Salir del abismo

28

Muy poco era lo que Joel había valorado lo suficiente para guardarlo en su memoria. La mayoría de lo que se le quedó fueron cosas que no pudo extirpar y dejar atrás. No obstante, en los últimos meses, había empezado a quedarse con momentos de otro tipo, unos que lo hacían sentir bien e iban empujando los anteriores.

Y ese viernes, luego de regresar de La Casita, el número de María Esther, su hermana, le vino a la cabeza entre esas anotaciones que lograba sostener en medio del caos.

Había comprado un celular, uno barato y básico, que le permitía hacer llamadas y enviar mensajes por WhatsApp. Sus únicos contactos eran Josefina, Hernán y Alana. Con esta última tenía además un largo historial de mensajes. Nunca le habían interesado las redes sociales, pero por ella incluso había abierto una cuenta de TikTok donde veía los videos que le compartía.

Luego de tomar la ducha de rigor tras el turno entre materiales de construcción, se encerró en la habitación que le alquilaba a Josefina y se dispuso a marcar el número de María Esther.

Mientras aguardaba respuesta, repasó con la mirada aquel espacio. Ya no quedaba nada del lugar oscuro que vio la primera vez. La cama seguía siendo la misma, con un nuevo colchón, pero en los muebles estaban sus pertenencias. No eran muchas: ropa, productos de cuidado personal y, en la esquina, la cama de Mañas.

Pasó la mano por la superficie del buró, como comprobando que seguía ahí.

—¿Sí? —respondió al fin una voz femenina y recelosa, enfocando su atención.

Joel había extrañado escuchar ese tono afilado de niña que no se deja embaucar.

—Soy yo. Joel —anunció, arrastrando cada palabra.

—¡Joel! —Del otro lado, el entusiasmo apareció de inmediato—. ¿Dónde estás? ¿Por qué no me habías llamado? Dijiste que lo harías. Ya casi es Navidad y ni tus luces, güey. ¿Qué te pasa?

Una mueca a modo de sonrisa apareció en su rostro.

—Cómo la haces de pedo.

—Joel —dijo ella, sorbiendo un sollozo—. Mi mamá no puede ni dormir. Piensa que te mataron o algo. ¿Dónde andas?

—En Durango.

—¿Hasta allá? ¿Y de qué vives? ¿Tienes que comer? ¿Dónde duermes? No me digas que andas haciendo cosas chuecas.

Tantas preguntas lo agobiaron, pero de a poco iba acostumbrándose a responder. Inhaló viendo de frente, buscando un punto de apoyo para ordenar las ideas.

—Tengo jale. Está de la verga lo que me pagan, pero me alcanza. Quiero ver si consigo otro. Perdí la puta credencial, pero ya la saqué.

—¿Entonces estás bien? ¿Tienes casa?

—Pos sí. Dale el número a mi mamá, puede hablarme cuando quiera. También el Max.

—¿Este es tu celular?

Asintió.

—¡Qué bueno!

Resopló, entendiendo a qué se refería. Por años, su mamá y hasta Ramón intentaron que conservara alguno. Le compraban, pero él terminaba perdiéndolos o vendiéndolos para comprar licor.

—¿Le puedo dar tu número a Ramón?

Dudó un segundo, rascándose la ceja.

—A ese güey también.

Hubo un silencio en la línea.

—¿Por qué no te regresas? El tipo con el que te peleaste no se murió y declararon todo un accidente. Además, Lily dijo que tú solo la defendiste y la gente que vio también dijo que era un accidente. —María Esther hizo una pausa antes de continuar—. Mi mamá sigue diciendo que fue culpa de Lily que te metieras en broncas.

—Es la morra de mi carnal y el puto ese la estaba molestando. Ni modo que me hiciera pendejo. Culero no soy.

—Mi mamá no lo ve así. Ya sabes cómo es. A lo mejor si te regresas...

—Acá estoy bien. Me voy a quedar un rato.

—¿Tan bien que ya no quieres vernos?

A pesar de la distancia, sintió los ojos de María Esther sobre él. Carraspeó antes de hablar.

—Tengo un perro.

Escuchó un resoplido.

—¿Un perro? ¿Tú? Dale de comer.

—Traga mejor que yo. Es el Mañas.

Esta vez le respondió una risa abierta y ruidosa.

—¿Mañas? ¿Qué nombre es ese?

—Se lo puso... —Guardó silencio sin animarse a terminar.

—¿Quién? ¿Tu novia? ¿Tienes? ¿Por eso ya no te quieres venir?

—No empieces... Es amiga.

María Esther gritó, obligándolo a retirarse el aparato del oído.

—Estás bien pinche loca. Cálmate —le pidió cuando se tranquilizó.

—Nada más cuídate y mándame una foto de tu amiga. Y otra de dónde vives... y de tu perro. —Hizo una pausa. Al volver a hablar, su tono había adquirido un tinte de seriedad—. ¿Ya no has tomado?

Soltó un murmullo bajo, negando sin palabras.

—Ya sabía que sí podías.

Su hermana siguió hablando la siguiente media hora. Escuchó la mayoría; lo otro lo entendió a medias, no eran más que habladurías del lugar donde vivían. Lo único importante fue saber que su hermano mayor ya no estaba en la ciudad; él también se había mudado.




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