Capítulo 29
El perdón
La nieve seguía cayendo.
No era una tormenta fuerte.
Era una de esas nevadas suaves que parecen hechas para las postales navideñas.
Los copos descendían lentamente sobre la plaza de Pineberry Falls, iluminados por las luces doradas que colgaban entre los postes.
La música seguía sonando.
La gente seguía riendo.
Pero yo… apenas podía escuchar nada.
Porque Ethan estaba frente a mí.
Y el peso de todo lo que había pasado seguía ahí.
Entre nosotros.
Respiré hondo.
Luego tomé una decisión.
Me subí a una de las pequeñas plataformas donde habíamos colocado las bandejas de pan.
—Emily, ¿qué haces? —susurró Harper desde abajo.
—Algo que debería haber hecho antes.
Algunas personas empezaron a girarse hacia mí.
La música bajó.
Las conversaciones se apagaron poco a poco.
De repente… todo el pueblo me estaba mirando.
Otra vez.
Sentí un nudo en la garganta.
Pero no iba a huir.
No esta vez.
Miré alrededor.
Las mesas.
Las luces.
La panadería detrás de mí.
Y finalmente… Ethan.
—Quiero decir algo —empecé.
Mi voz salió más temblorosa de lo que esperaba.
Tragué saliva.
—Cuando llegué a Pineberry Falls… no quería estar aquí.
Algunos murmullos suaves recorrieron la plaza.
—Pensé que este lugar era un castigo.
Harper levantó una ceja como diciendo “no mientes”.
Algunas personas incluso soltaron una pequeña risa.
Respiré otra vez.
—Firmé ese documento sin leerlo.
Silencio.
—Y eso fue un error enorme.
Mis manos estaban heladas.
No sabía si por el frío o por los nervios.
—Pero no fue una traición.
Miré a las personas del pueblo.
—Nunca quise vender la panadería.
—Nunca quise vender este lugar.
—Y nunca quise lastimar a nadie aquí.
El silencio era total ahora.
—La verdad es que… cuando llegué, no entendía lo que Pineberry Falls significaba.
Miré el edificio de la panadería.
—Pero ahora sí.
La nieve caía lentamente sobre la plaza.
—Entendí que esta panadería no es solo un negocio.
—Es historia.
—Es familia.
—Es comunidad.
—Es Navidad.
Vi a algunas personas asentir.
—También entendí algo sobre mí misma.
Mi voz se suavizó.
—Siempre he sido buena huyendo.
Algunas miradas curiosas.
—Cuando las cosas se complicaban… me iba.
—Nueva ciudad.
—Nuevo trabajo.
—Nueva vida.
Respiré hondo.
—Pero esta vez… no quiero irme.
La nieve se acumulaba en mis hombros.
—Quiero quedarme.
—Quiero arreglar el error que cometí.
—Quiero proteger esta panadería.
—Y quiero ser parte de este pueblo… si ustedes me lo permiten.
Silencio.
Un silencio largo.
Dolorosamente largo.
Mi corazón latía con tanta fuerza que pensé que todos podían escucharlo.
Entonces alguien aplaudió.
La señora Whitmore.
Luego el señor Baker.
Luego otra persona.
Y otra.
Hasta que la plaza se llenó de aplausos.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba.
Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante días.
Sonreí.
—Gracias.
Bajé de la plataforma.
Pero cuando mis pies tocaron el suelo…
Ethan estaba frente a mí.
No lo había visto acercarse.
El mundo alrededor parecía difuminarse.
Solo estábamos él y yo.
La nieve.
Las luces.
Y el sonido lejano del festival.
Ethan me miró durante unos segundos.
Sus ojos azules eran imposibles de descifrar.
—Eso fue valiente —dijo finalmente.
—Fue necesario.
Él asintió.
—Lo fue.
Silencio.
—Emily…
Mi corazón volvió a latir rápido.
—Sé que cometí un error —dije rápidamente—. Pero nunca quise—
—Lo sé.
Parpadeé.
—¿Lo sabes?
Ethan suspiró.
—Debería haberlo sabido antes.
Se pasó una mano por el cabello, ya cubierto de nieve.
—Estaba enojado.
—Tenía miedo de que todo se repitiera.
Entendí inmediatamente a qué se refería.
El pasado.
Las despedidas.
Las cosas que no dijimos hace años.
—Pero te vi esta noche —continuó.
Señaló la plaza.
—Todo esto.
—El festival.
—La gente.
—La panadería.
—Esto no lo hace alguien que quiere destruir un lugar.
Mis ojos ardían un poco.
—Lo hice porque importa.
Él me miró fijamente.
—Lo sé.
Otro silencio.
Más suave esta vez.
—También importa para mí —dijo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿El pueblo?
Ethan negó con la cabeza.
—Tú.
Por un segundo olvidé respirar.
—Emily… —continuó—. Nunca dejé de preocuparme por ti.
La nieve seguía cayendo.
Las luces brillaban.
El mundo parecía haberse detenido.
—Y creo que… nunca dejé de quererte.
Mi corazón explotó en mil pedazos felices.
—Ethan…
Quise decir algo.
Algo inteligente.
Algo profundo.
Pero en ese momento Harper gritó desde alguna parte:
—¡BÉSALA DE UNA VEZ!
La plaza estalló en risas.
Me llevé una mano a la cara.
—Voy a matar a Harper.
Ethan sonrió.
Esa sonrisa que había echado tanto de menos.
—Después.
—Después.
Se acercó un poco más.
—¿Sigues huyendo?
Negué lentamente.
—No.
—¿Segura?
—Muy segura.
Sonrió otra vez.
Y entonces…
Extendió la mano.
Me tocó la mejilla.
Sus dedos estaban fríos por la nieve.
Pero el gesto fue increíblemente cálido.
—Bien —dijo suavemente.
—Porque yo tampoco pienso dejarte ir otra vez.
Y me besó.
Justo cuando la nieve caía más fuerte.
La plaza estalló en aplausos.
Alguien silbó.
Harper gritó algo que definitivamente no era apropiado para un evento navideño.