria.
Pero dentro de mí algo se quedó en silencio.
Sentí el golpe primero en el estómago.
Luego en el pecho.
Luego en la garganta.
Como si hubiera olvidado cómo respirar.
No aparté la mirada.
No pude.
Ethan pareció sorprenderse apenas. No la rechazó. Pero tampoco respondió con entusiasmo. Se quedó rígido un segundo antes de poner una mano en su espalda, más por costumbre que por impulso.
Vanessa miró alrededor.
Y por un instante sus ojos se cruzaron con los míos.
Y sonrió.
Fue una sonrisa sutil.
Educada.
Perfecta.
Y completamente calculada.
Bajé la mirada como si me hubieran descubierto haciendo algo indebido.
Harper apareció a mi lado con una taza de chocolate caliente.
—No lo hagas —dijo sin mirarme.
—¿Qué cosa?
—Pretender que no viste eso.
Tragué saliva.
—No sé de qué hablas.
—Emily.
Su tono cambió.
Más suave.
—Acabas de dejar de respirar.
Exhalé con fuerza.
—Está comprometido.
—Sí.
—La besó.
—No. —Harper me miró directamente—. Ella lo besó.
La diferencia parecía pequeña.
Pero no lo era.
—Es lo mismo.
—No lo es cuando tu cara se acaba de romper en mil pedazos.
Me reí, pero sonó frágil.
—No estoy rota.
—Claro que no. Solo pareces alguien a quien le acaban de arrancar un pan del horno antes de tiempo.
La metáfora fue absurda.
Y acertada.
Miré otra vez hacia la plaza.
Ethan estaba hablando con unos vecinos ahora. Vanessa seguía a su lado, tomada de su brazo con una naturalidad que parecía ensayo.
—No tengo derecho a sentir nada —murmuré.
—Ah, esa vieja mentira —dijo Harper—. “No tengo derecho”. ¿Desde cuándo los sentimientos necesitan permiso legal?
—Desde que él tiene una prometida.
—Y tú tienes ojos. Y corazón. Y memoria.
La palabra memoria me golpeó.
Porque recordé anoche.
Su frente apoyada contra la mía.
Su mano sosteniendo la mía.
Su voz diciendo quédate.
No fue imaginación.
No fue invento mío.
Fue real.
—No sé qué está pasando entre nosotros —admití en voz baja.
—Sí lo sabes.
La miré.
—Te estás enamorando.
Negué demasiado rápido.
—No.
—Sí.
—No.
—Emily, si sigues negándolo con tanta fuerza vas a abrir un portal dimensional.
La miré con advertencia.
—Harper.
—Lo miras como si fuera la última taza de café en invierno. Te quedas callada cuando entra en la habitación. Y ahora mismo pareces lista para declararle la guerra a una mujer con abrigo blanco perfecto.
No respondí.
Porque tenía razón.
Y eso me aterraba más que el beso.
Sentí pasos acercándose.
Mi cuerpo reaccionó antes de que lo viera.
Ethan.
—Todo salió increíble —dijo, apoyando las manos en el borde del puesto.
No lo miré de inmediato.
—El pueblo necesitaba esto.
—Tú lo hiciste posible.
Su voz era la misma de siempre.
Pero ahora yo escuchaba cosas que antes fingía no oír.
Harper, bendita traidora, decidió intervenir.
—Voy a revisar el horno imaginario que no tenemos aquí —anunció, desapareciendo sin disimulo.
Lo odié un poco por dejarme sola.
Ethan me observó.
—¿Estás bien?
Ah.
La pregunta peligrosa.
—Claro.
Demasiado rápido.
Demasiado falso.
Sus ojos se entrecerraron apenas.
—Emily.
—¿Qué?
—No me mires así.
Levanté la vista, confundida.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras a kilómetros.
El corazón me golpeaba fuerte.
—No estoy a kilómetros.
—Lo estás.
La música subió alrededor. La gente empezó a reunirse para el cierre de la feria.
Y yo estaba atrapada entre lo que sentía y lo que debía hacer.
—Vanessa parece feliz —dije finalmente.
Él guardó silencio un segundo.
—Es una noche importante para el pueblo.
No respondió la frase.
La rodeó.
—Te besó —solté.
Sus ojos se fijaron en los míos.
No con culpa.
Con cautela.
—Sí.
—En público.
—Emily…
No sabía qué quería que dijera.