Saga de Narcóndez: El Dios del Mal.

Capítulo 4: El experimento de Xeliok

En la casa de Ferehan, Minerva que estaba sola en esos momentos intentaba por vigésima novena vez desatarse de unas cuerdas que estaban bien atadas. Sus manos y muñecas ya doloridas, pero estaba intentando con paciencia arrancar o destrozar las cuerdas.

Quizá llevaba tres horas y media intentando arrancar cada cuerda que la tenía amarrada de las muñecas, y que con sus uñas estaba rompiendo y arañando cada minúscula cuerdecilla hasta que vio que no había tanta presión y podía doblarse más y salir de la silla en donde se encontraba antes maniatada.

Pudo tirar la silla fuera y salir de ese infierno teniendo más espacio que antes. La puerta encima también estaba cerrada e intentó forzarla, pero veía que no era posible, y buscó una ventana o cualquier cosa por donde salir.

Al fondo de todo el bosque oyó un ruido y quiso gritar hasta que vio que era Xeliok que se acercaba, tenía menos tiempo y menos salidas que una ventana que daba a una altura de treinta y ocho metros de altura.

No pareció atreverse a tirarse por la ventana, pero cogió una madera de la silla que había tirado y se había partido, tenía una punta afilada, quizá si se atrevía a clavarle en el pie o en la rodilla podría escapar mientras se entretenía con el dolor.

Oyó los pasos que no se ocultaban en querer no hacer ruido, la puerta de la habitación donde habitaba los mayores horrores de Minerva iba quitándose el seguro y se abría una nueva forma de salir, vio como Xeliok entraba en la puerta, y Minerva salió de su escondite corriendo, a lo que Xeliok sonrió y la esquivó y la hizo tropezarse con el pie.

—Bien ver que tienes todavía fuerzas para la segunda ronda, Minerva. Eso me alegra, y a la vez me entusiasma que quieras engañarme —comentó mientras los cuatro niños que habían aceptado ir con tal de que no hiciera daño a Plent—. Es más, estos niños se sienten tan identificados con tu situación y quieres compartir tu destino de perfeccionarse.

Minerva se alejó de Xeliok con miedo y él cerró la puerta tras de sí con llave y miró con esos ojos de color azul penetrantes a Minerva.

—Deberían saber que aquí solo saldrán los más fuertes —cogió la madera con la que había intentado clavar a Minerva y todos observaban los movimientos de Xeliok.

Miró a todos y cada uno; y sin aviso ni previsión clavó a uno de ellos en la cabeza la estaca de madera tan rápido que cayó al suelo sangrando y muriendo. Todos se taparon la boca y Minerva gritó con desesperación.

—Ya tengo la sangre.

Cuatro en la sala esperaban un destino horrible y querían salir, pero sabían que si se movían morirían igual, no deberían haber aceptado, pero era todo por su maestro. Y frente a Xeliok tenían la ventaja de que tenían poderes.

Debían salir de ahí antes de que matase a todos. Los horrores de esa habitación acababan de empezar.

Uno de ellos tocó a Xeliok por la espalda, y Xeliok notó la mano de ese niño que le convertía en piedra al tocarle, éste le agarró del cuello al niño aunque con el descontrol se le endureció la mano y también se convirtió en piedra. Xeliok le soltó mirando a todas partes buscando un arma a escondidas, y también cogiendo el dispositivo que utilizó contra Plent.

Con un cristal que cogió del suelo desperdigado y sus dispositivos en su chaqueta, no tuvo compasión por los niños que se enfrentaban al doctor, y colocó disimuladamente los dispositivos en cada uno y pulsó el botón. Después de que ellos se dieran cuenta por el dolor que pervivieron en su cuerpo se distrajeron, y Xeliok dio con mucha fuerza y degolló al niño que había convertido parte de su espalda y su mano en piedra.

Este no podía respirar y toda la sangre manchó la madera en un río enorme que acabó muriendo ahogado en su propia sangre hasta caer al suelo y fallecer.

Tres en la sala, otra saltó encima de Xeliok después de que matase a su hermano y le clavó un cuchillo en la espalda, Xeliok a pesar del dolor sonrió. Parecía masoquista, pero era porque se había pinchado para sentir menos dolor, y giró su hombro y el niño que estaba amarrado al cuello de Xeliok cayó. El niño sacó un cuchillo más largo de su cuerpo y quiso clavárselo, pero Xeliok fue rápido y lanzó el cuchillo que le había clavado el niño en la espalda y le dio en la cabeza muy rápidamente.

Este se quedó con los ojos mirando al infinito y cayó sentado muerto. Xeliok pudo apreciar que su mano de piedra ya estaba como antes, y respiró aliviado. Se giró y entró en contacto con Lir.

Esta no le paró de mirar, Xeliok sonrió y quiso moverse hacia ella, pero no podía. Vio en sus ojos rosas algo que no había visto, le había paralizado mucho antes de que le mirase, pero no lo suficientemente rápida fue como para pararle, supuso que se había quedado perpleja y sin saber que hacer por ver cómo iba matando a sus amigos y hermanos.

La sonrisa de Xeliok desapareció con Lir que le había paralizado cada músculo de su cuerpo, ya ni hacía falta el chico que convertía en estatua a la gente, sino que ella era perfecta para Xeliok. Tenía el botón a mano, aunque no podía moverse, solo relajarse o contraer sus músculos.

Lir cogió de la mano a Minerva y se dispuso a salir con ella, y Xeliok refunfuñó, no debía dejarlas salir, tenía que infringirla dolor de alguna manera. Pero con el botón en su mano y no poder mover la mano, era imposible pulsarlo.

Y se le ocurrió una posibilidad, se relajó su cuerpo, sus dedeos, los músculos de la mano se relajaron y se fue resbalando el botón tal como había pensado. Se rompería el botón, pero se pulsaría antes de romperse. Era un precio que realizar ante tal majestuosa estrategia de esa niña, era perfecta.

El botón se resbaló a medias de que ya estaban saliendo por la puerta de la habitación. Y se pulsó el botón y se rompió al tocar el suelo, el dolor que sufrió en esos momentos Lir fue enorme que cayó inconsciente. Xeliok podía volver a moverse a su voluntad, miró a Minerva y ella salió corriendo de ahí huyendo lo más rápido que podía.




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