Salir del abismo

17

Unos pasos bastaron para que Joel se detuviera en seco; todo se veía como un revoltijo donde nada se acomodaba, ni él. No era la primera vez que sentía el aire insuficiente de aquella manera, lo hacía sentir preso de una trampa en la que por más que quisiera no podía evitar caer.

Inhaló y miró atrás, justo para ver a Alana salir de la tienda. Sus miradas se cruzaron; en la de ella había un huracán. Para huir cortó el contacto, reanudando su marcha. Escuchó las suelas de los zapatos femeninos contra la acera y, enseguida, el empujón en la espalda, junto a ese «¡Pendejo!» que le taladró los oídos.

La mochila recibió el impacto, pero la furia marcó su piel, aunque la fuerza fuera la de una brisa, incapaz de afectar su equilibrio.

No avanzó y se giró. Ella siguió golpeándolo; al abdomen, al pecho, a lo que alcanzaran sus puños pequeños. Comenzaba a ser molesto.

—¡Eres un pendejo! ¡Hiciste llorar a la seño! —Con cada arrebato, los impactos perdían potencia—. ¿Qué te sucede? ¿Por qué no puedes dar gracias y ya? ¿Por qué tienes que ser tan idiota?

—¡Ya pues! —exigió, picado por tanto reclamo. De un manotazo apartó las manos de Alana, dejándola quieta en apariencia—. ¡Déjame a la verga! Yo sé lo que hago.

El pecho de ella bajaba y subía exigiendo oxígeno. Sus ojos enrojecidos lo apedrearon. Eran al mismo tiempo los del juez y el verdugo; tenía el cuerpo rígido, listo para volver a golpear.

¿Qué vas a saber? Eres un animal. No… —sacudió la cabeza, sin aire—. Los animales sí saben agradecer —se interrumpió—. ¿Quién te crees? —preguntó, con la voz quebrada—. Hasta me estabas cayendo bien, pero eres… —Sorbió; el aire parecía faltarle—. No te creas tanto.

Señaló sus zapatos.

—También a mí.

Joel la miraba desde su altura. Sus ojos cayeron hasta los pies de la muchacha para luego volver a su mirada. No sabía qué esperaba ella, o tal vez sí, muy en el fondo: algo que él no podía darle porque su cuerpo a veces no le pertenecía; ni su boca ni sus palabras. Era todo de un ser miserable. Solo quería irse de ahí, bien lejos, volver a un lugar que ya no existía para él.

Desvió la mirada a un lado, ignorando el rostro y arracadas que le gustaba ver, pero no ahí, no así. En un silencio burdo, dio media vuelta.

—¿Te vas así nomás?

Al cuestionamiento siguió el golpe seco del pie de Alana contra el suelo; una pataleta.

—¡De verdad eres un mugroso!

Fue lo último que escuchó, antes de perderla.

Por las siguientes horas dio vueltas erráticas de una calle a otra, nada más para no parar. Veía la luz de los faroles quedar atrás, uno tras otro se desvanecía sobre su cabeza para dar paso al siguiente. Unos eran amarillentos, los que daban más calor. El zumbido de los motores y los ladridos de perros se volvieron una melodía acompañándolo.

El hambre no cabía en su estómago contraído, no obstante, los pies comenzaban a pesarle. Había sido un día infernal, carga tras carga en La casita. Esa noche, por primera vez, había ido con ganas de perderse en el descanso que le brindaba el suelo de la bodega.

Entonces se detuvo de pronto, igual a un metal atraído por el negocio de venta de licor abierto. Terminó frente a la caja. La empleada mal humorada le exigió el monto sin quitarle la mirada de encima; no era una amable, la conocía bien: era la misma de Alana, la misma que tantas veces vio en otros. Le gritaba “Lárgate ya”.

Pagó con lo que le quedaba en los bolsillos la botella de licor de caña. Ya no tenía para comprar ni un taco… tampoco le importaba. La botella pesaba poco en la mano. Solo necesitaba un lugar donde nadie lo molestara: sin obsequios, sin cobijas, sin una muchacha fustigándole la cabeza con gritos.

***************

Mis bellas lectoras. Este es un capítulo muy corto y me disculpo por no subirlo junto al anterior. Espero que les haya gustado y que no les cause mucha decepción Joel; al final, él no es Ramón y por algo se quedó hundido mientras su hermano hizo todo lo contrario. Le costará muchisímo más levantarse. Y Josefina, bueno, ella también tiene que deshacerse de lo que le pesa.

Un abrazo enorme!!




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