Rozando la oscuridad ©

CAPÍTULO 04

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Antes de la oscuridad.

NISHTA

Agridulce…

Fue inevitable, en mí se instaló automáticamente aquel discordante sabor. Allí, sobre el suelo, con mis oídos zumbando y mi corazón latiendo a una velocidad insana, me cuestioné cuánto estaría dispuesta a hacer para vivir. Mi respuesta consiguió atemorizarme.

Tanteé la fría superficie hasta hallar la mano de mi mejor amigo, que yacía tirado junto a mí, en lo que me parecía un estado de trance. Lucía tan lejano en ese momento, casi vulnerable, y eso me hizo dudar de si estábamos cambiando. ¿Lo hacíamos? Podía ser, si me ponía a pensarlo, muchísimas cosas de esa noche marcaban una diferencia; una extraña pausa en nuestras vidas.

Se trataba de un punto, pero no uno final.

Entrelacé nuestros dedos, Reece no se inmutó, quizá siquiera se percató. Escuché esa horrorosa música volver a envolvernos; sin embargo, ya no me atormentaba o enfadaba. Ahora, simplemente se oía, como cualquier otro sonido que formara aquella tétrica escena en la que nos hallábamos. Le daba ese sabor agrio que aborrecía.

—Reece —musité—. Tenemos que seguir. Vamos. Debemos buscar a Jack…

Y ocurrió como haber presionado el botón correcto, Reece apretó mi mano helada, que contrastaba extrañamente bien con la suya, y la cual me resultaba tan cálida como un dulce día de verano. Sonará irracional, pero esa conexión que siempre había existido entre mis amigos y yo, aparentaba haberse agudizado en ese entonces porque sentía que Reece y yo estábamos más conectados que nunca. Y creía con furor que aquello nos ayudaría a dar con Jack.

Nos alzamos, colocándonos en pie y, por una fracción de segundo, solo nos miramos. Su rostro tenía marcas rojas de las cortaduras que le ocasionó el cristal al quebrarse, y el moretón que traía cuando pasó a recogerme, tal como yo lo había predicho, se comenzó a tornar morado. Me preocupé, cuando saliéramos de este lugar debía comenzar a indagar en los problemas de mi amigo, de los cuales tenía la impresión de haberme desatendido bastante.

—Por aquí.

Reece tiró de mi brazo en dirección a la entrada de la casa, la oscuridad nos dificultaba la tarea de caminar, por lo que nos estrellamos con varios objetos insignificantes que se hallaban en el lugar. Cuando nos disponíamos a subir la pequeña escalinata, una silueta corrió cual relámpago frente a nosotros. Similar a un rayo, a duras penas se apreció, pero soy consciente de que fue real. De repente, un grito agonizante nos hizo sobresaltar y contemplamos con auténtico miedo cómo la puerta de la casa se abría, dándonos la bienvenida.

No titubeé y pasé de Reece, dirigiéndome al interior de aquel caserío. Reconocí ese grito, lo reconocería en cualquier lugar y, mierda, ocasionaba que la Nishta valiente saliera a flote. Era Jack. Él constantemente conseguía que esa parte de mí que yacía oculta, reluciera y se apoderara en su totalidad de mí. Esa noche fue una de esas veces donde no temí por mí, sino por él, y eso me volvía más fuerte.

Si afuera se encontraba oscuro, adentro no existía comparación. No podía guiarme y, entonces, recordé que traía mi móvil en el bolsillo trasero de mis jeans ajustados. Lo saqué, encendí la linterna e iluminé el interior, encontrándome con pequeños destellos de lo que podrían ser las pesadillas de la mayoría de ciudadanos del pueblo.

De lejos, la casa lucía aterradora, enigmática y eclipsada. De cerca, era todo eso y más, emitía un aura sombría propia de una película de terror, en la que sabes que todos morirán, pero que sigues viendo esperando que te hayas equivocado y que termine por sorprenderte. Pero nunca lo hace. En lo que a mí concierne, no prescindía del tiempo para aterrarme y salir huyendo, no mientras Jack se encuentre adentro de este lugar.

Reece me alcanzó y, susurró débilmente en mi oído:

—Alumbra allí.

Moví el móvil en la dirección que indicaba y, antes de que mis ojos se encontrasen con el cuerpo de mi amigo sobre la cerámica, examiné el charco de sangre a unos centímetros de él. Chillé y me acerqué; sin embargo, cuando lo hice, resbalé con un líquido desconocido, o al menos así era hasta que la luz lo iluminó y todo lo que vi fue rojo: sangre. Retuve mis deseos de gritar y Reece me extendió una mano para que me levantara.

Recorrí el piso con la linterna y me alarmé. Demasiada sangre.

Seguimos avanzando hasta llegar a Jack y, cuando estuvimos frente a él, nos arrodillamos y evaluamos con nerviosismo. Se hallaba pálido y sus ojos estaban cerrados, tenía manchas de sangre en su rostro y le seguían en los brazos, como un patrón. Sin embargo, no detecté heridas ni cortes. Pasé la mano por su cara, sin importarme ensuciarme con sangre —puesto que ya había me había manchado con la misma—, y, en efecto, no existían cortes ni ningún tipo de heridas.



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En el texto hay: misterios, romance, suspenso

Editado: 16.07.2018

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