Salir del abismo

19

Por tres días, Joel no se acercó a La Casita. Aún recordaba la advertencia de Hernán; de aparecer con rastro de ebriedad, no tendría otra oportunidad. Y tampoco podía prescindir de ese empleo. Sin papeles, sin domicilio… sin nada. Sin dar la cara, al menos podía intentar engañarlo con alguna enfermedad ficticia… quizá lo suyo en realidad lo era.

En ese lapso, más grave que en otras ocasiones, vivió en una realidad alterna. No robó, pero estuvo más cerca que nunca de hacerlo. No era fácil estar en una ciudad para la que todavía era un desconocido; no había vecinos que lo hubieran visto crecer y le guardaran aprecio por eso, no estaba su hermana que siempre le daba algún billete… ni el plato que su mamá le ofrecía sin falta pese a sus excesos.

Costó demasiado volver a conectar una idea con otra, pero por fin la mente se le había despejado, aunque el hambre competía con la deshidratación en su organismo.

Llegó muy temprano al negocio. Aguardó más de media hora hasta que vio el Tsuru destartalado de Hernán aparcar en la acera de enfrente. Este lo vio al bajar y el gesto relajado se le tornó de piedra.

—Milagro que te apareces, cabrón —soltó, tras cruzar la calle en dirección al portón de La Casita—. Pensaba que ya te habías vuelto a tu tierra.

No aguardó respuesta, siguió en lo suyo como si Joel no estuviese ahí. Sacó las llaves del bolsillo del pantalón y las colocó en el candado.

Mientras lo hacía, Joel se aclaró la garganta. La vista fija en el suelo no le permitía ver la expresión del hombre.

—Me… Andaba malo.

—¿Malo, eh? —bufó Hernán, empujando una de las puertas de lámina hacia adentro—. A otro pendejo con esa excusa.

Joel hizo lo mismo con la otra puerta, pero ante la afrenta, no pudo evitar clavarle los ojos. Agarró el aire que pudo para no responderle igual. Sin embargo, Hernán pareció darse cuenta de lo que había provocado.

—¿Y de qué andabas malo pues? —preguntó, elevando la voz un poco.

—De algo…

La mueca de Hernán era pura incredulidad, no obstante, resopló y de un cabeceo lo invitó a seguirlo dentro. A la oficina.

—Estoy solo con Lupe hoy y viene un camión de blocs. Si no, cabrón, aquí no vuelves. Si no es caridad.

—¿Y el Dylan? —preguntó, sin lograr disimular la curiosidad.

—Ayer no vino. Hoy no creo que se aparezca. Igual ya lo iba a correr: sé la pasa haciéndose pendejo, tirando hueva casi todo el turno.

No lo extrañaría, pero su cabeza no pudo evitar proyectar la imagen de Alana. Desde lo ocurrido, dentro suyo había dos voluntades compitiendo por ganar: una anhelaba asomarse a la tienda y la otra olvidarse de que alguna vez existió. Seguir bebiendo hasta ahogarse.

Ese día, se concentró en cargar material sin atender al malestar de sus músculos, ignorando que su cuerpo entero no quisiera cooperar. Obedeció una a una las instrucciones de Hernán y tomó toda el agua que pudo del dispensador en la oficina. Llenarse las tripas de líquido amortiguaba el sonido a vacío que emergía de su abdomen.

—¿Y eso qué no fuiste a comer? —le preguntó Lupe, cuando entró a la oficina por lo que era el octavo vaso del turno.

—Al rato —respondió, volteando a un lado para que la mujer no viera la mentira en sus ojos.

Ella levantó una ceja y sonrió con una sorna a la que Joel se había acostumbrado.

—Toma —le dijo, luego de agarrar una bolsa de plástico con algo dentro—. Un tamal que me sobró del almuerzo.

Joel no lo pensó, tomó el alimento y agradeció con un cabeceo.

—Ojalá viniera otra vez la señora de la tienda. Todavía me ando saboreando las empanadas que nos trajo —finalizó la mujer, antes de que él pudiera irse.

Al escucharla, se le recrudeció la pesadez en la boca del estómago. Se despidió de la mujer. Solo restaban veinte minutos para salir y no había mucho qué hacer, así que se sentó en un balde a comerse el tamal. No bastó para saciarse. A cambio, logró que pensara en usar el pago de ese día para obedecer el impulso primitivo tan arraigado en él.

Así lo hizo.

Salió de la licorería con la botella en la mochila y las manos picándole; la boca seca le exigía el primer trago, pero antes debía encontrar un lugar adecuado. Las anteriores noches se había visto obligado a moverse de un sitio a otro, entre sombras y basureros improvisados, resguardándose como lo haría un animal acorralado. Había acabado con la tranquilidad de algunos transeúntes; un guardia lo corrió de la esquina del negocio que cuidaba. Trago tras trago. Y no más.

Deambulando en busca de un refugio, llegó a un terreno baldío, destinado a la construcción de alguna casa. No había cerca ni barda. Al fondo, una serie de matorrales armaban un pequeño fuerte de hierbajo y hojarasca. Tras evaluarlo, decidió adentrarse antes de ser visto por algún vecino. De inmediato, lo impactó de lleno el olor a podredumbre: había basura acumulada, orines humanos y excremento animal.

No puso atención y avanzó hasta estar detrás de los matorrales. Apartó algunas botellas de cerveza vacías y se sentó en el suelo. Sacó su propia botella y dio los primeros sorbos. El licor le quemó la garganta pero, fue ver un poco más allá, lo que le dio el verdadero golpe.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.