Salir del abismo

24

Las horas caían una detrás de otra, difuminadas por una sensación de irrealidad. Josefina sentía que veía todo a través de una cortina brumosa. No sabía si era demasiado tarde o lo contrario.

Abandonó el hospital en plena madrugada. Con el cuerpo pesado y el alma inquieta, tomó un taxi y, al llegar a su destino, le pidió al conductor que la esperara. Saberse sola en casa la aterraba de un modo desconocido. No era la soledad que la devoró cuando perdió a Adela… era una sensación de alerta visceral. Entró con pasos cortos, a tientas; su hogar se había transformado en un terreno pantanoso. En plena oscuridad percibía mil peligros acechándola. Encendió, con la mayor rapidez que le permitieron sus extremidades, todas las luces para no dejar ni un rincón oscuro.

Al ir a la tienda, encontró a Mañas en una esquina. El animal permanecía quieto, enroscado sobre sí mismo. Lo llamó y elevó los ojos hacia ella. Al menos seguía vivo, pensó con cierto pesar al no poder evaluar su estado más allá de eso. Enseguida, fue por lo que había ido a buscar: una cobija del guardarropa. De inmediato, y sin apagar las luces, salió rumbo al hospital.

Al llegar entregó a una enfermera las fibras de tela gruesa que llevaba apretadas contra su pecho, esperando que fueran suficiente para cubrir a Joel del frío. Le costó entregar su carga, hubiera deseado ir ella misma a cobijarlo, por desgracia no era posible.

Después, miró a su alrededor, evaluando sus opciones. Una era quedarse ahí lo que restaba de noche; su corazón lo añoraba. Sin embargo, sus huesos no se sentían capaces y seguía pensando en Alana, en la necesidad de verla llegar por la mañana. A través de una enfermera, hizo saber a Joel que volvería al día siguiente, cerca de la hora aproximada que el médico les informó que podría darle el alta.

Regresó a su casa sintiéndose incompleta.

No pudo dormir, rezó un rosario seguido de otro hasta que el sol entró y la abrazó, llenándola de la calma robada por la noche anterior. Lo primero que hizo fue ir a revisar a Mañas. El perro parecía estar bien. Josefina le palpó cada área del cuerpo que el animal permitió. Luego lo vio comer vorazmente el alimento que le sirvió. También se aseguró de que tomara agua. Lo mejor sería llevarlo con el veterinario para que lo revisara a conciencia, pero optó por esperar a Alana. Necesitaba la fuerza que le había regalado a manos llenas durante esos meses; sin ella, sentía que se desplomaría en cualquier instante.

Josefina tomó la cabeza de Mañas entre las manos para verlo a los ojos.

—Ya verás que Joel vuelve pronto a cuidarte.

El perro movió la cola por primera vez para ella.

Más tarde estaba lista para iniciar el día. Aguardó unos minutos antes de que alguien llamara a la puerta. Al dirigirse a abrir, un alivio reparador comenzó a derramarse por sus venas.

No obstante, al otro lado no encontró a Alana sino a Carmen. El alivio anterior se congeló en su rostro, llenándola de frío.

—Josefina… Ay Josefina, me tienes con el Jesús en la boca. Vine en cuanto supe, todos se enteraron. Qué espanto, ¿cuándo se había visto tanto delincuente suelto? Vamos de mal en peor. Vi la tienda cerrada y pensé lo peor… No sabes cómo le pedí al Señor que estuvieras bien. Ya sabía yo con tanto robo que un día te tocaría…

Un suspiro pesaroso escapó de los labios resecos de Josefina. Supo, por educación y por el recuerdo de una amistad añeja, que correspondía dejarla pasar.

—Pasa. Estoy bien.

—Bien no te ves —gesticuló la mujer, con esa exageración tan suya.

—Solo estoy cansada, pasé la noche en el hospital.

—Eso supe, que había alguien aquí... un joven. ¿Qué ha pasado, Josefina? ¿Quién es ese joven? —indagó viéndola a la cara.

—Es un muchacho al que estoy apoyando con techo.

—¿Solo con eso?

—Y comida. Está solo, no tiene a nadie y en La Casita no debe ganar mucho.

—No me digas que es uno de esos viciosos que contratan últimamente.

—No es eso.

—¿Qué hombre de bien trabaja en las condiciones de ese lugar?

En medio de esa charla llegaron a la cocina. Josefina decidió obviar los prejuicios de Carmen; que una vieja como ella cambiara sería un milagro, pensó.

—¿Te sirvo un café? —preguntó a su visitante.

Carmen aceptó y tomó asiento en la mesa mientras Josefina ponía agua a hervir en una olla.

Por unos segundos, el silencio volvió a reinar. Fue un breve lapso, suficiente para que la angustia renaciera en su pecho: Alana no llegaba… y siempre había sido puntual.

—¿Me vas a contar?

Intentar ocultar los detalles que Carmen exigía era imposible para Josefina. Además, la ausencia de la muchacha quizás se amortiguaría con el parloteo de la mujer. Incluso, se encontró agradeciendo su compañía… No quería estar sola.

Habló de Joel y Alana; de sus comidas juntos; de cómo entre los dos devolvieron destellos vivos a muros y muebles marchitos. Entre frases se le escapó la forma en que tenerlos cerca le había devuelto lo que la vida le arrebató. Por primera vez en mucho tiempo, su hogar había vuelto a respirar con la vitalidad de la juventud y un poco de su egoísmo. No le incomodaba, al contrario, la hacía sentir útil ser una guía para esas dos almas jóvenes que carecían de puerto. Si fuera por ella, usaría sus cansadas alas para sostenerlos el tiempo que le quedara en el mundo.




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