Rodeados de azúcar y nieve

Capitulo 23

Capítulo 23Harper al rescate

Nunca pensé que el silencio pudiera ser tan ruidoso.

La panadería estaba abierta, las luces encendidas, el horno caliente… pero nadie entraba.

Ni un solo cliente.

Ni una sola campanita sonando en la puerta.

Solo el reloj en la pared marcando los segundos, como si disfrutara recordándome que cada minuto que pasaba era un minuto más cerca del final.

Harper estaba sentada frente a mí en una de las mesas, con los codos sobre la madera y una taza de chocolate caliente que ya estaba fría.

—Esto es ridículo —murmuró por quinta vez.

Yo seguía mirando la puerta.

—No van a venir.

—Claro que van a venir.

—No hoy.

Harper resopló.

—El pueblo entero se volvió dramático de repente.

No respondí.

Porque sabía que no era drama.

Era desconfianza.

Y tenían razones para sentirla.

Firmé un documento que podría entregar la panadería al hombre que quiere comprar el pueblo.

Aunque no lo hubiera hecho con intención.

Aunque ni siquiera lo hubiera leído.

El resultado era el mismo.

Había puesto en riesgo el único lugar que todavía tenía algo de magia.

Y esa magia… ahora parecía apagada.

Suspiré.

—Voy a irme.

Harper levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Volveré a Nueva York.

Ella me miró como si hubiera perdido completamente la cabeza.

—No.

—Sí.

—Emily, no.

—Harper…

—No.

Se levantó de la silla tan rápido que casi la tira al suelo.

—No puedes irte.

—Claro que puedo.

—¡No después de todo esto!

Solté una risa sin humor.

—Precisamente después de todo esto.

Me levanté y empecé a limpiar la mesa aunque ya estaba limpia.

No era por limpieza.

Era porque necesitaba hacer algo con mis manos.

—La gente piensa que vine a engañarlos —dije.

—Porque alguien está moviendo los hilos para que lo crean.

—Eso no cambia el hecho de que firmé ese documento.

Harper caminó hacia mí.

—¡Sin leer!

—Exacto.

Silencio.

—Eso no te convierte en una villana —dijo finalmente.

—Tal vez no.

La miré.

—Pero sí me convierte en una idiota.

Ella puso los ojos en blanco.

—Todos somos idiotas alguna vez.

—No cuando hay un pueblo entero en juego.

Harper cruzó los brazos.

—Te estás castigando demasiado.

—No lo suficiente.

La verdad salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.

Porque dentro de mí sabía algo horrible:

Tal vez esto era karma.

Tal vez era el universo recordándome que las decisiones impulsivas siempre tienen consecuencias.

Primero en Nueva York.

Ahora aquí.

Harper caminó hacia la ventana y miró la calle vacía.

—Voy a arreglar esto.

—No puedes.

—Claro que puedo.

—¿Cómo?

Se volvió hacia mí con una sonrisa peligrosa.

—Hablando.

Sentí un escalofrío.

—Harper…

—¿Qué?

—No hagas nada que empeore esto.

—Tranquila, no voy a quemar la alcaldía ni nada así.

—Eso no me tranquiliza.

—Debería.

Antes de que pudiera detenerla, agarró su abrigo.

—¿A dónde vas?

—A recordarle a este pueblo que tiene cerebro.

—Harper…

Pero ya estaba saliendo por la puerta.

La campanita sonó.

Y volvió el silencio.

Pasaron dos horas.

Dos horas en las que intenté convencerme de que marcharme era lo correcto.

Saqué una caja.

Empecé a guardar cosas.

La libreta de recetas.

Los utensilios que había comprado.

La vieja cuchara de madera que había encontrado en un cajón.

El olor a canela seguía impregnando el aire.

Ese olor que había hecho sonreír a Noah.

Ese olor que había hecho entrar a los vecinos.

Ese olor que había empezado a devolverle vida al lugar.

Y ahora…

Parecía un recuerdo.

Las lágrimas llegaron sin pedir permiso.

No lloraba fuerte.

Solo caían.

Silenciosas.

Molestas.

Porque odiaba llorar.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Emily!

Harper entró como un huracán.

Con nieve en el cabello.

Respirando agitada.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Les grité.

—Harper…

—Mucho.

Me llevé una mano a la cara.

—Por favor dime que no te peleaste con todo el pueblo.

—Solo con la mitad.

—Eso no ayuda.

—¡Claro que ayuda!

Cerró la puerta con fuerza.

—Les dije que están siendo unos hipócritas.

—Harper…

—¡Es verdad!

Caminó de un lado a otro.

—Les recordé quién volvió a abrir esta panadería.

No respondí.

—Les recordé quién está horneando para la feria.

Silencio.

—Les recordé quién ha estado trabajando día y noche para devolver la Navidad a este lugar.

La miré.

—Eso no cambia el documento.

Harper se detuvo frente a mí.

—No.

Sus ojos brillaban.

—Pero cambia quién eres.

—Ellos no lo ven así.

—Porque alguien está manipulando la historia.

No necesitó decir el nombre.

Vanessa.

—No importa —murmuré.

Harper me miró la caja en las manos.

—¿Estás empacando?

No respondí.

—Emily.

—Es lo mejor.

—No lo es.

—Para el pueblo sí.

—¿Y para ti?

La pregunta me dejó sin aire.

—No vine aquí para quedarme.

Harper frunció el ceño.

—Eso dices.

—Es verdad.

—Entonces ¿por qué estás llorando?

No supe qué responder.

Porque la verdad era demasiado clara.

No lloraba por el pueblo.

Ni por la panadería.

Lloraba porque irme significaba dejar atrás algo que no esperaba encontrar aquí.

Ethan.

Harper me observó con suavidad.

—¿Se lo dijiste?

—¿Qué cosa?

—Que te importa.

Mi garganta se cerró.

—No.

—Idiota.

—Gracias.

—Él también es un idiota.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.