Rodeados de azúcar y nieve

Capitulo 28

Capítulo 28La nieve vuelve a caer

El silencio llegó primero.

Después del caos.

Después de las revelaciones.

Después de que Vanessa se marchara y el empresario desapareciera entre las sombras de la plaza.

Durante unos segundos nadie habló.

Ni los adultos.

Ni los niños.

Ni siquiera la música que seguía sonando desde el viejo altavoz parecía encajar con el momento.

Todo el pueblo estaba quieto.

Como si Pineberry Falls hubiera contenido la respiración.

Yo también.

Sentía el corazón golpeando contra mis costillas mientras miraba a Ethan desde el otro lado de la plaza.

No sabía si debía acercarme.

No sabía qué decir.

No sabía si él quería verme.

Pero entonces algo cambió.

Alguien levantó la cabeza.

—Está nevando.

Una voz infantil.

Pequeña.

Sorprendida.

Todos miramos hacia arriba.

Y ahí estaba.

Un copo.

Luego otro.

Y otro más.

Pequeños puntos blancos cayendo lentamente desde el cielo oscuro.

Al principio eran pocos.

Tan pocos que parecían una ilusión.

Pero en cuestión de segundos empezaron a multiplicarse.

La nieve comenzó a caer suavemente sobre la plaza.

Sobre las luces navideñas.

Sobre las mesas llenas de pan.

Sobre las personas que miraban el cielo con asombro.

Un murmullo recorrió la multitud.

—No puede ser…

—¿Está nevando?

—¡Después de tantos años!

Sentí algo extraño en el pecho.

Algo cálido.

Algo que se parecía mucho a la emoción.

Harper apareció a mi lado.

—Emily.

—¿Sí?

—¿Tú hiciste esto también?

Solté una risa.

—Ojalá.

Ella miró la nieve caer.

Sus ojos brillaban.

—Hace años que no nevaba así en el festival.

—¿En serio?

—Desde que tu tía abuela organizó el último.

Miré el cielo otra vez.

Los copos caían cada vez más densos ahora.

Giraban lentamente en el aire antes de tocar el suelo.

Los niños comenzaron a correr.

—¡Nieve!

—¡Está nevando!

—¡Mira!

Alguien empezó a reír.

Luego otro.

La tensión que había dominado la plaza minutos antes comenzó a desaparecer.

Como si la nieve estuviera cubriendo todo.

El enojo.

Las sospechas.

Las heridas.

Todo.

La música navideña subió un poco de volumen.

Una canción antigua.

De esas que hacen que la gente se balancee sin darse cuenta.

La señora Whitmore levantó los brazos.

—¡Esto es una señal!

—¿Una señal de qué? —preguntó Harper.

—¡De que Pineberry Falls sigue vivo!

Algunas personas aplaudieron.

Otras comenzaron a cantar con la música.

Y de pronto…

La plaza volvió a sentirse como una fiesta.

Los puestos de pan empezaron a llenarse otra vez.

Las personas volvían a reír.

A comer.

A hablar.

El aroma del pan caliente se mezclaba con el aire frío de la nieve.

Me apoyé en el mostrador mirando todo.

El festival.

Las luces.

La nieve cayendo lentamente.

El pueblo celebrando.

Todo parecía un sueño.

—Emily.

Me giré.

Era la señora Whitmore.

Sostenía un pan en las manos.

—Este es el mismo sabor.

—¿Cuál?

—El de tu tía abuela.

Mi garganta se cerró un poco.

—Usé su receta.

Ella asintió lentamente.

—Se nota.

Probó otro pedazo.

—Pero también hay algo nuevo.

—¿Nuevo?

Sonrió.

—Tú.

No supe qué decir.

Ella tocó mi brazo con suavidad.

—Gracias por traer esto de vuelta.

Luego se alejó.

Me quedé mirando la nieve.

Las palabras resonaban en mi cabeza.

Gracias por traer esto de vuelta.

No estaba segura de merecerlas.

Pero por primera vez…

Sentía que tal vez estaba empezando a hacerlo.

Harper estaba organizando a unos niños para construir un muñeco de nieve.

—¡Necesitamos una zanahoria!

—¡Y un sombrero!

—¡Y botones!

—¡Esto es logística de invierno, gente!

Reí.

No podía evitarlo.

Ese caos alegre.

Ese ruido.

Ese calor humano.

Era exactamente lo opuesto a la vida que había dejado en Nueva York.

Allá todo era rápido.

Brillante.

Pero frío.

Aquí…

Aquí todo era imperfecto.

Pero real.

Fue entonces cuando lo vi.

Ethan.

Estaba al otro lado de la plaza.

De pie bajo una de las guirnaldas de luces.

La nieve comenzaba a cubrir ligeramente su abrigo oscuro.

No hablaba con nadie.

Solo observaba.

La feria.

La gente.

La panadería.

Y finalmente…

A mí.

Nuestros ojos se encontraron.

El mundo pareció ralentizarse por un segundo.

No había enojo en su mirada ahora.

Ni desconfianza.

Solo algo profundo.

Algo difícil de descifrar.

Dio un paso hacia adelante.

Luego otro.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

Pero antes de que pudiera llegar…

Noah apareció corriendo.

—¡Emily!

Se lanzó hacia mí como un pequeño misil navideño.

—¡Está nevando!

—Lo veo.

—¡Esto es lo mejor que ha pasado en años!

Lo abracé mientras giraba mirando los copos.

—¿Sabes qué significa? —dijo emocionado.

—¿Qué?

—¡El festival funcionó!

Reí.

—Tal vez.

Noah miró el pan en la mesa.

—Y también porque tu pan es mágico.

—No es mágico.

—Sí lo es.

Le guiñé un ojo.

—Entonces no se lo digas a nadie.

Él sonrió.

Luego miró detrás de mí.

—Papá está viniendo.

Mi estómago se tensó.

Levanté la cabeza.

Ethan caminaba hacia nosotros lentamente.

La nieve caía entre nosotros.

Su expresión era seria.

Pero diferente.

Noah me soltó.

—Voy a ver el muñeco de nieve.

Y salió corriendo otra vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.