Josefina se sentó en el sofá de su casa. El mullido mueble recibió y se adaptó a su cuerpo como un viejo amigo ofreciendo su hombro. Suspiró para recuperar el aire que se le había escapado. Si bien no pudo evitar el derrame de sus ojos, ya había, de alguna extraña manera, vuelto a la calma. No cerró la puerta de la tienda porque Alana estaba cerca, o eso esperaba. No se equivocó, la muchacha entró unos minutos después vuelta un torbellino.
Al verla, sus pasos se hicieron más lentos hasta detenerse a su lado. Luego, envuelta en el silencio reverente con el que Josefina contemplaba la puerta de la habitación de Adela, se sentó en el mismo sofá.
—Ya cerré la tienda, seño —dijo, buscando sus ojos.
Sin embargo, ella siguió viendo aquella puerta que le parecía un abismo.
—Entonces ya puedes irte, hija. No quiero que se te haga muy tarde.
Alana no dijo nada, pero Josefina la escuchó respirar más profundo de lo normal.
—No quiero dejarla sola. Menos con la grosería que ese le hizo. No tenía por qué. Es…
—Déjalo —la interrumpió. Seguía sin verla.
—No es justo, usted nomás lo quiere ayudar.
Inhaló hondo al escucharla. Era verdad, eso quería, pero se había olvidado de lo más importante:
—No se puede ayudar a quien no lo quiere ni lo pidió. Debería… —Otra bocanada de aire a sus pulmones le dio el valor para encarar a la muchacha—. ¿Quieres cenar conmigo? Te doy para que te vayas en taxi a tu casa después.
—No… Sí me quedó a cenar, pero no me pague nada.
—Si es así quédate a dormir…
—No. No puedo.
—Te meterías en problemas.
—No es eso… —Alana dudó y Josefina supo que, en parte, era eso—. Me da pena.
—Hay algo que debo hacer… que debí hacer hace mucho. Me vendría bien la compañía.
No era justo poner a Alana en esa encrucijada, pero fue un deseo que salió de su boca antes de que pudiera razonarlo. La observó y vio la duda en sus facciones contraídas y los ojos aun enrojecidos por lo que fuera que hubiera sucedido en la calle con Joel.
Josefina no sabía si quería saberlo. Cuando él le había increpado que no era su hijo, el crujido en su pecho resonó de tal forma que el eco seguía en sus oídos. No obstante, sentía que otra vez podía escuchar aquello que llevaba tiempo silenciando.
—Me quedo a ayudarle. Voy a avisarle a mi mamá.
La muchacha fue a la tienda por su bolsa y Josefina se dirigió a la cocina. Había cocido frijoles. Los calentó y colocó algunas tortillas en el comal caliente. Mientras tanto, Alana regresó y sin que se lo pidiera, comenzó a preparar el café para las dos.
Cenaron sin hablarse ni mirarse… dejando al tiempo desvanecer lo que se agitaba en el ambiente.
Al acabar, limpiaron entre las dos la cocina.
—¿En qué quiere que le ayude? —preguntó Alana.
Josefina la miró a los ojos. No se había dado cuenta de que ya no estaban en el mismo sitio. Frente a ellas, la puerta de la habitación de Adela se hacía cada vez más grande. La tragedia que había ocultado detrás era tan abismal que era imposible no sentir que caía en un agujero al estar tan cerca.
—Aquí…hace falta limpiar. Tengo que sacar muchas cosas.
—¿Ahorita?
Era noche, estaban cansadas, pero Josefina sentía que era la única oportunidad. No creía volver a reunir el valor para hacerlo si dejaba pasar un día más.
—Era el cuarto de mi hija. No lo abro desde hace tiempo. Lo hice para que Joel durmiera ahí solamente.
Los ojos de Alana parecieron captar el significado de cada escena detrás de las palabras. Se aproximó a ella y la sostuvo del brazo, como si adivinara que la fuerza la estaba abandonando.
—Yo le ayudo. ¿Quiere que entre primero?
“Sí” gritaron sus ojos, aunque su boca permaneció cerrada.
Al abrir la puerta Alana, ese día contenido en cuatro paredes salió cual tormenta de nieve, congelando todo a su alrededor. Entró siguiendo a la muchacha. Cada cuadro visto tomó vida en su mente: Adela tendida en la cama, sin moverse. Un golpe que cayó antes de acercarse y comprobar si respiraba. El mal presentimiento con el que había despertado aquella mañana se hizo real: tan palpable que dolía. Lo supo al notar el líquido rojo que manchaba las sábanas. Las muñecas abiertas, torpes, como si hubiera dudado. En la mesita de noche, los frascos vacíos de pastillas volcados de lado.
—Mi hija murió aquí —exclamó, casi en un sollozo.
Alana no habló, solo se quedó viéndola. No la culpó, ¿quién sabe qué decir en realidad?
—No he cambiado las sábanas ni nada desde entonces. ¿Me ayudarías a hacerlo? —preguntó, consciente de que la ayuda ofrecida antes fue sin que Alana supiera la verdad.
—¿Qué quiere hacer con las sábanas y la manta?
—Tirarlas.
—Entonces voy por bolsas de basura —dijo la muchacha y salió.
—También trae una caja de la tienda, de las pequeñas —pidió ella, antes de que se alejara lo suficiente para no escucharla.
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Editado: 19.01.2026