Salir del abismo

22

Joel aún se debatía con la idea de hacerse cargo de aquel debilitado saco de huesos que de a poco iba ganando peso. Fue la benevolencia de Josefina la que lo convenció de al menos intentarlo. Mientras el perro se recuperaba, le permitió dejarlo dormir con él por las noches, en la bodega de la tienda. En las mañanas, lo dejaba en el patio de la casa de la mujer, en una cama improvisada a partir de una caja de cartón y bajo un tejaban que lo protegía del sol. Se aseguraba de que no le faltara agua fresca y, una vez finalizado el turno en La Casita, regresaba a limpiar lo que hubiera ensuciado y a darle de comer la comida que pagaba de su bolsillo. Josefina le había ofrecido cooperar, pero él todavía le debía gran parte de la cuenta de la atención veterinaria que ella liquidó.

No se sentía del todo cómodo con la idea de una deuda acumulada que a veces no veía forma de pagar, sin embargo, fue Alana quien le dio una solución.

—En la tienda siempre hay cosas que hacer. O mínimo ponte a barrer la banqueta. Haz algo. Si no tienes para pagar, lo haces con trabajo.

Siguió el consejo. Muchas veces sin que Josefina se lo pidiera lavaba los trastes del desayuno o la comida, en lo otro se dejaba guiar por las instrucciones de la muchacha. Encontró cierta satisfacción en hacerlo de tal forma.

Aquella tarde, poco más de un mes después de haber encontrado al perro en el lote baldío, aguardó a la hora de salida de Alana para coincidir con ella al momento de sacar a pasear al animal. Según el veterinario el ejercicio lo fortalecía; paseos cortos pues aún le costaba no cansarse rápido, por lo que Joel procuraba hacerlo a diario. Lo llevaba sujeto con una pechera y una correa. Tras el alta, el veterinario se los había sugerido para permitir recuperarse por completo la zona del cuello afectada por meses de descuido y maltrato.

Joel comenzaba a disfrutar esos paseos, solo que ese día no le apetecía hacerlo solo.

Estuvo esperando junto al perro en la acera frente a la casa y la tienda. Al ver a la muchacha salir, se acercó.

—¿Qué haces? —le preguntó ella.

—Iba a llevar a este a dar la vuelta.

—Ah.

—¿Tú… ya te vas?

—En eso ando. Ya es tarde.

Joel bajó la vista. Entonces la escuchó.

—Si quieres te acompaño. Tampoco es que tenga mucho que hacer.

Caminaron por las calles. Al pasar por una heladería, los pasos de Joel disminuyeron hasta casi detenerse.

—¿Quieres algo? —preguntó a la muchacha, señalando con un cabeceo el negocio y viéndola apenas de reojo.

—¿Me invitas? —Alana se detuvo, obligándolo a hacer lo mismo. Con una sonrisa, giró su cuerpo para quedar frente a él.

—Pos te lo debo.

—Si es por eso —dijo, seguido de un puchero leve que quedó en el aire un breve segundo—. Así déjalo.

Reanudó la marcha, pero Joel la alcanzó en un par de zancadas.

—Ándale. ¿No querías una malteada?… O no sé qué vergas.

—Te acordaste. —La sonrisa volvió a florecer en el rostro de Alana—. Nomás por eso te la acepto.

Entraron a la heladería. Ella pidió su malteada y Joel un cono de helado de chocolate. No era que tuviera muchas ganas… ni hambre tenía. Fue para no dejarla sola. Al salir de ahí, optaron por sentarse en el escalón de la misma heladería. A un lado, donde no estorbaban a la gente que entraba o salía.

No había mucho que Joel pudiera decir, solo quería estar con ella, así que la dejó hablar por los siguientes minutos.

Mientras la escuchaba, una sonrisa torcida y de labios cerrados apareció en la boca de Joel. Harto del helado que no parecía tener fin y se derretía demasiado rápido, se lo había ofrecido al perro. La voracidad con que este comenzó a dar lengüetazos lo mantenía atento a cada movimiento del animal: a cómo tragaba sin que pareciera saborear, con los ojos bien abiertos y fijos en ningún lado. No creyó que lo disfrutara, era pura desesperación nacida de que el postre le fuera arrebatado antes de que pudiera acabarlo. A él le sucedía algo similar con las palabras de Alana, intentaba entender todas, pero unas se le escapaban por más que quisiera retenerlas. Captó su enfado por un cliente que la acusó de no devolverle el monto del cambio correcto, o por la señora que solo desordenó la mercancía sin llevarse nada. Lo demás, se le perdió en el camino.

De pronto, la voz femenina se apagó entre los muchos sonidos de la calle. Pronto la sustituyó un largo trago a la malteada de fresa entre sus manos. El ruido hizo a Joel mirarla; ella se dio cuenta y levantó la ceja.

—¿Qué?

—¿Por qué te callas?

—Ni me estabas escuchando —afirmó bajando el tono en tanto estiraba las piernas y se hacía para atrás, recargándose en el pedazo de muro que había a su espalda.

—Sí estaba.

Ella negó con la cabeza y le dio otro trago a su bebida.

—Ya qué. La única que me escucha es la seño Josefina.

Joel sintió un peso caerle en el pecho y giró de nuevo hacia el perro. El animal se había terminado el helado y daba mordidas al cono de galleta.

—¿No le hace daño?




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