Salir del abismo

16

Desde su desencuentro con Carmen, esta no había vuelto a la tienda, tampoco la llamó por teléfono como solía hacer cada tercer día. Las primeras horas luego de confrontarla, Josefina respiró tranquila, pero cierto remordimiento continuaba masticando su interior; no le permitía estar en paz, empeñado en arruinar cualquier intento de sentirse conforme con su actuación. Al fin y al cabo, Carmen era lo más cercano a una amiga. Era muy habladora, pero también esa persona que no se iba cuando los demás lo hacían. Permaneció cuándo murió Erasmo y ella dejó de ir al templo por semanas. Las demás, las del grupo de oración donde se conocieron, todas dejaron de visitarla o llamarla. Carmen se quedó, a pesar de los días donde Josefina no podía ni articular palabra.

Se encontró extrañándola, no tanto su presencia, más bien la idea de que podía ir con ella y ser recibida.

—Seño, ¿se anda quedando dormida o por qué tan callada? —Alana la miraba con esa sonrisa suya.

La muchacha estaba de pie, sosteniendo el trapeador con el que había limpiado el suelo de la tienda.

Josefina correspondió el gesto y suspiró.

—Cosas de vieja, hija. Se me va la cabeza y ya no sé cómo regresar.

—Ya sé cómo dice —afirmó la joven, elevando el dedo índice extendido, como si hubiera encontrado la verdad del universo—. A mí me pasa en las noches, mientras estoy con los ojos pelones. Nomás viendo el techo.

—¿Tienes problemas para dormir? Si aquí trabajas tanto.

La muchacha sonrió apenada, bajó la vista y se balanceó un poco sobre su eje, aferrándose al trapeador.

—No es tan fácil cuando los demás se acuestan bien noche. Mi casa es chiquita y mi mamá y su esposo trabajan en el turno de la tarde. Me cuesta dormir con tanto ruido que hacen.

—¿Y tu hermano?

—Ese siempre anda fuera. También llega bien noche, nomás le gusta que yo esté temprano en la casa.

El agrado por Alana no le impedía intuir que, bajo esa alegría, había algo frágil. Algo parecido a lo que veía en Joel cuando callaba todavía más.

—Si te quedas con sueño puedes dormir siesta en tu hora de comida. En el sofá cabes bien y está muy cómodo.

—¡No, que pena! —Alana rio con cierto nerviosismo en su gesto—. No se preocupe, así estoy bien.

Josefina no insistió, había quehacer en la casa y optó por esa mañana, permitir que Alana se encargara sola de la tienda. Lo hacía muy bien, ya sabía de memoria todos los precios, se aseguraba de que el polvo no se acumulara sobre la mercancía y con los clientes era amable. Podía irse tranquila: Erasmo estaría conforme con la muchacha y, podía presentir, que también Adela.

Más tarde, mientras doblaba unas blusas, tuvo la sensación de que la casa se estrechaba de pronto, dispuesta a aplastarla con sus muros anchos de adobe. Con la mano sobre el pecho, se sentó en una de las sillas del comedor. Permaneció ahí minutos infinitos, sin apartar la mirada de las prendas dobladas sobre la mesa. Cuando por fin pudo terminar la labor, regresó a la tienda.

Alana miraba su celular, sentada sobre un banco alto. Sus codos sobre el mostrador estaban relajados. Había motivo, era de esas horas en las que llega solo el silencio.

—¿Te gustaría comer afuera?

—¿Y Joel? —preguntó, tras dejar su celular en la superficie del mostrador y girar medio cuerpo hacia ella.

—No vino ayer, no creo que lo haga hoy —dijo, dejando escapar una melancolía de la que se deshizo al instante—. ¿O tú crees que sí?

Por el gesto apesadumbrado de Alana supo que no. Con pesar, la vio desviar la mirada, huyendo de la verdad que ambas sabían. Entonces reafirmó la idea que le había cruzado antes por la cabeza.

—¿Te ha dicho por qué no viene?

El cuestionamiento captó otra vez la atención de su acompañante.

—No me dice mucho, ya ve cómo es. No sé si le cuesta hablar o le cae mal la gente. A ratos lo veo bien menso, otras bien odioso y luego…

Josefina aguardó, interesada, pero a Alana se le ahogaron las palabras en la boca.

—El caso es que es bien raro, yo digo que ya no le insista, seño. Ya sabrá él si hace caso o sigue de pendejo pasando hambre.

—Tampoco me gusta que duerma en el suelo.

Alana chasqueó la lengua, restándole importancia.

—En peores lugares ha de haber dormido. No se preocupe tanto, seño. Le va a hacer daño y este es bien arisco.

Lo último le causó gracia y ternura a la vez.

—Se han hecho buenos amigos.

La declaración causó que una risa nerviosa sacudiera levemente a Alana, el rubor subió a sus mejillas y ella se ocultó detrás de la evasión. Puso las manos sobre sus piernas y planchó con ellas los pliegues de su falda, huyendo de los ojos de Josefina.

—No creo que lleguemos a eso. Más bien me tiene confianza. Poquita. No crea que mucha.

—Vamos a comer y me sigues platicando —acotó, poco dispuesta a permitirle negarse.

La duda volvió a surgir en el semblante de la muchacha, no obstante, tras un dialogo consigo misma, asintió entusiasmada. Comieron en una rosticería y subieron por la avenida hasta que Josefina detuvo sus pasos frente a una tienda Milano.




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