Salir del abismo

20

Sus pasos tomaron rumbo antes de que su mente procesara la decisión. Recordaba haber visto una clínica veterinaria cerca de la avenida; o algo que lo parecía, el letrero con siluetas de animales era todo lo que un vistazo le permitió registrar.

Tenía por delante diez cuadras de caminata, el sol estaba más bajo y el perro comenzaba a sentirse pesado, a pesar de ser un costal de huesos y pellejo.

La gente lo veía con curiosidad, indignación… asco, así que optó por parar un poco. Colocó al animal en el suelo, lo mismo hizo con su mochila y sacó una camiseta tras abrirla. Luego la extendió en la acera, a un lado del perro, y puso a este en ella; lo envolvió con cuidado de no herirlo… si es que acaso era posible. Evaluó una vez más la cuerda en su cuello, pensando si era prudente retirarla y cómo hacerlo. Negó, en plena calle no podía hacer mucho y el animal no se quejaba. Quizá le dolía ya tanto que se había acostumbrado. No gruñía, no emitía ningún ruido más allá del respirar líquido y pesado de sus pulmones. Recogió todo: mochila a la espalda y el perro a los brazos. A continuación, retomó el trayecto. Le tomó varios minutos, pero por fin llegó. No obstante, frenó antes de cruzar la calle.

Era un edificio sencillo, una vivienda adaptada como centro de atención animal; con paredes de un azul limpio y un letrero blanco sobre la puerta anunciando el tipo de negocio. Dos personas salieron antes de que Joel se atreviera a acercarse: un hombre mayor y una mujer. Hablaban entre ellos mientras el hombre echaba llave a la puerta y cerraba la reja de protección. La mujer sonreía contándole alguna anécdota y él la miraba con interés, desviando los ojos ocasionalmente para no equivocarse en su tarea.

Joel los observó. Tan solo debía cruzar, pero se quedó pegado al pavimento. ¿Qué les iba a decir? ¿Cómo iba a justificar a ese animal medio muerto que cargaba? ¿Cómo iba a pagar? Dejarlo y salir huyendo le pasó por la cabeza. Miró al perro y apretó un poco los dedos sobre las costillas. Aún respiraba. De nuevo miró hacia la clínica veterinaria. Acercarse habría sido suficiente, pero no pudo. Contempló a la pareja irse y desaparecer al doblar la esquina sin que ellos se enteraran de su presencia.

Comenzó a sentir los piquetes en la carne, viejos amigos que antecedían a un acto de huida, o evasión.

«Me lleva…».

Solo quedaba otro lugar, la cara le ardía al pensar en volver. No quedaba de otra, era eso o arrojar al perro como lo hizo su verdugo. Y él no quería ser así, en mucho tiempo no había deseado algo con tanta necesidad. Al llegar ahí, prefirió no entrar con el perro. Lo dejó acostado sobre la camiseta en la acera a un lado de la puerta.

Alana estaba en la tienda aún; perdida en la pantalla de su celular y con los codos recargados sobre el mostrador. Antes de que pudiera articular palabra, ella elevó la vista. Sus facciones se contrajeron, luego apretó la boca y el pecho. Por último, soltó un bufido y miró a otro lado, como si pretendiera borrarlo.

—¿Está la seño? —preguntó él desde el marco de la puerta.

—Si serás. ¿Ahora qué quieres? ¿Vienes a hacerla llorar otra vez?

—¿Está o no?

—¡Qué te importa!

Tras el grito, Alana se estremeció y soltó el celular. Después, salió de detrás del mostrador mirando al pasillo que daba a la casa de la señora Josefina. Se le plantó enfrente con los ojos chispeantes y la respiración descompuesta.

—Mejor vete.

—Así le hago, me voy a la verga si me echas la mano.

—Pero que mendigo eres —exclamó ella, con los ojos cargados más allá del reproche.

Joel la tomó de la mano y la sacó de la tienda. Ella no opuso mucha resistencia. Afuera, señaló al perro.

—¿Qué le hiciste?

—Yo no le hice nada—aclaró, indignado—. Nomás quiero que lo curen… No traigo mucho varo.

—Y quieres que la seño te preste. ¿Dónde te lo hallaste? Pinche Joel… Me caes re mal. —Al decirlo, se le aguaron los ojos. Fue rápida y se limpió de un manotazo.

—¿Alana?

La voz de Josefina los hizo mirar a la tienda. La muchacha buscó de nuevo sus ojos y él desvió la mirada. Por un breve instante, sintió que había hecho suficiente, que podía irse. Sin embargo, sus piernas se quedaron ancladas.

—¿Hija? —Josefina salió de la tienda—. Joel, aquí estás —dijo al verlo.

Sin reproche sin efusividad… sin asombro. A Joel aquello le dio respiro.

—Seño… ¿Cómo está?... Ando corto y…

—Ya dile que quieres que te preste dinero para curar a tu perro.

—¡No es mi puto perro!

Entonces, Josefina supo a lo que se referían. Se acercó y un gesto de espanto se mezcló en su cara con la pena.

—¡Por Dios! Pero qué hace ese animal ahí. ¿Tú lo trajiste, Joel?

—Me lo encontré.

—Tráelo adentro —pidió ella—. Hay que atenderlo.

Obedeció y, tras levantar al perro del suelo, la siguió junto a Alana. Josefina dio varias instrucciones. A la muchacha le pidió llevar una mesa que usaban en el almacén. Era de plástico, pero la mujer no se quedó solo esperando y, antes de que la muchacha regresara con la mesa, ella fue a su casa. Regresó un poco después que Alana con una manta que extendió. Por último, Joel recostó al animal en la cama improvisada.




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