Salir del abismo

21

Esos días, en medio de su intoxicación, Joel había recordado a su padre, sobre todo la insistencia con que les repetía que debían hacer algo de su vida.

«Hacer algo de su vida…».

Su padre se fue antes de que él pudiera entender cómo lograrlo. Parte de la envidia que comenzó a nacerle por su hermano mayor era esa sensación de que Ramón sí lo había comprendido y de que nunca podría igualarlo. La mayoría de la gente alababa a su hermano y a él lo veían con lástima… hasta su madre lo hacía.

No se sentía bien.

Quizás por eso había dejado de importarle.

Sin embargo, más allá de la comida caliente y un techo seguro bajo el cual dormir, empezaba a entender que hay cosas que no son lujo, pero duelen cuando faltan. Extrañaba el acceso al baño como si se tratara de un lujo, también que alguien le hablara por más que él no respondiera.

Luego de acordar con Josefina regresar a dormir en la bodega de la tienda, le pidió, sin mirarla directo, que le permitiera bañarse. Le parecía que aun llevaba adherido a las ropas, y hasta a la piel, el olor a podredumbre de la herida infectada del perro. Y no solo eso, el de la basura mezclado con el humor animal seguía en sus fosas nasales, calando en su cerebro como un pensamiento de esos que solo se erradicaban con alcohol.

Agua tibia y jabón lavaron el manto de hedores que lo cubría.

Luego, al volver a ese pequeño rincón prestado donde había dormido las noches más tranquilas desde su huida, notó las bolsas de ropa que Josefina le ofreció días atrás. También estaban ahí la colchoneta y las almohadas de antes; supuso que la mujer las había llevado mientras se bañaba. Esa vez, le pareció que usar lo que le ofrecían no era tan malo. Estaba cansado, solo quería dormir cómodo. Extendió la colchoneta, acomodó las almohadas encima y se sentó en flor de loto a revisar la ropa nueva. Lo primero que sacó fue una camiseta negra con un estampado sencillo al frente en tinta blanca: la silueta de un jugador de futbol pateando el balón, detrás de él había una línea con ondas y un balón enorme.

Bufó. Odiaba el futbol, sin embargo, tuvo que ver muchos partidos en la central de abastos donde trabajaba en su ciudad natal; era una forma efectiva de conseguir cervezas gratis. Al final, la costumbre causó que odiara todavía más cualquier referencia a ese deporte. Sacudió la cabeza, se quitó la camiseta percudida y con varios agujeros, aunque limpia, que se había puesto al salir del baño, y la cambió por esa nueva tras arrancarle la etiqueta.

Removió entre las prendas y encontró un pantalón deportivo. Dormir con el de mezclilla restaba comodidad, así que se lo cambió también. La última sorpresa fueron los calcetines nuevos.

Ya ni recordaba por qué había rechazado aquello la primera vez.

En cuanto la cabeza tocó la almohada, no supo más.

Durmió varias horas, las pesadillas no lo persiguieron. Al despertar, la bodega estaba iluminada por la luz natural entrando en flechas a través de la única ventana. El calorcito de su propia cobija le abrazaba las piernas. Se levantó de un salto y cambió la ropa nueva por la vieja. No quería arruinarla en el trabajo.

Antes de irse, lo retuvo el aroma a alimento que emanaba de la cocina. Tan distinto al de la tarde anterior y que, pese al baño, había quedado tatuado en su sistema nervioso. Caminó hasta ahí.

Josefina estaba sentada a la mesa con una taza de café humeante y un plato con huevo a la mexicana servido.

—Buenos días. ¿Pudiste dormir?

Sacudió la cabeza para afirmar.

—¿Quieres desayunar? Alana no debe tardar. Hice más por ella, pero seguro alcanza también para ti.

Otra sacudida. Tímida. No acababa de entender por qué Josefina era tan amable con él. Pero esa mañana, luego de mucho, lo agradecía.

Mientras desayunaban, el timbre de la puerta hizo a Josefina levantarse para abrir en tanto Joel se quedó dando las últimas cucharadas. Cuando sus ojos se cruzaron con la recién llegada, los regresó de inmediato al plato e hizo por conservar el último bocado entre sus dientes para no emitir palabra.

—¿No saludas? —preguntó Alana, luego de tomar un plato y acercarse al sartén a servirse.

Un cabeceo le respondió.

—¿Cómo les fue ayer… con tu perro? —continuó indagando la muchacha al tiempo que tomaba asiento.

—Que no… — se calló antes de completar la frase y explicarle otra vez que el animal no era suyo.

—Como sea. ¿Vas a quedarte?

Josefina tomó su taza de café y dio un sorbo. El silencio se estableció al instante, como si el mundo aguardara la respuesta de Joel.

—Un rato —aceptó, imitando a su anfitriona con su propia bebida.

No hubo más palabras, él debía irse y fue hasta regresar que volvió a ver a Alana. Sola, en la tienda. Por la mirada que le dedicó, presintió que otra vez le reclamaría su falta de consideración, pero no fue así. Simplemente lo saludó, sin soltar su celular.

—¿La seño? —indagó él.

—En su casa. Dijo que se sentía cansada. Hablaron de la veterinaria, por tu perro. Por lo que dijo la seño, se va a salvar. Ya estarás contento.




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