La panadería estaba a oscuras.
No completamente.
Solo lo suficiente para que las sombras se adueñaran de los rincones.
Las luces navideñas que habíamos colgado semanas atrás seguían encendidas en la ventana, parpadeando lentamente en tonos cálidos.
Rojo.
Dorado.
Verde.
Pero dentro del local… la mayor parte estaba en silencio.
Harper se había ido hacía un rato.
Me dijo que necesitaba dormir si quería seguir intentando salvar mi vida al día siguiente.
Sus palabras, no las mías.
Yo me quedé.
Sentada en una de las mesas.
Con la carta de Noah frente a mí.
Había pasado una hora.
Tal vez dos.
Ya ni siquiera estaba segura.
El tiempo aquí no se movía como en Nueva York.
En Nueva York todo corría.
El metro.
Las personas.
Las oportunidades.
Aquí… el tiempo parecía detenerse lo suficiente para obligarte a pensar.
Y pensar era lo último que había querido hacer cuando llegué.
Tomé la carta otra vez.
La leí por cuarta vez.
"Gracias por devolvernos la Navidad."
Mis dedos recorrieron el papel.
"Por favor, no te vayas."
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Y por primera vez desde que decidí marcharme… me permití sentir todo.
La culpa.
La vergüenza.
El miedo.
Pero también algo más.
Algo que no había querido admitir.
Este lugar había cambiado algo dentro de mí.
Cuando llegué a Pineberry Falls…
Yo era una persona completamente diferente.
Una mujer enojada.
Impulsiva.
Convencida de que todo el mundo estaba en su contra.
Había llegado aquí como castigo.
Y durante los primeros días lo traté exactamente así.
Me quejé de la nieve.
Del silencio.
Del pueblo.
Del café.
De la camioneta destartalada.
De todo.
Incluso de Ethan.
Especialmente de Ethan.
Sonreí un poco al recordar nuestra primera discusión en medio de la nieve.
Era tan terco.
Tan irritante.
Tan…
Cerré los ojos un segundo.
No.
No iba a pensar en eso ahora.
O al menos eso intenté decirme.
Pero mi mente no estaba cooperando.
Porque cada recuerdo parecía llevarme inevitablemente a él.
Ethan reparando una mesa.
Ethan enseñándole a Noah cómo usar una pala para la nieve.
Ethan entrando a la panadería con esa expresión cansada que desaparecía cuando Noah se reía.
Ethan mirándome cuando pensaba que yo no lo notaba.
Abrí los ojos.
Miré las luces navideñas.
—Genial, Emily —murmuré para mí misma—. Ahora también estás enamorada del alcalde.
La palabra quedó flotando en el aire.
Enamorada.
Mi pecho se apretó.
No lo había dicho en voz alta antes.
Tal vez porque decirlo lo hacía real.
Y si era real…
Entonces todo dolía más.
Porque Ethan pensaba que yo lo había traicionado.
Que había traicionado al pueblo.
Que todo lo que había hecho aquí era una mentira.
Me levanté de la silla.
Caminé lentamente por la panadería.
Pasé la mano por el mostrador de madera.
Por el horno.
Por la vieja repisa donde habíamos colocado los frascos de azúcar.
Todo estaba en silencio.
Pero no se sentía vacío.
Se sentía… lleno.
De recuerdos.
De risas.
De errores.
De segundas oportunidades.
Me detuve frente a la ventana.
La nieve caía lentamente sobre la calle principal del pueblo.
Las luces de Navidad seguían encendidas en los postes.
Algunas ventanas todavía brillaban con decoraciones.
Pineberry Falls.
El lugar del que escapé hace años.
El lugar al que regresé sin querer.
El lugar que ahora no estaba segura de poder abandonar.
Pensé en Nueva York.
En mi antiguo apartamento.
En el ruido constante.
En los cafés caros.
En Ryan.
Sentí un pequeño escalofrío.
Era extraño.
Hace unas semanas su traición parecía el fin del mundo.
Ahora…
Ahora se sentía como una puerta que se cerró para obligarme a abrir otra.
Una mucho más inesperada.
Una que llevaba a un pequeño pueblo cubierto de nieve.
A una panadería vieja.
A un niño que creía que el pan podía hacer feliz a la gente.
A una amiga caótica que gritaba en medio de la calle para defenderme.
Y a un alcalde demasiado serio con ojos azules cansados.
Apoyé la frente contra el vidrio frío.
—¿En qué momento pasó todo esto?
No hubo respuesta.
Solo la nieve cayendo.
Volví a la mesa.
Tomé la carta de Noah otra vez.
Esta vez no lloré.
La sostuve con cuidado.
Como si fuera algo valioso.
Porque lo era.
Ese niño había confiado en mí.
Había visto algo bueno en mí.
Incluso cuando todo el pueblo dudaba.
Incluso cuando su propio padre dudaba.
Suspiré.
Tal vez ese era el problema.
Había pasado demasiado tiempo creyendo que la única opción cuando cometía un error era huir.
Arruinar algo.
Irme.
Empezar en otro lugar.
Nueva ciudad.
Nueva vida.
Nuevo desastre.
Pero esta vez…
Esta vez algo era diferente.
Esta vez había personas aquí que me importaban.
Harper.
Noah.
El pueblo.
Incluso Ethan… aunque ahora mismo quisiera estrangularme.
Me recosté en la silla.
Miré el techo.
Y finalmente lo entendí.
El problema no era el error.
El problema era lo que hacía después de cometerlo.
Y por primera vez en mi vida…
No quería huir.
Quería quedarme.
Quería arreglarlo.
Aunque fuera difícil.
Aunque nadie creyera en mí.
Aunque Ethan siguiera mirándome como si fuera una desconocida.
Miré mi maleta junto a la puerta.