Salvaje

Capítulo 19

Manchester, Inglaterra – 6:47 a.m.
La cocina de la casa victoriana reformada olía a café recién hecho, tostadas con mantequilla y el leve aroma floral del perfume que la empleada usaba. La luz grisácea del amanecer inglés entraba por las altas ventanas, tiñendo todo de un tono plateado y frío. Nia estaba sentada a la mesa, envuelta en una bata de seda negra que se le resbalaba de un hombro. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado y los pies descalzos apoyados en el travesaño del taburete. Frente a ella, un desayuno perfecto: tostadas de masa madre con aguacate y huevo poché, una taza de café solo humeante y un pequeño bol de frutas cortadas.
Comía despacio, con la mente ya en el estudio. Quería grabar el episodio #18 antes de salir hacia el aeropuerto. El tema era fuerte — y necesitaba que saliera crudo, sin filtros.
Escuchó los pasos firmes y medidos bajando la escalera de madera. Malik apareció en la puerta de la cocina, ya vestido para viajar: traje oscuro de corte impecable, camisa blanca sin una arruga, reloj de acero en la muñeca. Llevaba el abrigo doblado sobre el antebrazo y el teléfono en la otra mano.
—¿Maletas listas? —preguntó sin levantar la vista de la pantalla—. El jet despega en tres horas. El tráfico hacia Ringway es impredecible.
Nia dio un sorbo lento a su café, saboreando el amargor.
—Casi. Me faltan algunas cositas. El equipo de grabación, principalmente.
Malik detuvo el dedo sobre la pantalla. Levantó la mirada lentamente. Sus ojos grises se estrecharon de forma casi imperceptible.
—¿El equipo de grabación?
—Sí —respondió ella con una calma que sabía que lo exasperaría—. Quiero grabar el #18 antes de irnos. Así lo edito durante el vuelo y aprovecho el tiempo.
El silencio que siguió fue denso. Malik apago el teléfono lo dejó sobre la encimera. El sonido fue pequeño, pero en la quietud de la cocina sonó como un disparo.
—Nia —dijo, pronunciando su nombre como una advertencia—. Esta reunión en Nueva York no es una excursión. Es crítica. Requiere mi atención plena… y la tuya, si vas a acompañarme. No puedes llegar agotada porque pasaste horas grabando y editando en medio de la sala de juntas.
Nia dejó el cuchillo sobre el plato con deliberada lentitud.
—No voy a llegar agotada. Grabo ahora, edito en el avión. Son siete horas de vuelo, Malik. Tiempo de sobra.
—No —respondió él, tajante—. Cuando grabas entras en trance. Te olvidas del mundo. Llegarás al jet con la cabeza en otro lado y yo necesito que estés presente.
Nia levantó la vista, enfrentándolo.
—¿Presente para qué, exactamente? ¿Para sonreír y asentir como una esposa decorativa mientras tú haces tus “negocios críticos”? Porque ese no es el trato que teníamos.
Malik dio un paso hacia la mesa. Su voz bajó, pero la tensión era palpable.
—El trato era que entendieras la naturaleza de mi vida. Esto no es uno de tus episodios donde puedes hablar de exnovios inútiles y amigas tóxicas. Son compromisos reales. Con consecuencias reales.
Nia soltó una risa corta y amarga.
—Ah, claro. Mis compromisos son de juguete. Mi audiencia, mi trabajo… todo es una fantasía. Solo tus “compromisos en la sombra” son reales. ¿Eso estás diciendo?
—No pongas palabras en mi boca —replicó él, acercándose más hasta que solo los separaba el ancho de la mesa—. Pero sí digo que hay una jerarquía. Y hoy, la reunión de Nueva York está en la cima. Tu podcast puede esperar.
Nia agarró su taza de café con fuerza, los nudillos blanqueándose.
—No puede esperar. Tengo una agenda, un público que espera el episodio. No voy a fallarles porque a ti se te antoje que actúe como una damisela de compañía.
—No se me “antoja” —dijo Malik, la mandíbula tensa—. Es una necesidad. Eres mi esposa. Es una dinámica, y tú la conoces.
Nia se levantó, rodeando la mesa con el plato en la mano.
—Pues hoy la dinámica cambia. Voy a grabar mi podcast. Llegaré al avión a tiempo, con mi trabajo hecho. Y en Nueva York haré lo que tenga que hacer. Pero no voy a dejar de ser quien soy por tus misteriosos compromisos.
Se dirigió al fregadero y dejó el plato con más fuerza de la necesaria. Malik no se movió. La observaba con esa intensidad que podía prender fuego a la habitación.
—Esa obstinación tuya… algún día te va a poner en una situación de la que no podrás hablar en tu preciado podcast.
Nia se giró, secándose las manos con la toalla de cocina. Una sonrisa fría y desafiante curvó sus labios.
—¿Eso es una amenaza, Malik?
—Es una predicción, моя львица —respondió él con la misma sonrisa fría—. Basada en hechos observables.
Sus miradas chocaron, chispeantes, llenas de voluntad y orgullo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
—Guarda tus predicciones —dijo Nia—. Yo manejo mi propio riesgo.
Dejó la toalla sobre la encimera y caminó hacia la puerta de la cocina sin romper el contacto visual.
—Estaré en el estudio. No me interrumpas.
Salió. La puerta de la cocina se cerró tras ella con un golpe seco.
Malik se quedó solo en la cocina silenciosa. Su puño se apretó sobre la encimera un segundo, luego se relajó. Exhaló lentamente, mirando por la ventana el cielo gris de Manchester. Sabía que había perdido esta batalla.




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