El Festival del Pan Navideño seguía vivo.
Las luces colgaban sobre la plaza como pequeñas estrellas artificiales.
La música navideña sonaba desde un viejo altavoz que alguien había colocado sobre una mesa.
Niños corrían entre las mesas con pan en las manos.
Adultos reían.
Y el aroma de la canela se mezclaba con el aire frío de la noche.
Yo estaba detrás del puesto principal de la panadería, cortando más pan caliente mientras Harper hablaba sin parar con tres señoras que parecían debatir cuál de todas las recetas era mejor.
—Te digo que el de miel es el ganador —decía Harper.
—El de nuez —respondía una señora.
—¡Canela! —gritaba otra.
—Todos están deliciosos —intervine.
Harper me miró.
—Emily, no puedes ser diplomática en una guerra culinaria.
Sonreí.
Pero la sonrisa se me congeló cuando vi quién entraba a la plaza.
El empresario.
Alto.
Traje oscuro.
Sonrisa falsa.
Era imposible no reconocerlo.
Había venido antes al pueblo, intentando convencer a Ethan de vender.
Detrás de él caminaba Vanessa.
Perfecta como siempre.
Cabello impecable.
Abrigo elegante.
Sonrisa dulce.
Pero sus ojos…
Sus ojos estaban fríos.
Sentí un escalofrío.
Harper también los vio.
—Oh no —murmuró.
—¿Qué hacen aquí?
—No tengo idea.
Pero ninguno de los dos parecía haber venido a comprar pan.
Caminaban directamente hacia el centro de la plaza.
Hacia donde Ethan estaba hablando con algunos vecinos.
El ruido de la feria fue bajando poco a poco.
Algo en el ambiente cambió.
Esa sensación extraña que aparece cuando sabes que algo malo está a punto de pasar.
Ethan notó su presencia.
Se giró lentamente.
—Señor Caldwell —dijo con voz tensa.
El empresario sonrió.
—Alcalde.
Su mirada recorrió la plaza.
Las mesas.
La gente.
La panadería.
—Vaya… parece que la Navidad volvió a Pineberry Falls.
Ethan cruzó los brazos.
—¿Qué quiere?
Caldwell metió las manos en los bolsillos.
—Solo vine a recordarles algo.
Mi estómago se tensó.
—El acuerdo.
Un murmullo recorrió la plaza.
Ethan frunció el ceño.
—No hay acuerdo.
Caldwell levantó una ceja.
—Oh, pero sí lo hay.
Y entonces sacó un documento.
Un papel doblado.
Lo levantó ligeramente.
—Firmado por la heredera de la panadería.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Harper susurró:
—Emily…
La gente empezó a mirarme.
No.
No.
No otra vez.
Caldwell sonrió como un hombre que disfruta arruinar fiestas.
—Cuando la señorita Dawson llegó al pueblo… firmó un documento de traspaso en caso de incumplimiento del programa comunitario.
Mi corazón latía con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Yo no…
—El documento establece —continuó él— que si la panadería no cumplía con ciertas condiciones, podría ser adquirida por mi empresa.
Los murmullos crecieron.
Ethan me miró.
Y ese fue el momento que más dolió.
No fue rabia lo que vi en sus ojos.
Fue decepción.
—Emily… —dijo lentamente.
—Yo no sabía —susurré.
Caldwell soltó una pequeña risa.
—Oh, lo sabía.
—¡No!
Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.
—Firmé sin leerlo.
—Eso no cambia nada.
Las miradas del pueblo se clavaban en mí.
Otra vez.
Otra vez todos pensaban lo peor.
Harper dio un paso adelante.
—Eso es ridículo.
Caldwell sonrió.
—Lo que es ridículo es pensar que esta panadería puede salvar un pueblo.
Silencio.
Entonces Vanessa habló por primera vez.
—Tal vez deberíamos aceptar la realidad.
Su voz era suave.
Elegante.
Pero había algo venenoso en cada palabra.
Ethan la miró.
—¿Vanessa?
Ella suspiró.
—Ethan… el pueblo está quebrado.
—Eso no significa que debamos venderlo.
—Significa que debemos ser realistas.
La observé.
Algo encajó en mi cabeza.
La forma en que Caldwell la miraba.
La seguridad con la que hablaba.
El tono calculado.
Harper también lo notó.
—Un momento.
Vanessa levantó una ceja.
—¿Sí?
Harper cruzó los brazos.
—Hablas como si ya supieras todo esto.
Vanessa sonrió.
Demasiado rápido.
—Solo estoy siendo lógica.
Pero Caldwell cometió un error.
Un pequeño error.
—Vanessa tiene razón.
Silencio.
Harper abrió los ojos.
—Ah.
Yo también lo entendí.
Vanessa se tensó ligeramente.
Ethan miró primero a Caldwell.
Luego a Vanessa.
—¿Qué significa eso?
Nadie habló.
El aire se volvió pesado.
Finalmente Harper dio un paso adelante.
—Significa que alguien aquí no está siendo honesto.
Vanessa soltó una pequeña risa.
—Esto es absurdo.
—¿Lo es? —dijo Harper.
Caldwell suspiró.
—Esto es una pérdida de tiempo.
Pero Ethan no apartaba la mirada de Vanessa.
—Respóndeme.
Su voz era baja.
Pero peligrosa.
—¿Sabías de este acuerdo?
Vanessa lo miró.
Por primera vez su sonrisa se quebró un poco.
—Ethan…
—Respóndeme.
Silencio.
Entonces Caldwell habló.
—Vanessa fue quien me contactó.
El mundo se quedó quieto.
Un murmullo de shock recorrió la plaza.
Yo sentí que mi cerebro tardaba en procesarlo.
Vanessa giró hacia él.
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
Ethan retrocedió un paso.
—¿Qué?
Caldwell se encogió de hombros.
—Ella pensó que sería mejor para el pueblo vender antes de que todo colapse.
La gente empezó a murmurar más fuerte.
Vanessa respiró hondo.
—Ethan, yo solo quería ayudarte.