Salir del abismo

27

Habían pasado tantos años que Josefina ya no sabía cómo contarlo. Encontrar y acomodar las palabras le resultaba una tarea titánica, algunas carecían del significado necesario para expresar lo que pesaba en el rincón más oculto de su alma, donde no había llegado luz a iluminar las sombras enquistadas.

Estrechó fuerte a la muchacha entre sus brazos antes de liberarla para que pudiera enderezar la espalda y verla a la cara. Una vez que la vio respirar tranquila, le acarició la mejilla cubierta de lágrimas. No podía quererla menos sin importar lo que hubiera hecho. Primero la contempló a ella, luego a Joel. Le parecían tan niños... tan inexpertos como alguna vez lo fue ella misma.

Los errores de esos jóvenes poco tenían de un verdadero pecado.

Escuchar la historia detrás del robo que le arrebató la calma catapultó recuerdos de una vida lejana. Un maremoto se apoderó de su pecho, sacudiendo con fuerza lo que había contenido por años.

Tantas almas perdidas. Algunas ni oportunidad tuvieron de florecer, pensó.

Dylan no era el monstruo que su mente había compuesto tras el robo fallido y el ataque a Joel. Era un muchacho muy joven, confundido y abandonado como tantos otros, por padres incapaces.

Ella no era distinta.

Tal vez por eso Adela se quitó la vida. Era una adulta, pero había sido una niña y una jovencita con ilusiones que se apagaron, enterradas en la rutinaria labor de atender la tienda y a unos padres que cada vez podían menos. Adela fue quien atendió en gran medida los últimos meses de Erasmo, tras ese derrame cerebral que le atrofió el habla y el cuerpo. Él se había dejado morir. Josefina lo intuyó. Había sido un hombre fuerte; verse convertido en una carga acabó con su moral. Ella debió hacer lo mismo para no convertirse en la cadena atada al cuello de su preciada hija.

El pesar le aplastó el ánimo.

—Cuando nos equivocamos porque no pudimos ver otro camino nos pesa el doble. Una y mil veces pensamos si pudimos hacer algo mejor. Y las respuestas vienen después, uno se pregunta, ¿por qué no llegaron antes? ¿Por qué me dejaron hacer lo que hice? Lo peor es pecar por amor.

—Seño, ¿se encuentra bien? —preguntó Alana, acariciando con su mano la de Josefina.

Ella le sonrió y volvió a mirarla. Por un instante su mente se había ido lejos.

—Es solo que me hiciste acordarme de mucho. Pero no quiero agobiarlos, suficiente han pasado.

—No diga eso, yo quiero escuchar de lo que se acordó —dijo Alana. De inmediato, miró a Joel—. Tú también, ¿no, Joel?

El aludido asintió. Estaba desparramado en el sillón, con las piernas largas abiertas para caber en el espacio entre el asiento y la mesa de centro y las manos sujetando el vientre. Josefina supuso que el dolor seguía siendo suficiente para que no quisiera moverse mucho.

—No es una historia bonita —advirtió.

—No importa. Usted hace mucho con tenernos aquí.

Alana se inclinó hacia la caja de pañuelos desechables y le alcanzó uno. Ella lo agradeció, la humedad en las arrugas comenzaba a picarle la piel. Enseguida, volvió a mirarlos.

—Solo quiero que sepan que estoy feliz de que ambos estén aquí. Lo importante es que están bien. Quisiera borrarles los golpes y la herida —dijo, dedicándole un vistazo fugaz a Joel—. Tu hermano tampoco se merecía lo que pasó. Somos los padres los que fallamos. —Tomó un respiro, acomodando los cuadros del pasado que caían uno detrás de otro en su cansada mente—. Los entiendo más de lo que creen. También fui joven. También quise buscar más allá de lo que podía ver. En mi pueblo no había nada para mí más que atender a mis hermanos. No quería volverme vieja ahí. No soportaba lo mismo todos los días. Por eso me fui. Llegué a la ciudad sola, con una maleta chica. Nada más traía dos vestidos que pude sacar a escondidas de mi mamá. Ella se enfadó mucho conmigo por querer salirme. No paró de gritarme que me iba a arrepentir, que una muchacha de bien no abandonaba así a los suyos y sin estar casada. De haber querido detenerme lo hubiera hecho, pero nunca me puso una mano encima ni dejó que mi papá lo hiciera... En eso era muy buena. Solo me advirtió que el diablo andaba suelto entre los humanos y que yo no era más que una niña tonta de la que cualquiera podía aprovecharse. Ahora veo que tenía razón. Ojalá pudiera decírselo, seguro se fue odiándome por haberme ido lejos y nunca volver a verla.

—¿De verdad nunca volvió? ¿Ni una vez? —preguntó Alana con notable interés.

—Nunca. Ni para su funeral.

—¿Cuántos años tenía?

—Dieciséis. —Suspiró, profundo y doloroso—. Al llegar aquí me di cuenta de lo poco que sabía. Solo había cocinado, limpiado y lavado ropa. No sabía hacer otra cosa. Anduve de casa en casa trabajando en la limpieza. Vivía con otra muchacha que venía de fuera y trabajaba en lo mismo. Juntas rentamos un cuarto en una vecindad.

—¿Y le fue bien?

—El dinero no me alcanzaba para irme a vivir sola, pero no me faltaba comida. Uno debería saber desde joven cuando conformarse. Yo no lo hice. Es difícil saber apreciar la tranquilidad que da un estómago lleno. Pero era vanidosa, quería más, quería vestidos bonitos y poder comprarme maquillaje.

—Todas queremos vernos bonitas.




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