Rune: el semidiós del amor

(1) ACCIONES TARDÍAS

Un escalofrió recorrió por todo mi cuerpo, aunque no era vez la primera vez que presenciaba esto, jamás me iba a acostumbrar a ver a alguien morir.

Miré a aquel hombre que se encontraba frente el cadalso. La parte del pantalón que cubria sus rodillas ya estaba desgastada por suplicar por su vida. En su mirada ya no estaba la confusión que observé cuando el robaba en frente mío. Ahora era resignación.

Dio un paso al frente para subirse a la caja, sus manos en los costados tiritaban, no sabía si se debia por la nieve que caía o por lo que le esperaba. El verdugo más viejo que teníamos en el palacio, posicionó la cuerda alrededor de su cabeza, pero a el hombre, ya no le importaba lo que estaba pasando, solo tenía ojos para la mujer expectante que lloraba con su bebe en brazos. Los demás espectadores compartían distintas emociones; asombro, indiferentes y unos pocos aplaudían alabando la acción de la reina.

Cuando el verdugo se preparó para patear el cajón que mantenía al hombre de pie, giré la cabeza para no ver, pero no tardé en sentir su fría mano en mi mentón dirigiendo mi vista hacia el espectáculo.

—Vista al frente — Dijo mi madre sin mirarme.

Regresé la mirada, el cajón dejó de sostener al hombre dejando todo el peso de su cuerpo en su cuello. El silencio reinó hasta que la mujer soltó un sollozo desgarrador abrazando firmemente a su bebe como si fuera lo último que le quedara.

El peso de la muerte de todos los que pasaban por ahí parecía no afectar a mi mama, pero para mí no era más que otra carga, eran pecados que no me correspondían, pero muertes que quizás pude haber evitado.

Mi madre se dio la media vuelta, yo pronto la seguí sin apurar, a comparación de los guardias que fueron detrás de ella como perros. No tardó en subirse a su carruaje propio, con ayuda de sus doncellas. No solíamos compartir espacio, ni palabras, eso a ella jamás le gustó, de hecho, viviendo en el mismo lugar, solíamos comunicarnos por cartas.

Mi carruaje se hundió bajo el peso de las tantas capas de mi vestido, esperamos a que el carruaje de mi madre avanzara primero. La pequeña ventana me permitió observar como el público se retiraba de ahí, ninguno con horror en sus caras. Una silueta humana se divisó contra la multitud, al agudizar la mirada quede perpleja. Un hombre sin camisa y no parecía afectarle el frio, incluso cuando su cabello ya estaba blanco por esta. Intente mirar más cerca, pero los caballos comenzaron a galopear, y el hombre había quedado atrás. Confundida, llegue a la conclusión de que era un loco, de esos, sobraba en el pueblo.

El palacio no estaba a más de siete minutos de ahí, mi madre amaba montar este tipo de escenas en el centro de la ciudad, frente a todos. Decía que los ladrones que robaban a la corona no merecían llegar al calabozo. Quizás en otro mundo podría estar de acuerdo, pero al menos aquel hombre había tocado el cadalso por necesidad, por un misero pan.

Estaba tan sumida en mis pensamientos que había comenzado a apretar mi vestido fuerza, dejando una pequeña zona de tela arrugada, incluso mis ojos ya se estaban secando, pestañeé lo necesario para que esto no pasara y miré al exterior, ya las puertas para entrar al palacio se estaban abriendo.

—Buenos días, alteza — Dijo Miriam mientas ayudaba a bajarme del carruaje —. Le recuerdo que debe prepararse para las clases de francés en una hora.

Asentí, cambiando mi estado de ánimo a uno menos emocional, y comencé a avanzar a paso lento mientras la conversación aún seguía, mis tres doncellas comenzaron a seguirme.

— Si, gracias Miriam, pero primero debo leer las cartas.

— Oh, claro, princesa —Dijo Fiona adelantándose —. Recibió cinco cartas, y una es de...

No terminó su frase, como si estuviera en un conflicto interno entre decirlo o no, pero Lily lo hizo por ella:

— De su madre, alteza.

Suspiré con pesadez, cualquier carta que llegara de mi madre, era por una mala razón, y eso todas lo sabíamos.

—¿Crees que sea por su cumpleaños? — Dijo Fiona de forma curiosa, pero Miriam la calló al instante.

Antes de llegar a la puerta que daba con mis aposentos, mire a Lily y ella asintió, no permitió que ninguna de las tres entrara a mis aposentos más que yo.

—Acá estaremos, si es que necesita algo, su alteza — Hizo una reverencia y las otras dos la imitaron.

Entré a mi habitación y en mi escritorio estaban las cinco cartas esperando a ser leídas. Antes de tomar asiento ya había decidido que leería la de mi madre al final.

Dos trataban del estado de salud de mis tíos, otra era la invitación para ser la dama de honor de mi prima y como me prometí, abrí la de mi madre

Escribo con el propósito de informar que el dia 22/01 del presente año se realizara un baile de cumpleaños con el fin de encontrar a el indicado para que pida tu mano, ese dia asistirán personas con títulos relevantes, más vale que te comportes; tu conoces bien la razón de esto.

Cumplirás diecinueve años y aun no tienes un pretendiente, lo cual es una falta de respeto hacia la corona, y juro por la memoria de tu padre que este año contraerás matrimonio.

Reina Montclair

La carta se arrugó bajo mi mano.

Hoy era ese dia.

¿Había entregado la carta tarde apropósito?

Ella jamás quiso celebrar mi cumpleaños, a mí tampoco me interesaba hacerlo. No se puede extrañar lo que nunca se tuvo. Un nudo se formó en mi estomago al pensar que quizás hoy conocería a mi futuro esposo, y eso no me gustaba para nada; cercanía, caricias no deseadas, heredero.

Incluso si ella hubiese mando la carta antes, jamás podría evitar ese acontecimiento, seguramente ya estaban preparando el salón ahora mismo.

Alguien golpeo la puerta.

—Adelante.

—Lo siento alteza, sé que quería tiempo a solas, pero su madre ordenó que vista este vestido hoy —Dijo mientras Fiona y Miriam intentaban que este entrara por la puerta—. Sus clases de francés se cancelaron.



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En el texto hay: don, heredera, dioses

Editado: 17.02.2026

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