Los primeros minutos, luego de la llegada al hospital, una de las enfermeras que recibió a Joel se le acercó, la instó a permanecer sentada y le preguntó si iba sola. Ella asintió con un cabeceo, la voz no le salió.
—Lo están revisando, sigue consciente y es buena señal. Espere un momento por favor y enseguida vendrá el doctor a decirle más —dijo la mujer.
Su tono claro y relajado le transmitió cierta paz, pero el transcurrir de los minutos se la fue arrancando.
La sala de espera comenzó a quedarse quieta: los asientos ocupados por caras largas, agotadas por largas esperas o dolores que no eran atendidos. Cada cierto tiempo, un médico se asomaba y voceaba algún nombre. Al no ser el de Joel, el desasosiego volvía a la carga: violento y ácido.
Orar fue lo único que se le ocurrió a Josefina para ordenar el maremoto que le sacudía el corazón y la mente.
—No te lo lleves también a él... por favor, Señor. Dios. Por favor —elevó la plegaria una y otra vez. Luego rezó Padres Nuestros y Aves Marías sin orden, dejándolos fluir.
Todo se sentía insuficiente, incluso sus brazos. Aun así, era lo único con lo que contaba. Se abrazó a sí misma mientras frotaba con las palmas la frialdad de la madrugada instalada en su piel, había entrado detrás de ella como aura maldecida. La incomodidad de la silla de plástico duro, los murmullos y el caos propio de la sala de emergencias de un hospital público, y ese aroma tan característico de esos lugares, habían dejado de importunarla... No sentía nada. Solo ese peso anclado en la garganta, impidiéndole hablar o siquiera intentar sollozar como se lo exigía el alma.
Atendía a la apertura de puertas, al sonido de camillas o sillas de ruedas lejano. Pero nada le hablaba de Joel.
¿Y si se moría? La pregunta causó estragos.
Cerró los ojos y la visión, en medio de esa oscuridad plagada de angustia, era la sangre de Joel en sus manos. Se mezclaba con el recuerdo del líquido emanando de las venas de Adela de una manera que no alcanzaba a razonar.
Por fortuna, él no llegó a perder el conocimiento. Los vecinos habían salido con el alboroto de sus gritos y dos de ellos la ayudaron a transportarlo al hospital en su auto.
«Es un muchacho fuerte» se repitió, aferrándose a ese mantra, el único salvavidas evitando que la devorara el mar de la incertidumbre.
—Dios, ayúdalo —murmuró de nuevo.
—¿Quiere una galletita, madre?
Aquella voz la sobresaltó. Elevó la vista y se encontró con los ojos de un señor vestido con ropas desgastadas, pero de buen semblante, uno amable, de esos que dan confianza. El desconocido extendía hacia Josefina un paquete de galletas María recién abierto. El naranja de la envoltura destacaba en lo gris del panorama.
—Es que la veo que está aquí desde hace rato. No se me vaya a desmayar.
No se creía capaz de masticar y tragar se le antojaba imposible, se uniría con el dolor atravesado que ya le robaba el aire. Pero no quiso ser descortés, tomó una galleta. A continuación, otras dos ante la insistencia del hombre. Lo vio retirarse tras agradecerle la buena voluntad. Pasaron minutos enteros antes de que se atreviera a llevarse un bocado a los labios. Lejos de morderlas, arrancó pedacitos pequeños, remojando con saliva la masa que las conformaba. Tragó las migajas con pesadez.
Su estómago lo agradeció, pero su alma siguió hambrienta de esperanza. Por fin, la eternidad de casi una hora se acabó. Un médico de urgencias, muy joven, apareció luego de que se abrieran las puertas.
—Familiares o acompañantes de Joel Lozano.
Al escucharlo se puso de pie tan rápido que un ligero mareo la dejó sin poder dar paso unos instantes. Inhaló hondo para recomponerse y fue al encuentro del médico.
—Aquí, doctor.
La expresión del joven trasmutó de cierta indiferencia a una marcada compasión.
—Si gusta siéntese —ofreció, señalándole un asiento cercano.
Ella aceptó la sugerencia.
—Revisamos las heridas. No parecen haber afectado órganos internos. La del abdomen es superficial; el arma no llegó a penetrar la cavidad abdominal. La de la cadera también es poco profunda, aunque sangró bastante. —Se veía cansado, dio un respiro profundo antes de continuar—. Está estable y consciente. Vamos a limpiarle bien las heridas, suturarlas y lo dejaremos en observación unas horas para asegurarnos de que no haya sangrado interno. Por ahora no vemos indicios de algo grave.
—Bendito mi buen Dios —exhaló Josefina—. ¿Puedo pasar a verlo?
—Claro que sí. Solo espere a que lo pasemos al área de reposo. O si quiere ir a descansar a su casa y volver mañana.
—No, doctor. No podría. Permítame pasar, se lo ruego.
—No se preocupe, haré que la pasen cuando él esté listo. —En silencio, le hizo una seña a una de las enfermeras que seguía cerca de la puerta—. Señora, mi compañera necesita que le responda unas preguntas. La dejo con ella.
Asintió, poco convencida. La mujer, también joven, la cuestionó sobre la herida. Alcanzó a distinguir la palabra "asalto" y respondió débilmente cuando le preguntó si conocía al atacante.
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Editado: 22.03.2026