Salir del abismo

26

Joel la vio primero. Josefina se había quedado adentro del taxi, pagándole al conductor. Él salió y de inmediato sus ojos aterrizaron en la muchacha sentada en el escalón de la entrada de la tienda, con dos bolsas de plástico a los lados, llenas de ropa.

—Oiga... —murmuró, más para sí que para su acompañante.

No apartó la vista de aquella figura que se negaba a levantar la cabeza, abrazada a sus piernas.

Con la respiración contenida y la mano apretando la herida, avanzó hacia ella al ritmo del malestar focalizado en esa zona. Una vez que estuvo a un par de pasos, la muchacha elevó la mirada muy despacio.

Pudo verse reflejado en ella y el cuello se le tensó.

Lo primero que notó fue el párpado izquierdo: rojizo e hinchado hasta el pómulo. Enseguida, bajó a sus labios; encontró un corte. De una comisura emergía una tonalidad violácea. Tampoco llevaba sus arracadas. Ni una gota de maquillaje. El cabello no iba suelto, sino recogido de forma espontánea, sin haberlo cepillado antes, por lo que algunas hebras salían y cubrían el contorno de su rostro, húmedo de sudor. Era una versión de ella misma por completo desconocida. Se veía incluso más joven de lo que era.

El motor del taxi, al arrancar, le recordó que no estaban solos.

Josefina había llegado hasta ellos; la sintió a la espalda, aunque su atención seguía puesta en Alana. No obstante, captó el jadeo de la mujer.

Al tenerla cerca, la muchacha se puso de pie, pero no pudo sostenerles la mirada. Llevaba puesto lo que parecía ropa de dormir: un conjunto de color deteriorado y con algunos agujeros en la camiseta. En los pies, los zapatos que Josefina había comprado para ella desentonaban con el resto de su apariencia.

Permanecieron los tres clavados al suelo. El tiempo no avanzaba, hundiéndolos en un aire denso. Él no lograba agarrar el que necesitaba para sentir que respiraba como se lo exigía el cuerpo.

—Están bien... ¿verdad? ¿No te hizo mucho? —preguntó Alana por lo bajo, enfocándose en la mano de Joel sobre su vientre—. No quiero molestar... no sabía a dónde ir. Dylan... —agregó.

—Hija —soltó Josefina, poniéndose entre los dos, de frente a ella. De inmediato, la mujer elevó sus manos y acunó con suavidad, sin llegar a tocar, el magullado rostro de la muchacha. Logró el contacto visual con ella y la miró de cerca, como si buscara algo más que los golpes—. Te lastimó mucho —susurró, apropiándose de su dolor—. Pasa. Entren los dos.

A Alana se le resbalaron unas gruesas lágrimas. Hizo un leve asentimiento y, después de recoger el par de bolsas, se dejó conducir por el brazo de Josefina rodeando su espalda. Joel le pidió una para ayudarle y ella se la entregó.

En unos minutos, estuvieron los tres en la sala de la casa. Alana y Josefina en el sofá, la mayor consolando a la más joven; él en un sillón, frente a ellas. Y Mañas, que había acudido al escuchar la puerta abrirse, acostado a sus pies.

—¿Tienen hambre? —preguntó su anfitriona.

Los dos negaron con un suave cabeceo.

El silencio volvió a imponerse por largos minutos. Ninguno se atrevía a hablar, pero el alivio de estar juntos los envolvía y colmaba sus pulmones.

—Seño, no quiero que me deje de hablar... pero, si ya no quiere verme, lo voy a entender —comenzó Alana.

—No, hija, no creas eso, por favor. Te quiero demasiado.

—Es que usted no sabe —la voz se le quebró—. No sabe lo que pasó. No debí dejar que pasara... Soy una pendeja.

—No eres eso, ni lo digas. Dime lo que tengas que decirme, pero si no lo necesitas, no digas nada. Sé que no tienes dónde quedarte; mejor descansa. Dormiremos en mi cuarto.

—¿Cómo sabe? —preguntó en medio de un sobresalto.

—Fuimos a tu casa. Tu mamá nos contó y también sé que arrestaron a tu hermano.

—No debieron. Ahí no, está re feo. Qué pena con usted. Espero que no le haya hecho una grosería.

Alana apartó la mirada luego de que Josefina negara y se limpió las lágrimas con la mano. En la mesa de centro había una caja de pañuelos desechables que Joel le acercó. La dejaron desahogarse hasta que logró calmarse.

—Dylan llegó anoche bien enojado, gritándome. Despertó a todos. Nunca lo había visto así, no conmigo. Primero intenté hacer que se calmara. Mi mamá y su papá empezaron a grite y grite también; nos querían echar a la calle. Por eso le rogué que ya se estuviera en paz, pero... cuando me lo soltó, a mí también me dio harto coraje con él. Me dijo de todo, que era una traidora y una puta, que por eso no le había dicho que Joel estaba aquí con usted. Que por mi culpa lo había tenido que matar... que a usted también la iba a matar. Estaba aferrado a que por usted... por los dos, yo ya no lo quiero —confesó y desvió un instante la mirada hacia Joel.

Él parpadeó, clavando la vista en el suelo.

Josefina dejó a Alana tomar aire antes de hablar.

—Alana, hija. ¿Dylan es quien ha estado robando los negocios de por aquí?

La muchacha asintió muy lento, conteniéndose para no volver a llorar y con la vista fija en las manos que mantenía unidas en su regazo. Joel miró a otro lado, incapaz de sostener aquello. Su cabeza comenzaba a irse a donde siempre la perdía.




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