Capítulo 20 La confesión indirecta
Hay algo cruel en las conversaciones a medias.
En las frases que alguien escucha sin contexto.
En las palabras que salen de tu boca antes de que tu corazón pueda corregirlas.
La feria había terminado, pero el eco seguía en el aire. Restos de papel brillante en la nieve. Huellas cruzadas por toda la plaza. El árbol todavía iluminado, como si se negara a aceptar que la noche ya había pasado.
Yo estaba dentro de la panadería con Harper, recogiendo lo que quedaba del puesto improvisado.
El cansancio me pesaba en los hombros.
Y los celos… los celos todavía ardían bajo la piel.
—Deja de suspirar como protagonista trágica —dijo Harper mientras apilaba tazas—. Me estás contaminando el ambiente.
—No estoy suspirando.
Suspiré.
Ella levantó una ceja.
—Eres insoportable.
Me apoyé en el mostrador.
El lugar estaba en silencio otra vez. Solo nosotras. El olor a pan frío. La luz cálida.
—No puedo hacer esto —murmuré.
—¿Hacer qué?
—Sentir cosas que no debería.
Harper dejó las tazas y se cruzó de brazos.
—Ah, volvimos al “no debería”.
—Está comprometido.
—Y tú estás viva.
Negué con la cabeza.
—Esto solo es temporal.
Las palabras salieron más duras de lo que pretendía.
—¿Temporal? —repitió ella.
—Sí. Yo no me voy a quedar aquí para siempre.
Decirlo en voz alta me dio una extraña sensación de control.
Como si estuviera recordándome a mí misma quién soy.
—Cuando acabe el castigo, volveré a Nueva York.
La frase quedó suspendida en el aire.
Castigo.
Así había llamado a mi regreso desde el principio.
Un error que debía cumplir.
Un paréntesis en mi vida real.
No vi la sombra que se detuvo al otro lado de la puerta entreabierta.
No escuché el paso que se frenó.
No supe que alguien estaba ahí.
Harper me miró con esa expresión que mezcla paciencia y ganas de lanzarme algo a la cabeza.
—¿Todavía lo llamas castigo?
—Es lo que era.
—¿Y ahora?
Abrí la boca para responder, pero me quedé callada un segundo.
Porque la respuesta no era tan simple.
Me aparté del mostrador y caminé hacia la ventana. La plaza estaba casi vacía. Solo algunas luces seguían encendidas.
Pensé en Noah riéndose con la cara llena de azúcar.
Pensé en la receta antigua.
Pensé en Ethan apoyando su frente contra la mía a medianoche.
Sentí algo moverse dentro de mí.
Algo que no encajaba con la versión segura y decidida que intentaba sostener.
—…pero por primera vez —continué en voz más baja—, no estoy segura de querer irme.
Harper no respondió de inmediato.
Su silencio fue suave.
—Ahí está la verdad —dijo finalmente.
No sabía que, mientras esas palabras salían de mi boca, la puerta se abría del todo.
Y alguien ya no estaba escuchando.
Ethan.
Él solo había oído la primera parte.
“Esto solo es temporal.”
“Cuando acabe el castigo, volveré a Nueva York.”
No escuchó la duda.
No escuchó el temblor.
No escuchó el “no estoy segura”.
Solo las palabras que confirmaban su miedo más antiguo.
Que yo siempre me voy.
Que Pineberry Falls nunca es suficiente.
Que él nunca es suficiente.
No supe que había estado ahí hasta que Harper frunció el ceño.
—¿La puerta estaba abierta?
Me giré.
La campanita se movía apenas.
—Supongo que sí.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Salí al pequeño pasillo que daba a la entrada.
Y lo vi.
A lo lejos.
Caminando hacia la plaza.
Solo.
Las manos en los bolsillos. Los hombros tensos. La postura rígida.
Como si acabara de confirmar algo que no quería creer.
Mi corazón dio un salto brusco.
—Ethan —susurré, aunque estaba demasiado lejos para oírme.
Harper apareció detrás de mí.
—Oh no.
—¿Cuánto crees que escuchó?
No necesitaba la respuesta.
Lo vi en la forma en que no miró atrás.
En la velocidad controlada de sus pasos.
En la distancia que parecía crecer con cada segundo.
Salí a la nieve sin abrigo.
El frío me golpeó el rostro.
—¡Ethan!
Mi voz se perdió en la plaza casi vacía.
Él se detuvo.
Solo un segundo.
Pero no se giró.
—No es lo que piensas —intenté, aunque sabía lo ridículo que sonaba decir eso a alguien que no me estaba escuchando.
Finalmente se dio vuelta.
La distancia entre nosotros era de varios metros.
Pero se sentía mucho mayor.
—¿No? —preguntó.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Eso me asustó más que si hubiera gritado.
—Escuchaste solo una parte.
—Escuché lo suficiente.
Las palabras fueron firmes.
Contenidas.
—Ethan…
—No tienes que explicarme nada.
Eso dolió.
Porque sí quería explicarle.
—Yo solo estaba…
—Recordándote que esto es temporal.
No era una pregunta.
Era una herida hablando.
Negué con la cabeza.
—No sabes lo que iba a decir después.
Sus ojos azules estaban más oscuros que nunca.
—No importa.
Claro que importaba.
Importaba que estaba empezando a cuestionar todo.
Importaba que por primera vez no sentía urgencia por huir.
Importaba que él era parte de esa duda.
Pero el orgullo y el miedo son más rápidos que las aclaraciones.
—No voy a pedirte que te quedes —dijo.
La frase me atravesó.
No la había pedido hace años.
No la pedía ahora.
Y eso, de alguna manera, era peor.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
Silencio.
La nieve caía entre nosotros.
Su respiración era visible en el aire frío.
—No puedo ser un lugar al que vuelves solo mientras decides qué hacer con tu vida —añadió.
Ahí estaba.