A María Esther le había llamado en octubre del año pasado. Desde entonces, su madre le llamaba casi a diario. Él solo respondía que estaba bien; lo agobiaba su insistencia en que regresara.
Cada vez le daban menos ganas.
Max y María Esther le llamaban a veces cada semana, a veces cada dos.
Sin embargo, de quien había sabido menos era de Ramón.
Más allá de algunos mensajes preguntándole cómo estaba, no supo más. Sus otros hermanos tampoco habían hablado en meses con Ramón.
Y, por alguna razón, ese día de diciembre, tan cercano a Navidad, un impulso lo hizo tomar el teléfono y marcar. Sabía por María Esther que Ramón estaría en Guadalajara, aunque ya nadie estaba seguro de eso.
El teléfono sonó más de lo que esperaba. Estuvo a punto de colgar cuando escuchó un leve sonido y volvió a llevarse el aparato a la oreja.
—¿Bueno?
La voz no sonó como la recordaba.
Joel tardó un segundo en responder.
—Carnal.
Hubo un silencio corto.
—¿Joel?
Asintió.
Del otro lado hubo solo una exhalación, como si se le hubiera ido el aire de golpe.
—Ya tenía rato sin saber de ti —dijo al fin Ramón.
—Ni yo de ti, güey.
Joel se recargó contra la pared, mirando el techo.
Se escuchó un ruido, algo que se movía. Después, un llanto de bebé leve, apagado, como si viniera de otro cuarto. Ramón no dijo nada al respecto.
—¿Sigues en Durango? —preguntó.
—Simón.
—¿Y qué tal por allá?
—Trabajo en una maquila. Turno de noche.
—¿Neta?
Se rascó la mejilla.
—Ya saqué la secundaria.
Del otro lado no hubo respuesta inmediata.
—No mames... —dijo Ramón, más bajo que antes—. Qué chido.
Joel hizo una mueca, aunque no lo estaba viendo.
—Llevo rato y no me han corrido.
El llanto se escuchó otra vez, un poco más claro. Luego pasos. Algo se cerró.
—¿Y allá qué? ¿Cómo van? —preguntó para hacer conversación.
Ramón tardó en contestar.
—Bien.
—¿Bien bien o bien? —indagó, luego de entrecerrar los ojos.
Primero le respondió una risa corta, sin ganas... o muy cansada.
—Ahí vamos.
Se quedaron en silencio. Joel pasó el peso de un pie al otro. Ramón no era de quedarse callado. Al menos no desde que comenzaron a querer hablarse otra vez.
—¿Y la niña?
—Bien. Ya creció un montón.
—¿Y Lily?
Esta vez el silencio fue distinto.
—También.
Joel no dijo nada.
—Ha estado difícil —soltó Ramón de pronto.
No preguntó qué; la respuesta vino sola.
—Pero ahí vamos.
—Échale ganas, cabrón.
Ramón soltó aire por la nariz.
—Eso hago.
Otro silencio.
Joel bajó la mirada hacia sus manos. Tenía callos nuevos en las manos.
—Oye... —dijo sin pensarlo.
—¿Qué? —preguntó Ramón.
Se encogió de hombros, aunque no podía verlo.
—¿Te acuerdas lo que decía el jefe?
Ramón no respondió.
—Que la familia no se cuida sola, carnal.
Del otro lado no hubo respuesta inmediata.
—Ni me acordaba.
Una voz femenina al fondo los interrumpió.
—Te marco luego, ¿va? —dijo Ramón, rápido.
—Va. Salúdame a Lily.
No colgó de inmediato. Se quedó un segundo con el teléfono en la mano, escuchando la nada.
Luego guardó el celular en el bolsillo del pantalón.
Mañas levantó la cabeza desde su cama. Joel le dio una palmada sin verlo.
—Ándale. Es hora de tu salida.
El perro movió la cola.
***************
¿Y qué pensaron? Hoy no hubo epílogo: pues sí, sí hubo. Y no cualquiera porque invitamos a mi siempre amado Ramoncito. ¿Qué estará pasando en su vida? Les hago memoria: esta llamada está ubicada entre el capítulo final de Si lo permite la vida y su epílogo. Una etapa complicada para cualquier matrimonio es justamente cuando llega bebé, así que ya se imaginan cómo andan esos dos.
Por otro lado, es cierto que Joel no fue a la boda de Ramón, pero siendo realistas, la tenía dificil: hay trabajos donde no te dejan faltar para ir a una boda y tampoco es cómo que él quiera volver a ver a Antonia, o sea muy apegado a su familia no es. Pero con esto, quise dejar ver que ahí está, que Ramón y él están, de alguna manera, retejiendo su relación.
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Editado: 29.03.2026