Sabía lo que era lidiar con inflamaciones causadas por golpes y dolores de estómago o garganta intensos, pero con unos puntos quirúrgicos aprendió lo que era tener cuidado al respirar y moverse para intentar contener el malestar.
El médico le dijo que podía administrarle otro analgésico para eliminar el dolor por completo, pero que no era prudente pues si aumentaba o cambiaba sería la forma de saber si había algo más grave que tratar.
«Puto doctor, como a él no se lo está cargando la verga».
Sin embargo, Joel aceptó lo que decía y agradeció cuando a las cuatro de la tarde con quince minutos, por fin le dieron el alta. Detestaba que extraños lo vieran en una condición tan deplorable, prefería estar en el suelo de la bodega de la tienda antes que un minuto más en la incómoda camilla. Enfermeras iban a cada rato y preguntaban lo mismo, había pacientes entrando y saliendo, quejándose por lo que fuera que padecieran. Ni siquiera había podido descansar luego del calmante que lo hizo dormir gran parte de la noche.
Afuera lo aguardaban Josefina y Hernán. A Joel no le resultó agradable ver al hombre ahí, pero cuando lo saludó de manera amable, tuvo que corresponder en el mismo tono. Por los siguientes minutos, no le prestó atención a nada que no fueran las punzadas en la herida del vientre, la otra ya casi ni le molestaba. Siguió desconectado de sus acompañantes durante el trayecto de regreso a la casa de Josefina en el auto de Hernán.
El vehículo cascabeleaba y el viento entraba de lleno por la ventanilla. Desde el asiento de atrás, Joel no escuchaba lo que decían Josefina y Hernán. Además, se había desparramado en un mar de pensamientos al que no estaba acostumbrado. Por una parte, se le atravesaba la imagen de Alana, por otra la rabia hacia Dylan. Incluso pensó en sus hermanos y su madre... en qué estarían haciendo. Al ver la sangre provocada por las heridas la noche anterior, por un momento creyó que jamás podría volver a verlos, que tal vez se iba a morir ahí, lejos de donde nació.
Una vez que llegaron a la casa y se despidieron de Hernán, fue todo más fácil.
—Hasta que te recuperes podrías dormir en el cuarto que tengo desocupado, así estarás más cómodo —sugirió Josefina en cuanto cerraron la puerta—. Solo si quieres. Acuérdate que el piso de la bodega es frío.
No lo pensó mucho, aceptó.
—¿Y la Alana? —preguntó en tanto aceptaba también la invitación de Josefina a sentarse en el sofá.
—No vino.
—¿Y la llamó?
—No me respondió. Tampoco me ha devuelto las llamadas. —Josefina tomó asiento a su lado, conservando la distancia y sin sostenerle la mirada.
A Joel se le hizo extraño, era como si no supiera qué decir. Por fin, luego de unos segundos, lo vio directo:
—Denuncié al hermanastro de Alana, di su dirección así que la policía debe estar por ir. Me dijeron que con seguridad mañana.
—¿Hasta mañana? Putos huevones. Dígame a dónde, yo voy ahorita a buscar a ese culero.
—No, te lo ruego. No hagas nada. Necesitas descansar. Recuerda lo que dijo el médico. Y por favor no te preocupes por tu trabajo, el señor Hernán dijo que seguirá ahí para cuando puedas regresar.
—Vale verga la chamba y lo que dijo el doctor... ¿qué va a saber el güey? Si ya ni me duele.
La respiración se le descompuso, por dentro traía un huracán que no hallaba forma de sacar. Por el contrario, Josefina se veía tranquila y tomó aire antes de hablar.
—¿Alana te contó algo sobre ese muchacho? ¿O tú viste algo cuando trabajaste con él? Desde hace rato ha habido robos a los negocios de por aquí. Me hizo pensar que tal vez él es el responsable. El señor Hernán me dijo que dejó de ir a trabajar sin avisar, pero él está de acuerdo conmigo. —Pausó un breve instante, cavilando—. Alana casi no me platicaba de él. Sé que lo conoció cuando su mamá comenzó a vivir con el papá de él, cuando estaban niños los dos, pero no sé más. Nunca me dijo si se llevaban bien o mal. Estoy tan preocupada como tú, pero creo que es mejor esperar a que la policía vaya.
La cabeza ya le dolía y aquello hizo que se disparara la molestia. De pronto sintió que necesitaba más aire y que el corazón se le quería salir por la garganta.
—¿Tendrá agua? —pidió a modo de salvavidas.
—Sí, enseguida te traigo un vaso.
Para cuando Josefina regresó con el agua, Joel se había calmado un poco. Bebió el contenido del vaso de vidrio de un solo trago.
—El hijo de la verga ese no la veía bien.
—Sí, también vi algo que no me gustó en él el día que les llevé las empanadas. Pero... Aunque temo por ella, también por ti. No quiero que te vuelva a lastimar.
—Así como estoy le voy a partir su madre —calló un instante, pero no pensaba rendirse—. Yo voy solo, nomás deme la dirección.
—No me pidas eso, por favor.
Pudo notar el miedo en los ojos de la mujer, no supo si a él o a lo que decía. Algo caliente, como sangre, le subió al pecho.
Entonces, el celular de Josefina sonó, rompiendo la burbuja de tensión entre los dos y permitiéndole respirar mientras ella respondía.
—Diga... Sí, soy yo... ¿Cómo dice?
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Editado: 22.03.2026